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de Atilio Garrido

Coincidencias entre 1970 y Rusia 2018

15 de junio de 2018

José María Giménez recibe el abrazo de Edinson Cavani después de convertir el gol de la victoria frente a Egipto. Fotografía de Fernando González, enviado especial a Rusia 2018..

Martes 2 de junio de 1970. Sentado al lado de Carlos Solé en el pupitre de la tribuna de prensa del estadio Cuauhtémoc de Puebla asignado a CX 8 Radio Sarandí, mis veinte años se emocionaron hasta las lágrimas cuando Ildo Maneiro golpeó la pelota casi agachándose al ingresar al área pequeña, conectando el centro enviado por Juan Martín Mujica desde la izquierda y convertir a los 20 minutos el primer gol de Uruguay ante Israel en el partido debut de los celestes en la Copa Jules Rimet. Media hora después un taponazo del mismo Mujica desde la izquierda al recoger un rebote que cedió el golero de Israel, colocó el 2:0 definitivo en el tanteador.

Viernes 15 de junio de 2018. En la tribuna de prensa de la Arena Ekaterimburgo, sentado al lado de Jorge Giordano, estudioso y ascendente director técnico de nuestro país que asiste a su segundo torneo de esta índole porque, entre otras cosas, “en los mundiales se define el sistema táctico de los próximo cuatro años”, mis casi setenta abriles experimentaron una sensación interna de serena alegría. Inexpresiva, si se compara con aquel llanto de la juventud que quedó grabado detrás del registro de la inolvidable voz de don Carlos lanzando al éter el grito de gol. Hoy me puse de pie sonriente observando la montaña humana que formaron sobre el cuerpo de José María Giménez –autor del impecable cabezazo que infló la red-, tendido de euforia sobre el césped después de convertir el gol del triunfo por 1:0 sobre Egipto, en el estreno de la celeste en la Copa del Mundo de la FIFA Rusia 2018.

Entre uno y el otro acontecimiento de los he sido testigo transcurrieron 48 años y 13 días, lapso en el cuál Uruguay no pudo vencer a Holanda (1974), Alemania (1986), España (1990), Dinamarca (2002), Francia (2010) y Costa Rica (2014). Casi medio siglo con un par de llamativas coincidencias.

La primera es simple. Las dos jugadas nacieron de centros enviados desde los extremos del campo y conectados con la cabeza. El de Maneiro metiéndose como una flecha a buscar por el segundo palo el pelotazo de Mujica enviado desde la izquierda luego de ser habilitado con pase corto por Cubilla. El de Josema trepando por la escalera al cielo cortinado perfectamente por el capitán Godín, en la búsqueda del corner ejecutado por Sánchez del ángulo derecho del campo.

La otra conexión entre los dos triunfos, más allá de la agonía del obtenido ante Egipto en contraposición con la comodidad de la victoria frente a Israel, radica en la propuesta de juego y en la actitud. En los dos casos el equipo celeste dominó de principio a fin el trámite del cotejo. En aquel tiempo del mundial azteca la inexistente tecnología imposibilitaba que se informaran datos al culminar los enfrentamientos, tal como ocurre hoy en día. Ante Egipto el equipo celeste dispuso de la posesión de la pelota en un 57% contra el 43% restante del rival, acertando el 85% de las ocasiones en que los jugadores se conectaron mediante el pase de la pelota (492 entregas correctas en 578 realizadas), también siendo superior en este aspecto a los egipcios quienes alcanzaron el 76% de efectividad en las entregas.

Los hechos visionados por este testigo confirman que el equipo celeste que venció a Egipto en los minutos de la agonía, expuso similar actitud y propuesta para encarar el juego vistiendo el traje de favorito y también protagonista, que aquel de 1970 que amarró con comodidad la victoria ante Israel. Aquel conjunto de Puebla y este de Ekaterimburgo del gol victorioso cuando el partido moría, dominaron de principio a fin el juego, emergiendo como justos y claros ganadores de sus compromisos.

El equipo oriental que escaló Tabárez para el debut defendió con total acierto al extremo de convertir al golero Muslera en un espectador más. Con un Diego Godín esplendoroso –la figura del equipo-, expuso una propuesta ofensiva permanente que chocó una y otra vez ante la correcta muralla defensiva de ocho y nueve hombres alineados por el adversario en dos bloques cubriendo el área de Egipto, con marcación desde atrás de dos hombres sobre Luis Suárez y uno restante que siempre llegaba de frente para asistir a sus compañeros en el control del ariete ofensivo oriental.

La paciencia resultó a la postre la otra gran virtud que exhibió Uruguay. Apegado a la nueva línea de juego que prioriza el buen trato de la pelota y su destino seguro, luchó contra el pasado que aconsejaba recurrir al ollazo cuando el reloj consumía el tiempo y el gol de la victoria se intuía pero no llegaba. Matías Vecino y Rodrigo Bentacur respaldados por Godín y Giménez mucho tuvieron que ver para que el equipo todo fuera, una y otra vez, al asalto de la nutrida muralla egipcia, con la pelota jugada a ras del piso en la denodada búsqueda del último pase que pusiera cara a cara ante el arco rival a la dupla de los mortíferos artilleros: Suárez y Cavani. En dos ocasiones el guardameta Mohamed El Shenawy salvó el arco. La primera ante Suárez en el arranque del segundo tiempo y la segunda al desviar al córner tras el disparo de bolea de Cavani, habilitado por el Pistolero. El palo se antepuso cuando otra perfecta ejecución de un tiro libre del goleador del Patís Sainte Germain se dirigía a las mallas.

En síntesis Uruguay obtuvo –cómo lo solicité en el comentario previo- “un triunfo claro en la contundencia del juego, en la prestancia y actitud en la cancha de quién se siente importante por el respaldo de la historia”.

Así ocurrió en esta jornada histórica de Ekaterimburgo que revivió aquella otra de hace 48 años. ¡Ojalá, como aquel equipo de México 1970 que reunía grandes virtudes y muchas carencias, el recorrido del camino iniciado hoy tenga, por lo menos, el mismo destino. Las coincidencias son muchas. Aunque todo el Uruguay que empuja el sueño, después de esta tarde sueña con un destino más importante…