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El General

Corría el año 1985 y comenzaba la Libertadores de América para los equipos uruguayos.

Peñarol en ese momento inicial de la copa tenía un equipo muy sólido en todas sus líneas; Fernando Alves, El “Tano” Gutiérrez, Pepe Herrera, el “Zurdo” Viera, Miguel Bossio, Eliseo Rivero…

Habíamos pasado la primer fase tranquilamente, ante Colo-Colo, Magallanes y Bella Vista. Próxima serie: América de Cali y El Nacional de Quito.

Viendo los próximos rivales, lógicamente el tema era la altura, a nosotros los jugadores uruguayos siempre nos complico mucho ese tema. En octubre nos tocaba jugar en Quito, ante el equipo de los militares como le decían.

La transición llevo a que algunos jugadores partieran hacia otros países mejorando sustancialmente su parte económica.

El Estadio Atahualpa en la altura de Quito, con los túneles que conducen a los vestuarios en lo que sería la tribuna Colombes.

En el estadio Atahualpa de Quito era la cita, llego al fin el día. 2 de octubre, y con todas nuestras incertidumbres de cómo nos afectaría la altura empezó el encuentro. Los primeros minutos se hicieron sin problemas pero los ecuatorianos comenzaban a darle ritmo al juego.

Las pelotas que se iban afuera del campo volvían rapidísimo sin dejarnos respirar, parecía que cada alcanzabalones tenía una y la lanzaban apenas la pelota pasaba la línea del campo.

Llegó el primer gol ecuatoriano, lanzamiento por la derecha del ataque y el número 8 (Ron), levanta a la carrera y Giovanny Mera con un gran cabezazo vulneraba la valla custodiada por Fernando Álvez.

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Cansados de esa vorágine que nos estaban llevando a todo ritmo, comenzamos a “acariciar” a los jugadores de El Nacional, fue así que unos de ellos cayó en nuestro campo, viene el doctor de su equipo que era Coronel de ejército con bastante mal genio, fui y le pateé el botiquín, cayeron todos los medicamentos que traía, era un poco para respirar ya que eso llevaría un rato juntarlos, pero se ve que estaba acostumbrado a mandar que se me vino encima, acto seguido le pise el pie con todos mis tapones de aluminio, que en ese tiempo se usaban.

Pasado el tiempo me río ya que saltaba en una pierna mientras se tomaba la otra. Y sin saber ya tenía un Coronel en contra mía.

El segundo gol vino de tiro de esquina, otro cabezazo cerca del punto penal y contra un palo de José Voltaire Villafuente, imposible de atajar, interiormente estaba sellado el encuentro, no podíamos dar vuelta el resultado, uno lo intuye, igual y como todo charrúa volvíamos a pelearlas con el pundonor de que paguen cara nuestras derrota.

Comienza el segundo tiempo y el estadio tiene los túneles que llevan a los vestuarios detrás de los arcos, hago esta aclaración para ubicarnos en como principalmente para mi esa distribución fue un pequeño calvario.

De pronto se armó, otra vez el doctor del ejército venía por su venganza del pisotón y herido más de bronca que por el hematoma en sí, arremete contra Rotti.

Comienza la pelea, el coronel va contra Rotti y yo corro a defenderlo. A la izquierda está Bossio.

Cuando veo al “flaco” sobre la punta derecha nuestra, meta amagues pero no se lanzaban golpes, vengo a la carrera y lo golpeo fuerte haciéndolo caer, pero ahí cometí un gran error, vi a mi oponente en el suelo y yo saboreando su caída, paré mi corrida. De pronto sentí un golpe en la oreja derecha y parte del lóbulo de ella colgando, era el número 8 Ron, no me olvido más de su nombre, porque hizo la mía, la que hacia siempre, no paró la carrera siguió, yo trastabillando y medio grogui lleno de sangre en las manos, me doy vuelta y “él” estaba en el medio campo.

Pero ahí si comienza mi Odisea, veo al “Pollo” Vidal en un pique devastador casi noquear a un militar, y los demás militares sacar sus sables y tratar de golpearlo, parecía que estaba viendo una película de dibujos animados, donde en zig zag los esquivaba a todos y con una rapidez increíble entraba al túnel airoso y sin golpes.

Los demás muchachos se agrupaban corriendo y como podían entraban para guarecerse en los vestuarios.

De pronto me encuentro solo, a 50 metros del túnel, como si fuera poco rodeado de militares, parecía como la película Zulú, aparecían por todos lados en vez de indios, todo un regimiento, y muy enojados.

Veo en la mitad del campo un militar revoleando un palo en círculos corriendo hacia mí, tengo ese momento como una foto, cierro los ojos y lo vuelvo a vivir.

-Soy hombre muerto!!- pensé, pero debo tener alguien que se apiada de mí en momentos críticos, bajé los brazos, mi mirada creo que era de suplica, soy inocente, no hice nada, mis dos primeros pensamientos.

Increíblemente el militar, me acompaño hasta la entrada, o le tenía rabia al militar caído, o me vio y le di lastima, con la oreja partida, las manos y camiseta cubiertas de sangre, daba para tenerme piedad…

Respire profundo, no podía creer la suerte que tuve, quien conoce el estadio, sabe que tiene unas cuantas escaleras hacia abajo, después una parte plana y la subida, sinceramente una eternidad parecen las pirámides de Teotihuacán.

Cuando me toca subirlas, no podía encontrar peor escenario, el General caído y su ayudante con una ametralladora, apuntando a todos los que veníamos subiendo al camarín.

Así quedó mi oreja luego del golpe del ecuatoriano.

Miguel Bossio, diciéndole tengo una hija, señor. Atrás a Luis Güelmo con un revolver en la cara; ¡¡compa tranquilo, se le puede escapar un tiro!!.

De pronto un niño de unos 12 años salió, no sé de dónde y lo tome por los hombros tratando de ser su amigo, el General de pronto grita, cuando me le acerco, fuiste tú el que me golpeo?. Yoooooo?? nooo!!. le respondí, con voz de muerto porque el arma me apuntaba, el chico le responde -no General, el no fue-, y de pronto sorpresivamente le da un cachetazo en pleno rostro, yo acompañaba con cara de idiota y muerto de miedo las afirmaciones de mi “amigo”, el General me mira y saca otro golpe que me da en el tórax, ni lo sentí del terror que me invadía. Me deja pasar, yo sigo subiendo las escaleras resbalándome  por los tapones de aluminio y llego al fin.

Entro al camarín  y era un caos, veo al dirigente Amadis Errico, (gran compañero de las cartas, “el tute cabrero”, jugábamos siempre que concentrábamos), gritando y llorando de dolor, le habían golpeado la canilla con una bota militar y el  puntazo le abrió una gran herida.

Trancamos la puerta porque afuera querían nuestras cabezas colgadas de un árbol,

Golpean, nadie abría; se escucha una voz media abrasilerada, era el juez, Sr. Romualdo Arpi Filho, muchachos salgan  a terminar el partido, fue al unísono, noooo, no salimos ni locos nos matan, andate termina el partido, hdp, ladrón, no lo pensó dos veces cerró la puerta y desapareció.

Esa misma noche viajamos desde Quito a Guayaquil y Montevideo directo sin escalas…

Hebert Revetria: