100 años de la CONMEBOL (Nota 5)

23 de diciembre de 2016

Equipo combinado de Argentina que venció 5:0 a Chile, el 5 de junio de 1910, en la cancha de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires. Fue el segundo partido que disputaron en el marco del certamen de fútbol organizado por el gobierno de Argentina en conmemoración de los 100 años de la Revolución de Mayo. El anterior partido se llevó a cabo en la cancha de Belgrano, el 27 de mayo de 1910, inaugurándose los partidos de fútbol del curioso certamen donde también participaron Alumni, un combinado de jugadores británicos que actuaban en clubes de Buenos Aires y la selección de la Liga Rosarina. Además del combinado uruguayo. Por más datos sobre este torneo ver nota nº.1 de la presente serie.

Equipo combinado de Argentina que venció 5:0 a Chile, el 5 de junio de 1910, en la cancha de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires. Fue el segundo partido que disputaron en el marco del certamen de fútbol organizado por el gobierno de Argentina en conmemoración de los 100 años de la Revolución de Mayo. El anterior partido se llevó a cabo en la cancha de Belgrano, el 27 de mayo de 1910, inaugurándose los partidos de fútbol del curioso certamen donde también participaron Alumni, un combinado de jugadores británicos que actuaban en clubes de Buenos Aires y la selección de la Liga Rosarina. Además del combinado uruguayo. Por más datos sobre este torneo ver nota nº.1 de la presente serie. Esta fotografía que hace 116 años publicó La Prensa nunca más vio la luz hasta este momento. Los historiadores argentinos no poseen esta imagen del equipo que enfrentó a Chile, ni tampoco del que ganó la final ante Uruguay.

Por Atilio Garrido / Investigador. Autor de “100 años de la CONMEBOL / Un continente de fútbol”, libro oficial de la Confederación Sudamericana con la historia de su centenario.

El segundo partido del combinado uruguayo con Héctor R. Gómez al frente de la Liga, se desarrolló en el tradicional día de Santa María, el 15 de agosto de 1908, en el Parque Central por la IV Copa Lipton. En la reunión de la LUF donde los dirigentes discutieron la integración del equipo, se mantuvo el mismo ambiente fraterno que caracterizó a la primera formación del conjunto bajo la conducción de Gómez. Se llegó al acuerdo sin enfrentamientos. Se mantuvo en el equipo el capitán y caudillo que era Juan Carlos Bertone y el puntero zurdo Alberto Zumarán ambos de Wanderers. Los nueve restantes jugadores fueron diferentes al del último partido de un año atrás, cuando Uruguay perdió 2:1 ante los argentinos en Montevideo. La gran novedad, además del retorno de Saporiti al arco, fue la confirmación en el ataque de cuatro forwards de River Plate: Módena, Dacal, Cantury –que en esta temporada jugaba en Nacional- y Ribeyro. Los cuatros debutaron, en una decisión donde el fervor de León Peyrou en la asamblea de la Liga para que ello ocurriera, fue apoyado por la calma persuasiva de Gómez. El equipo se completó con un jovencito que surgió esa temporada en Nacional (Marcos Frommel); Carlos Márquez Castro (Dublín FC) y Luis Carbone y Ceferino Camacho del CURCC de la Villa Peñarol.

El empate en dos goles se convirtió, a mi juicio, en un mojón, en piedra fundacional de los éxitos inmediatos y futuros. Dos fueron los motivos para esta conclusión. La confirmación de la fuerza y liderazgo de Juan Carlos Bertone. Desde su debut en 1906 en el combinado no faltó a ningún partido, creció en su juego y ascendencia, anotando el segundo gol uruguayo en este compromiso. El segundo hecho destacado resultó ser el estreno y consagración del ala derecha de River Plate, integrada por Vicente Módena y Pablo Dacal.

Manteniendo esta estructura base que apareció en el segundo partido del combinado con la conducción de Héctor R. Gómez en la Liga, con Modena y Dacal como figuras inamovibles y atrás la firmeza de Saporiti en el arco y Bertone en la zaga, paulatinamente los discípulos uruguayos nivelaron su rendimientos con los argentinos, conquistando ante ellos la segunda victoria de la historia, nuevamente en Buenos Aires, el 4 de octubre de 1908. A ese triunfo se llegó de esta forma.

