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de Atilio Garrido

En 1924 seguros de ganar a Francia

6 de julio de 2018

 

La imagen reproduce el excelente artículo publicado en El País el domingo 1.º de junio de 1924. En la tarde Francia y Uruguay se enfrentaban -como hoy- por los cuartos de finales del campeonato mundial organizado por primera vez por la FIFA, en el marco de los Juegos Olímpicos de París.

El pitazo final de árbitro mexicano César Ramos desató la euforia. El festejo de los jugadores, artífices del triunfo sobre el césped del Fisht Olympic Stadium de Sochi, generó una onda expansiva de emoción en las tribunas teñidas de celeste y blanco, contagiando hasta el más pequeño rincón de la patria. Se completaba con Uruguay el casillero del calendario de enfrentamientos de cuartos de final donde primero se instaló Francia, después de su victoria ante Argentina. Mi mente se metió en la documentación atesorada en el la nube que mensualmente pago en Google Drive, recordando lo escrito en la prensa de ambos países en junio de 1924, en ocasión del primer partido de la historia entre ambos países que –noventa y dos años después- se enfrentan en el partido que se disputa en Nizhny Novgorod.

Vueltas a releer los amarillentas páginas de los diarios de la época surge una inequívoca diferencia con el presente. Uruguay llegó a la cita de Colombes por cuartos de final del primer campeonato del mundo que organizó la FIFA desde su fundación, en condición de amplio favorito. Las nueve victorias consecutivas obtenidas por los celestes en campos de España en la gira previa y sus triunfos por la goleada de 7:0 a Yugoeslavia y la contundencia del 3:0 ante los fuertes jugadores de Estados Unidos en Colombes, pesaban mucho más que el único éxito de Francia, también por siete a cero, frente a Letonia. Se valoraba  el juego de los uruguayos de pases cortos que generaban combinaciones perfectas con las que se avanzaba en el campo de juego hasta llegar al gol.

En el recordado choque ante Francia se agregaba otro factor de enorme peso relacionado con la influencia que tenía Francia en el desenvolvimiento de la actividad de las sociedades en los países del cono sur. Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro, San Pablo vivían según los dictados del devenir de Francia. Las acaudaladas familias del patriciado de Argentina, Brasil y Uruguay viajaban a instalarse en París durante todo el verano europeo desde mayo a setiembre de cada año. Por este motivo ese grupo de la aristocracia de nuestra nación acogieron en París a la delegación de fútbol, estando permanentemente junto a los jugadores y los dirigentes. En esa época el mejor alumno de cada generación que egresaba de la Universidad en la carrera de derecho, además de recibir la medalla de oro se le premiaba con el anhelado viaje a París, también en la estación estival siguiente. Esta es la razón por la que el joven doctor Carlos Quijano se unió a la delegación de fútbol y convivió con ella durante la estancia en la ciudad luz.

Entre tanto en nuestro país los planes escolares en enseñanza secundaria incluían obligatoriamente el estudio del idioma francés y no del inglés. Esta situación se mantuvo hasta fines de la década del setenta aunque ya unos años antes se estableció, también, la obligatoriedad de la lengua británica además de la de los galos.

Estos elementos pesaron sobremanera en los días previos a aquel domingo 1.º de junio de 1924 en todos los comentarios generados en Montevideo por la gran expectativa que despertó el enfrentamiento. Es importante resaltar la fe y la fuerza positiva que tenían los hombres de aquel Uruguay pujante, propio de un país joven que no había llegado a los cien años de su existencia independiente. La propia fe en sus fuerzas quedó reflejada en un excelente escrito publicado en El País en la mañana de la jornada del histórico partido entre Francia y Uruguay. En el texto se reconocen esos lazos de afinidad cultural señalados, sin dejar de afirmar la confianza en el poderío propio asegurando la certeza de la victoria del equipo oriental. Vale la pena su transcripción que se destaca, también, por la galanura que adorna al texto.

 “Francia y Uruguay se encontrarán hoy en el campo de Colombes para dirimir la supremacía del football de esos dos países.

El acontecimiento es excepcional en la historia del football de esas naciones, y tiene mucha más importancia que ningún otro de los que puedan producirse con motivo de esta olimpiada. Por virtud de ese contacto espiritual que hemos mantenido siempre con Francia, el mismo que tantas veces nos ha identificado con su suerte.

Esta vez hemos de ser contendores de ella, pero en un plano de rivalidad que muy bien será causa de un acercamiento amistoso y fraterno, porque el deporte tiene, entre muchas ventajas, esa tan noble y tan grande de que el triunfo de uno provoque la justicia manifestada en la aceptación lisa y llana de la superioridad del adversario. Y es esa actitud un paso previo a la solidificación de los vínculos, indestructibles cuando son la resultancia de ideales comprendidos y respetados.

El match de hoy, pues, debe ser y será el acontecimiento culminante de esta jornada, más que por el valor técnico del adversario que toca al Uruguay, por el estímulo ardoroso y patriótico que esa representación de Francia llevará hoy en el campo de Colombes.

En efecto, las multitudes francesas han llevado siempre el contagio de esa fibra emotiva del cariño a sus cosas. Y han volcado generosamente sus entusiasmos para la obtención de sus grandes triunfos. Y grande sería el de hoy, si Francia derrotase a la invicta representación del Uruguay.

Pero, confiemos en que el triunfo estará con los nuestros.

Repetimos lo que dijéramos ayer: el football de Europa, con excepción hecha del football profesional inglés, no puede derrotarnos, salvo circunstancias fortuitas que nos coloquen en desventaja.

Pero si en otro medio cualquiera el factor público pudiese ser un motivo de seria preocupación, en cambio en el caso ocurrente ese factor no puede determinar un temor serio.

Sabemos de la identificación del público francés con nuestras victorias. De la elevación de sus costumbres, de la educación culta de sus expansiones deportivas, y todo esto influye en el ánimo para creer que las exteriorizaciones de ese público sean más bien un estñimulo que un repudio o un desahogo.

Las actuaciones de los nuestros, hasta ahora, confirman la esperanza de que hemos de vencer, y en ese franco optimismo va implícito el reconocimiento pleno de los prestigio de nuestros campeones.

No desconocemos que la contienda de hoy es la más seria de cuantas se han presentado a nuestros team desde su llegada a Europa. No olvidamos que representaciones del football de Francia han rivalizado con buenos teams profesionales ingleses, pero tenemos fe en la técnica de los nuestros, en su entusiasmo juvenil, en su vivacidad natural, en su familiaridad con estos acontecimientos, en la unidad que ha adquirido el team con seis meses de vida en común, en la confianza derivada de sus éxitos y en el afán patriótico que debe mover todas sus acciones al saberse próximos a un triunfo de resonancia mundial.

Pocas horas más y celebraremos el triunfo, porque los nuestros han probado hasta hoy, en esta jornada magnífica de París, que son los mejores entre los mejores”.

El resultado del partido es conocido. Favoreció por goleada 5:1 a Uruguay eliminando en París y ante su público al organizador del campeonato del mundo, con 60.000 espectadores en Colombes. Los franceses –como lo recordé en la nota anterior-, resultaron concluyentes en sus juicios: “ante los jugadores uruguayos nos consideramos alumnos”. ¡Ojalá hoy se vuelva a repetir la historia!