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de Atilio Garrido

Suárez, Cristiano, democracia y fútbol

29 de junio de 2018

Postal de Luis Suárez. Una dura mirada al pasado que quedó detrás. Busca conseguir el único título que le falta a su rica historia de conquistas. El de campeón del mundo.

Krátovo es una zona alejada cincuenta quilómetros al sureste de Moscú poblada de dachas de madera. Así llaman a las casas de campo rusas construidas en las afueras de las grandes urbes, donde las familias moscovitas van a pasar los días de fin de semana. Algo así como los típicos paese que tapizan la campiña italiana. Las calles estrechas por las que continúan las rutas cuando se achican, circulan entre bosques de pinos y arces. Allí, en el hermoso centro deportivo llamado Saturn, se alimenta el sueño de Portugal. La meta del entrenador, Fernando Santos, es superar aquel equipo liderado por Eusebio que hizo historia en Londres 66 metiéndose entre los cuatro primeros países de la copa del mundo. La idea de Cristiano Ronaldo es otra. Apunta más alto. El título de campeón del mundo es el único que le falta en su extensa y exitosa trayectoria a este hombre de 33 años. Nació en un hogar descompuesto por la pobreza y el alcoholismo de su padre en Funchal, un pequeño pueblito de la isla de Madeira, otro punto apenas perceptible en el océano Atlántico separado por mil quilómetros de agua de Lisboa, la capital de Portugal. Para agregar males mayores, a los quince años lo sometieron a una operación del corazón cuando descubrieron que tenía un soplo que aceleraba la sístole y la diastole.

Cuentan que después de los partidos ante Marruecos e Irán la súper estrella de Portugal está fatal. Casi inaguantable trascurren para él las horas en el centro deportivo Saturn. Ha dicho que al equipo le falta fútbol, que no crea juego y todo lo esperan de su exquisito talento y potente fortaleza física y mental.

A 512 quilómetros de allí, después de transitar con el automóvil siete horas y media por la ruta, en las afueras de la ciudad de Nizhny Novgorod, en la orilla menos poblada del río Volga sobre la que está construida la ciudad, el panorama que se vive en sports centre Borsky es diferente. En la construcción rectangular de hormigón sin lujos que se erige en medio de un enorme predio destinado a canchas de fútbol y otros deportes, está alojada la selección uruguaya. En esa escenografía que trae a mi mente similitudes con el penal de Libertad en el departamento de San José, la única preocupación radica en si a José María Giménez el tirón que acarrea en el muslo de una pierna, le permitirá aguantar todo el partido acompañando a Diego Godín en la difícil misión de anular a Cristiano Ronaldo.

Luis Suárez, la máxima estrella de Uruguay, en el interior del centro deportivo alimenta idéntica ilusión a la de su par de Portugal. Agregar a su larga foja de resonantes títulos conseguidos con el Barcelona y la selección de Uruguay, el único que le falta. El de campeón del mundo con la celeste. A los 31 años, Lucho –como lo llaman en la intimidad alejada del famoso Pistolero del marketing-, exhibe grandes similitudes con Cristiano. Una niñez muy dura en los suburbios pobres de la ciudad de Salto; una madre que afrontó con valentía las dificultades en un hogar rengo y la decisión de emigrar a Montevideo con los críos dejando atrás el tormento salteño.

Una pelota de fútbol cambió la vida de Ronaldo y Suárez con la similar particularidad de que en la historia de ambos ídolos, un club de nombre Nacional resultó decisivo.

En el Nacional de la Isla de Madeira llamó la atención el juego de Cristiano, despertando la puja de los clubes poderosos de Lisboa por la conquista de ese diamante en bruto. En Nacional de Montevideo advirtieron que en la zona donde se mezclan los barrios Jacinto Vera y Larrañaga, con la camiseta naranja del Urreta de Baby Fútbol –color y denominación elegida por los fundadores como agradecimiento a la empresa de bebidas de ese nombre que los apoyó-, surgía un botija díscolo con pinta de crack.

Muy lejos de aquellos comienzos de pobreza y pata en el suelo, Luis Suárez y Cristiano Ronaldo -admiradas estrellas del fútbol mundial-, se enfrentarán nuevamente como en tantas ocasiones con las camisetas del Barcelona y Real Madrid. Uno de ellos seguirá adelante con los colores de su país. Los dos continuarán siendo el símbolo de la democracia perfecta que es el fútbol, acertada definición que acuñó Pepito Urruzmendi. ¿Por qué? Porque ambas cosas no es sólo cuestión de ricos y pobres. La democracia depende de la adhesión de los ciudadanos mediante el voto y el fútbol requiere ser mejor que el adversario cautivando a la pelota. O sea que el éxito depende exclusivamente de la capacidad individual. Y esa condición innata la determina Dios, el destino o el que el lector entienda que coloca a los seres humanos sobre la tierra.