La amistad cultivada por Gómez con su homónimo argentino, el importante político Emilio Hansen, agregó como cierre de la temporada de la “competencia internacional” entre los combinados, un tercer partido anual oficial. Se llamó Gran Premio de Honor, instituido por el Ministerio de Instrucción Pública de la República Argentina. El trofeo consistió en doce medallas de oro para adjudicarlas al país vencedor y al árbitro. El club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires quedó designado organizador de esa competencia que debía jugarse todos los años en su escenario de Palermo, no admitiéndose empates. Si el cotejo finalizaba igualado volvía a disputarse. El primer cotejo de la historia por estas  preseas fue el aludido líneas arriba. En las instancias finales del juego, el joven wing izquierdo de Dublín, José Brachi, convirtió el gol de la victoria para los uruguayos. Era el segundo triunfo, desde 1900 a la fecha, logrado por los orientales, con la particularidad que ambos se consiguieron de visita. Camino a culminar la primera década del siglo XX, los aficionados compatriotas no habían logrado observar un éxito en casa, en Montevideo, ante los maestros argentinos.

Desde que Gómez se colocó al frente de la LUF –contando con el asesoramiento futbolístico de Peyrou, cuya incidencias se advirtió en los cambios introducidos al equipo-, en cuatro clásicos rioplatenses los números comenzaron a nivelarse: dos derrotas por 2:1, un empate y esta rotunda segunda victoria de la historia obtenida en Buenos Aires.

A nivel de clubes, aunque Alumni se quedó en 1908 con la Copa Competencia, en el cierre de esa temporada Montevideo Wanderers FC se consagró campeón de la Copa Cusenier venciendo en la final a Quilmes 2:0, abriendo de ese modo una supremacía absoluta de los clubes uruguayos con las consagraciones del CURCC de la Villa Peñarol (1909 y 1911) y River Plate FC (1912). Estos éxitos de las instituciones, se completaron en este período con la supremacía de Montevideo Wanderers FC quedándose con la Copa Competencia de 1911.

A comienzos de la temporada de 1909 de la LUF apareció John Harley en el puesto centre half del CURCC, cambiando el sistema de juego. A su influjo se impuso el típico juego escocés del pase corto, contrapuesto al inglés del pelotazo. La casualidad, que ha sido, es y será madre de grandes acontecimientos, agregó el complemento decisivo para la transformación iniciada. El centre forward del equipo aurinegro, el afamado Agustín Manito, sufrió una lesión importante. El deseo fervoroso del propio Piendibene y la experimentada  palabra de Harley, determinaron que al promediar la temporada de 1909, el rubio jovencito que vivía en el barrio de Los Pocitos junto con seis hermanos, pasara al medio de la línea de ataque. Surgió, de esta manera, lo que los periodistas denominaron “delantera en abanico”, con el centre forward actuando retrasado, desde atrás, iniciando el juego con pases cortos que surgían de los pies de Harley.

La positiva visión sobre el aumento del nivel del juego de los orientales –hoy los cronistas lo llamarían “volumen”-, no sólo resultó advertida por los aficionados y los periodistas orientales. A pesar de no obtener triunfos en los tres partidos oficiales disputados en 1909 (V Copa Lipton 2:1 en Buenos Aires, IV Copa Newton 2:2 en Belvedere y II Gran Premio de Honor 3:1 en Palermo), son los propios cronistas del vecino país, quienes advirtieron la llegada de un nuevo tiempo en el fútbol rioplatense, a pesar que el equipo seleccionado por los dirigentes en la Liga, cambió muchos jugadores de un partido a otro. Sin embargo la eficacia de su rendimiento quedo en evidencia.

“En 1909 ya asoma a las canchas orientales uno de los mejores equipos que jamás pisaron fields en el mundo. Son los hombres que irán armando el cuadro imbatible de los uruguayos: la inigualable promoción de 1912. Generación brava y habilidosa, que sólo quizá tenga parangón con la de 1924. Después de eso el juego uruguayo siguió siendo estelar, deslumbró aún a las multitudes y arrastró gentíos inmensos tras suyo; siguió ganando, pero era, en cierto sentido como si los fantasmas de los hombres de 1912 y 1924, empujaran a los suyos a la victoria”.(1)

Con estos antecedentes que marcaban el ascenso del fútbol de los discípulos orientales frente a los maestros argentinos, Héctor R. Gómez imaginó que al año siguiente, en 1910, se podía alcanzar el éxito resonante de conquistar más triunfos que los rivales que ya vestían de albiceleste en los enfrentamientos de la temporada.

