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La vida de Tito Gonçalvez (Nota 11)

El título principal del vespertino El Diario del 8 de enero de 1967, expresa los deseos de entrenador designado, Juan Carlos Corazo. Quería incorporar a Gonçalvez y Emilio Álvarez. En aquellos tiempos los clubes tenían mucha fortaleza y estaban por encima de los intereses de la selección. Las práctica de los celestes fueron mínimas y desordenadas. El Campeonato Sudamericano con la Copa América en juego comenzó el 17 de enero. Uruguay se consagró campeón con un equipo nuevo, frente a la selección argentina que tenía la base del conjunto que participó en la Copa del Mundo de 1966.

Por Atilio Garrido

Una frase define el tránsito humano por la vida. Asegura que “fácil es llegar y lo difícil es mantenerse”. Más allá de la enunciación, en esta década del sesenta –sin duda alguna la más gloriosa de Peñarol en toda su historia-, conducidos inicialmente desde la capitanía  por William Martínez en los dos primeros años y desde 1962 por Néstor Gonçalvez, los aurinegros lograron permanecer durante doce años, hasta 1970 inclusive, en la cúspide. Tres veces saboreando el dulce almíbar de la conquista con el máximo título de América. Otras veces arañándolo, sin poderlo alcanzar. No por casualidad al frente de la legión durante la parte más extensa, estuvo “el Tito” encabezando la columna.

CUANDO PUDO SER CAMPEÓN CON LA CELESTE

La gloria del título de Campeón de América y del Mundo en 1966 con la camiseta de Peñarol en el enfundando su torso de gladiador, no pudo completarse con el campeonato uruguayo. Lo ganó Nacional. ¡Otra vez los impostores de Kipling! ¡El triunfo y la derrota! ¡El éxito y el fracaso! Algo así como para ratificar que la vida es una sucesión de contrastes…

Néstor Gonçalvez pudo, en el arranque de 1967, integrar la selección uruguaya que disputaba en Montevideo el Campeonato Sudamericano con la Copa América en juego.

“Peñarol deberá decir la última palabra”, declaró el Tito a El Diario el comienzo del mes de enero cuando Juan Carlos Corazo intentaba armar un plantel, después que Nacional y Peñarol plantearon que su aporte a la celeste fuera por una cuota fija de jugadores. Eso originó la renuncia de Milans, y la no aceptación del cargo de unos tres o cuatro entrenadores a quién se les ofreció la conducción de la selección. Al final, Nino Corazo puso una vez más el hombro.

¿Pero Vd. fue convocado?, le preguntó el periodista de El Diario. “Sé que hubo gestiones para que me incorporara”, fue la respuesta.

La poca afinidad que ha existido entre Peñarol y la selección uruguaya lo dejaron fuera de la que pudo ser, la consagración continental que Gonçalvez largamente merecía a esa altura de su carrera.

Después de ese torneo que ganó Uruguay dirigido por Nino Corazo, se incorporó a Peñarol el zaguero chileno Elías Figueroa. También el golero argentino Néstor Martín Errea. La base era la misma que sufría pequeños retoques en cada temporada. El 16 de julio de 1967 el clásico definía el pasaje a la final ante Racing de Avellaneda. El triunfo clasificaba a Peñarol. Nacional tenía a su favor los otros dos resultados. Un gol clásico –el único de su trayectoria- del Tito puso a Peñarol en ganancia.

LOS GOLES QUE CONVIRTIÓ TITO GONÇALVEZ

-“De los goles que hice en el club donde jugué toda mi vida, no me olvido. ¿Sabe por qué? Porque fueron pocos…” y soltaba risotadas –porque el Tito no sonreía. Se reía o estaba serio. Y cuando reía lo hacía con la misma fuerza del vozarrón con que hablaba.

-“Hice uno el estadio Tróccoli, en ese partido que ganamos y nos clasificamos campeones uruguayos de 1965. Creo que fue en ese año porque con el triunfo por 3 a 2 nos clasificamos campeones uruguayos y dimos la vuelta olímpica en ese magnífico escenario que tenía Cerro. Estaba lleno, repleto. El mío fue el último, el gol de la victoria, porque estábamos empatados 2 a 2. Un gol como los pocos que hice. Un rebote, mucha gente en el área, la pelota que sale de ella, me queda, le pego como podía, porque no le pegaba muy bien, y se metía en el arco. En ese mismo año le había hecho otro parecido a Independiente, en la final de la Libertadores acá, y después, este en ese clásico que perdimos. Bueno, que empatamos, pero era como perder… Puede haber algún otro gol, pero recuerdo estos”.

El Tito no se equivocaba. Su mente era un perfecto y ordenado cajón de turco donde guardaba las cosas con precisión. Ese encuentro ante Cerro se disputó el 12 de diciembre de 1965. Peñarol jugó con Mazurkiewicz, Lezcano y Luis Varela; Forlán, Gonçalvez y Caetano; Abbadie, Rocha, Héctor Silva, Spencer y Enrique Alfano. Y voy a citar al equipo de Cerro porque brinda la medida exacta de lo que era aquel fútbol doméstico de la década del setenta, a mi juicio, la última de gran nivel y con grandes jugadores en nuestro suelo. Los albicelestes actuaron con Labella, Troche y Masnik. El primero un gran golero de larga trayectoria; el segundo, capitán de Uruguay dos años antes en el mundial de Inglaterra y el tercero, llegó de Mercedes, se fue de Peñarol por una bronca propia en 1965, desde Cerro pasará a Gimnasia y Esgrima de la Plata y retornará a Nacional para cubrirse de gloria eterna: campeón de América y del Mundo en 1971. Sigo: Luis Benítez, Ravecca y Rótulo; Víctor Espárrago, dos brasileños de primera línea, Pauli Silva Araújo y Marinho da Silva, el argentino Ruben Sosa que en este año 1967 que estamos recorriendo era figura de Nacional y Juan Orosil Pintos, un gran puntero de selección uruguaya.

