Valverde en la ruta de los cracks

6 de septiembre de 2017

Mirar el rostro de niño de Federico Valverde genera una cantidad enorme de reflexiones. En el impresionante y exigente mundo del fútbol donde la pasión y principalmente la presión parece ser algo que sólo podrían llevar los experimentados jugadores, cada tanto aparecen estos botijas que no llegan a los veinte años y con su atrevimiento y frescura, recuperan el concepto de que el fútbol es un juego donde el triunfo es para los atrevidos, sin importar su edad. Valverde jugó para el aplauso general. Muslera aparece fuera de foco.

Escribe: Atilio Garrido / Fotografía: Fernando González (enviados especiales a Asunción)

Entró Uruguay a la cancha. Desde la parte más alta de la tribuna de prensa, sin monitor de televisión cercano, me preocupé exclusivamente por ubicar a Federico Valverde. Me fijé en el color de sus zapatos para poder identificarlo durante el trámite del partido. Lejos de los tonos fosforescentes que hoy están de moda, sus botines exhibían una policromía de tono marroncito, tirando beige, un color pastel, diría…

¿Por qué tanta atención de mi parte por el debutante de 19 años? Simplemente porque tres semanas atrás, a los pocos días de aparecer Federico Valverde en la nómina de los jugadores convocados por Oscar Tabárez para los partidos ante Argentina y Paraguay, en una de esas notas distintas que todo periodista concibe para atraer lectores, se me ocurrió plantear la pregunta al técnico compatriota que, a la vez, también era un desafío: ¿se animará Tabárez al debut de Valverde en el centenario del estreno de Héctor Scarone con la celeste a los 18 años?

Mi corazonada tenía la sustentación de algunas conversaciones mantenidas con mi amigo Ramón Martínez, uno de los altos popes gerenciales del Real Madrid, además de ser el manager de más larga trayectoria en el fútbol español. En varias ocasiones manifestó la consideración que el chaval se venía ganando en los merengues a partir de la atención que su fútbol despertó en el técnico Zidane.

También tenía la base de los conceptos siempre justos y oportunos de Pablo Bengoechea, el entrenador que lo mandó a la cancha por primera vez con la camiseta de Peñarol cuando Federico tenía 17 años recién cumplidos, el 16 de agosto de 2015. Después de la primera práctica con el plantel principal, el Profesor siempre criterioso manifestó: “Lo veo muy bien. Nunca vi a un jugador de 16 años con tantas virtudes. Me parece un jugador fútbol excepcional”.

Seguí a Valverde con toda atención desde que el esférico entró a rodar. Me gustó su atrevimiento y desparpajo para recibir la pelota, hacerla circular con acierto, sin errores, ocupar la posición central en el campo –en determinados momentos tuvo gestos y acciones de marcación como las que realizaba Tito Gonçalvez-, y desplegar un derroche técnico que depositó en mi mente la excelsa calidad de Ruben González, aquel notable centre half de Nacional malogrado por los desarreglos de vida privada.

Poco a poco se fue comiendo la cancha. Ganando confianza con pases certeros comenzó a prodigarse en la marcación de los adversarios. Llegó a barrerse en el césped, en arrojadas acciones como cuentan las viejas crónicas que las ejecutaba José Leandro Andrade con sus famosas tijeras. En una de ellas, sancionada con infracción acertadamente por Ricci, el botija se animó a pararse delante del brasileño con sus jóvenes 19 años para expresarle que a su juicio estaba equivocada.

Si algo faltaba para coronar su gran noche del debut con la frutilla de la torta, el destino, la suerte o Dios, aparecieron todos juntos a los 76 minutos cuando Valverde encontró una pelota boyando en la puerta del área y le pegó como venía. El gol en el peor momento de Uruguay se convirtió en la bomba que liquidó a los guaraníes. No tengo dudas, ni límites para afirmar que en esa incidencia, con ese remate “petroniano” -como manifestaban los periodistas de antaño recordando al cañonero Pedro Petrone-, me volví a ver a mi mismo joven enamorado de aquel salteño que al igual que Valverde con 19 años vistió la celeste y jugó la copa del mundo de 1962. Se llamó en vida Pedro Rocha, le decían el Verdugo y le pegaba a la pelota con la violencia y la precisión que hoy exhibe Valverde.

Después el chiquilín se adueñó del juego y del equipo. Marcó, siguió apoyando con criterio y precisión. Así apareció en el arranque de la jugada del segundo gol, nacida en un contragolpe de sus pies de seda, con toque perfecto para el arranque de Carlos Sánchez y el puntillazo final de Luis Suárez.

Celebro que Oscar Tabárez haya respondido afirmativamente aquella pregunta que buscando el inevitable “gancho” periodístico plantee hace tres semana atrás.

Ojalá Valverde no sea flor de un día y a partir de anoche recoja el legado de los grandes jugadores y se sume con triunfos, goles, pases y gambetas a esa lista de grandes cracks que se vistieron de celeste con el atrevimiento de los gurises del potrero. Ellos fueron Héctor Scarone, Walter Gómez, Juan Alberto Schiaffino, Pedro Rocha, Ruben Sosa, Enzo Francesoli, Carlos Aguilera y tantos otros, que han sido grandes en la historia celeste. ¡Suerte botija!

Federico Valverde con toda la pinta de crack.