Gómez y Peyrou pusieron toda su atención en la formación del equipo uruguayo que participaría de los Juegos Olímpicos del centenario de la Revolución de Mayo, a disputarse en Buenos Aires entre el 27 de mayo y el 12 de junio de 1910. El fácil triunfo ante Chile por 3:0 con otros tres goles anulados por el árbitro argentino Susán y la resonante conquista por 3:1 frente al poderoso Alumni, el mejor club de Argentina de la década que moría, generó grandes expectativas en Gómez para encarar el último partido del certamen ante Argentina, donde se definía el título de campeón (Por mayores informaciones leer la nota nº. 1 de esta serie archivada en las secciones de la página Habla la Historia y Pelota al medio).

Previo a la final del 12 de junio, el domingo anterior, el día 5, dentro del curioso reglamento del torneo en disputa, el equipo uruguayo se trasladó a Rosario para enfrentar al combinado de la Liga local. Empataron 2:2 cuando se descontaba un fácil triunfo.

¿Qué ocurrió con el equipo oriental, una fuerza superior a la de los rosarinos, cuyos mejores jugadores integraban la selección que actuaba en Buenos Aires?

En la nota nº. 2 de esta serie, se transcribió una parte de la conferencia brindada por León Peyrou en el Rotary Club del Uruguay, relacionada con el fútbol de comienzos de siglo en donde –como se ha señalado- el disertante resultó un protagonista de primera línea. En una parte de esa charla, Peyrou se refirió de esta manera a lo ocurrido en Rosario y el posterior nuevo contraste ante los argentinos.

“Después de ganarle a Chile, con grandes pretensiones al campeonato y ausentes los mejores elementos rosarinos que habían bajado a Buenos Aires para integrar el seleccionado nacional, la prueba se nos ocurría cosa fácil: un paseo o un budín. Quedé yo en Buenos Aires para arbitrar el match chileno-argentino y conmigo Héctor Gómez. A la tardecita, llegando al hotel, Gómez esperaba encontrar un telegrama anunciador del resultado de Rosario. Pero… nada. Lo mismo después de cenar y el hombre empezó a cavilar: deben haber hecho algún papel y en verdad que no se equivocaba. De vuelta del teatro recién estaba la noticia: habían empatado. Todo un desencanto. A la mañana siguiente no más, se sabía lo ocurrido, y era que ya dos o tres estaciones antes de llegar a Rosario, que desconocían por completo, ya sabían los muchachos donde había bailes y allá se fueron, más interesados en divertirse que en cuidar aquello de que no hay enemigo chico. Los pobres delegados con muy poco ascendiente sobre sus subordinados, habían tenido que realizar una batida a los bailongos, de donde los sacaron a duras penas. El recibimiento que les hizo Gómez no fue por cierto con flores y Carlos Scarone, el ‘Rasqueta’ –tenía que ser él-, como iniciador de todo aquello recibía la orden de embarcarse inmediatamente a Montevideo, orden dejada luego sin efecto ante el pedido de sus compañeros que manifestaban un franco propósito de enmienda, promesa que cumplieron hasta por ahí no más. Muchachos modestos, casi todos ellos, alojados confortablemente durante dos o tres semanas en un hotel de la Avenida de Mayo, se dejaban tentar por las comidas que apuraban en abundancia. No hacían prácticas de entrenamiento y al llegar la final, ante Argentina, eran varios los que habían aumentado de peso. El resultado tenía que ser el que fue: una derrota de 4 a 1, score abultado para entonces”.(2)

Más allá de las explicación de León Peyrou, en un libro biográfico de José Piendibene, el jugador manifesta sobre este encuentro que el resultado adverso “tuvo un atenuante y grande. El cuadro bajó al field sin su centre half titular que era el inglés Harley, que fue el más grande jugador de todos los tiempos en ese difícil puesto que es la llave del equipo”. Agrega como información que Harley experimentó una infección en una pierna y debió ser operado de urgencia por el doctor José Delgado.

Esta conquista lograda por Argentina, difundida y publicitada por los diarios como campeones de América, ratifico la condición de “maestros” sudamericanos a sus jugadores. En partido de combinados sumaban frente a Uruguay diez triunfos, tres empates y solo dos caídas. A nivel de clubes en la Copa Competencia esa superioridad resultaba clara: otros diez triunfos hasta 1909. En la Copa Cusenier existía paridad, con tres victorias para las instituciones de cada país.

 

  • “Historia de una rivalidad que será secular / Argentinos versus uruguayos. Ob. cit. Editorial Eiffel, 1955. Tomo I capítulo IV.
  • “El fútbol uruguayo de 1896, habló Don León Peyrou…” La Mañana. Montevideo. Trozo del matutino en poder del autor sin fecha. Presumiblemente de la década del cuarenta. Se transcribe la exposición que realizó en los entonces tradicionales almuerzos del Rotary.

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