Con Federico Cristóforo, hermano de Sebastián, vivimos y sufrimos una nueva hazaña de la celeste

13 de julio de 2013
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Federico Cristóforo mirando a Sebastián; hermanos de sangre y de una vida juntos en el fútbol

“¡Bien, Uruguay!”, “¡Muy bien, Uruguay!”, fue la tónica de todo el partido, cuando una selección celeste vestida de blanco, que venía de disputar dos alargues y con veinticuatro horas menos de recuperación, le hizo una final espectacular a Francia, una selección, que en cierta forma, abarca más de un continente y era la amplia favorita del Mundial, luego de que Uruguay dejó a España por el camino.

También los comentarios de Federico sobre la actuación de su hermano, sin reparos, prácticamente impecable y mucho de historia de la anterior, ahora que la sub-20 dirigida por Juan Verzeri también hizo historia con la casaca más gloriosa en proporción al número de habitantes que pueden vestirla.

Llegamos a la casa de los hermanos Cristóforo, en Punta Gorda, para palpitar la gran final. Federico estaba tranquilo, los nervios comenzarían y se acrecentarían con el correr del partido, pero en principio la confianza, que se mantuvo intacta hasta el final, lo hacía estar tranquilo. Federico tiene 23 años, fue el arquero de Progreso la temporada pasada y para la próxima ha vuelto a Huracán, que lo había cedido a préstamo. “Antes que esto había visto la final del 97, Sebastián tenía cuatro años y yo ocho, pero recuerdo perfectamente algunos momentos, el gol de Argentina, el del 2 a 1 y algunos más, pero no recuerdo haber visto el partido con interés. Después Sudáfrica 2010 y la Copa América, que yo creo que fue decisivo para retomar la confianza que se había perdido de que se podía. Mismo el hincha retomó la confianza de que Uruguay le puede hacer partido a cualquier selección”.

-Ha sido una selección muy criticada. A mucha gente no le gusta.

-A las críticas trato de nunca escucharlas. Sólo escuchamos las positivas. Con Seba hablamos de no escucharlas, no darles bola. Nosotros nos criticamos mucho entre hermanos. Él me critica a mí como golero. Yo lo critico a él para mejorar. La posición de él no es que se destaque mucho. Es una posición sobre la que se da cuenta de detalles la gente que observa mejor el fútbol. En general se destaca más un delantero o un golero, porque acertás o le errás.

-¿Qué le criticás, cómo lo ves?

-A mí me sorprendió desde los diecisiete años, que se fue de gira con Diego Aguirre y aprendió cosas de persona mayor, que hoy me sorprenden. Por ejemplo en la final con Defensor volvió a sorprenderme. Tiene cosas de cabeza de jugador mayor.

Él estuvo con Fabián Coito en séptima y los dos (Sebastián y Federico) estuvimos con Víctor Púa. Víctor, para mí, las inferiores de Peñarol las cambió totalmente. Yo tuve la suerte de salir campeón con él en Cuarta, el técnico era el Chueco (José Batlle) Perdomo y Víctor era el coordinador pero tenía mucha influencia. Sus enseñanzas te quedan grabadas a fuego, hasta hoy en día. A mí y a Seba nos va a servir mucho.

-¿A qué atribuís el rendimiento de los uruguayos en estas instancias mundiales, que causan sensación en el exterior?

-Estoy haciendo el curso de entrenador y entre las cosas que estudiamos está la psicología del jugador uruguayo que desde el baby fútbol soporta una presión muy fuerte, a veces nociva, algunos chicos sufren de estrés por jugar al baby fútbol debido a esa presión, pero desde chicos se habitúan a jugar con una presión que en otros países no existe y cuando llegan a grandes ese estrés ya no lo tenés. Después vas a jugar contra cincuenta mil personas y no notás diferencia.

Cuando un chico uruguayo llega de jugar, no le preguntan si se divirtió, le preguntan “¿cómo salieron?”, “¿hiciste un gol?”.

-¿Cómo viviste estos últimos partidos de Sebastián?

-Sufrí mucho contra Irak, porque cuando nos hacen el gol nos complican y fue de esos partidos que ves que la están ligando toda y no entra. Además Irak con un buen golero en el momento que tiene suerte, que no le hacés un gol nunca, pero después vino el golazo de Gonzalo y me tranquilicé.

Cuando empezó la final, Federico quería estar ahí, se lamentó de no haber podido viajar y comenzó a vibrar y a sufrir como lo hicimos todos. Alentó. Uruguay jugó bien y los “¡Bien, Uruguay!” se reiteraban. Sebastián tiró de afuera con potencia y bastante dirección, promediando el primer tiempo, pero Federico analizó que también tenía opciones de pase. Después lo vio jugar impecable. Lo alentó especialmente cuando le sacaron la amarilla por una infracción que había que hacer. “¡Bien, Seba, muy bien!”. Y sufrió los penales como tres millones de uruguayos, orgullosos de estos gurises que dejaron la mejor imagen del país y de su fútbol.