CUANDO LEZCANO SE SENTÓ SOBRE LA PELOTA EN EL CLÁSICO

Sigamos con la historia cronológica. Estábamos en el clásico del 16 de julio de 1967 que definía el pasaje a la final de la Libertadores. Peñarol ganaba 1:0 con gol del Tito…

-“Empató el brasileño Celio, casi enseguida y Alberto, cuando no, jaja, hizo el segundo. Fuimos llevando el partido sin problemas. Yo ya estaba pensando en la final contra Racing argentino, donde nos íbamos a sacar chispas, porque ese equipo que decían que era de José, por Pizzutti que lo dirigía, metía y metía. Con Perfumo, Basile, el panadero Díaz, Rulli y el uruguayo Chabay, pegaban que no parecían uruguayos. Pero mejor siga Vd. con el recuerdo porque me viene una bronca bárbara…”

Continúo. El 2:1 se mantuvo hasta el minuto noventa, lo que alentó al paraguayo Lezcano, luego de cortar una pelota sobre el área de la Colombes, a correr con el esférico en su poder hasta la línea demarcatoria de la cancha sobre la tribuna Olímpica. Acto seguido se sentó sobre la pelota, reiterando una antigua situación que Carajito Vázquez realizara en otro clásico de la década del cuarenta. Cuando Urruzmendi corrió a marcarlo, Lezcano se levantó y restó hacia delante. La recibió Espárrago quién metió un pase largo para Pepito que estaba solo. Avanzó y sacó un centro perfecto al área. El Marquéz Ruben Sosa se elevó y peinó en el primer palo la pelota hacia atrás. Lezcano no estaba en el área. El ingreso solitario de Celio depositó la pelota en la red de Errea. El inmediato pitazo final clasificó con el 2:2 a los tricolores a la final de la Libertadores de ese año. De lo ocurrido después, en los vestuarios con el Tano Zeni, el Tito no hablaba.

-“La vida sigue…”

La historia cuenta que el paraguayo Lezcano no jugó más en Peñarol… El mismo equipo que a fin de año reconquistaba el título de campeón uruguayo.

LAS SEMIFINALES CONTRA EL PALMEIRAS

El año 1968 los desafíos no cambiaban en aquel fútbol uruguayo de primer cartel mundial, con grandes jugadores de excepción actuando en nuestro medio, en nuestras canchas, en nuestros clubes. ¡Qué diferencias tan grandes con el presente!

El arranque victorioso en las semifinales frente a los paraguayos (Guaraní y Libertad) y Nacional de Montevideo y la clasificación a la ronda siguiente. Buscando acortar el torneo, desde temporadas anteriores en la fase de grupos pasaba un solo equipo. La supremacía en los clásicos del Tito y de Peñarol se mantenía. Ganó el primero 1:0 y empató el segundo sin goles, eliminando a los albos del torneo. Después triunfos ante Emelec y Deportivo Portugués y… ¡otra vez Peñarol y el Tito en las semifinales de la Libertadores contra Palmeiras! El Palmeiras de Tupanzhino, Servilio, Adhemir da Guía, Suingue, Dudú, el golero Waldir…

-“¡Ese era el nivel de nuestro fútbol! No era sólo Peñarol, Nacional también tenía grande equipos y pensaba en desplazarnos a nosotros para intentar ellos ganar el torneo. Lo lograron en 1964 y en 1968. ¡Fíjese Vd. lo que era aquel fútbol uruguayo, el que teníamos acá, el de todos los días, el que veíamos desde las tribunas y no por televisión, como ahora! ¡Hágame el favor, no me hable del fútbol de hoy! ¿Vd. que le gusta la estadística, se dio cuenta que desde 1960 hasta este momento en que estábamos, de 1968, Peñarol y Nacional llegamos a ocho finales en nueve torneos. Y en la que no llegamos, fuimos nosotros que perdimos con Boca Jrs. en semifinales. Siempre andábamos ahí, ahí, ahí… peleando el título. Y así seguirá hasta 1972 inclusive. A partir de 1973 dejamos de entrar en el marcador. Acá, en 1968 nos pasó lo mismo que en 1962, nos quedamos en las semfinales porque perdimos acá y allá con el Palmeiras, al que después le ganó Estudiantes de La Plata en un gran partido en el Estadio Centenario”.

Con gran viveza el Tito pasó rápido por los dos partidos semifinales ante el Palmeiras. En el Estadio Centenario, nos vuelven a ganar y al terminar el partido se generó un episodio de violencia tremenda. Los jugadores de Peñarol, liderados por el Tito, corrieron por la cancha a los paulistas para pegarles. Varios llegaron primero al túnel y se escaparon. Otros, la ligaron. Y feo…

 

Atilio Garrido: