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La vida de Tito Gonçalvez (Nota 8)

Así se definió el quinto clásico que en 1966, jugaron Nacional y Peñarol por la Copa Libertadores de América. Ese año se introdujo la reforma reglamentaria impulsada por Washington Cataldi, para que el subcampeón de cada país también participara. Era la forma de asegurar los dos lugares de Uruguay para los clubes grandes. La imagen pertenece al enfrentamiento librado el 23 de abril en el Estadio Centenario. Tribunas repletas. Nacional dirigido por el chileno Fernando Riera, practicaba la ley del offside. Se adelantaba la línea final para provocar el fuera de juego. De esta forma aparecieron solos ante Roberto Sosa, los atacantes de Peñarol, Pedro Rocha (atrás) y Julio César Cortés, rematando en primer plano. El juez, el argentino Roberto Goicoechea marcó el tanto. Nacional protestó airadamente. La conquista se produjo en el minuto 71. La envidia que provoca mirar las fotos con la platea olímpica repleta, lo mismo que la tribuna y… ¡las hinchadas mezcladas, sin ningún pulmón, ni vallados, ni nada por el estilo! ¡Qué vuelva ese fútbol por Dios!

Por Atilio Garrido

Después de quedarse con la espina clavada por haber perdido la final la Copa Libertadores ante Independiente, cuando nadie pensaba en no festejar el tercer campeonato de América de clubes, luego de sacarse de encima al Santos de Pelé, el nuevo título de campeón uruguayo en 1965, definido en un polémico clásico a raíz de actitudes del argentino José Francisco Sanffilippo en Nacional, no tenía valor en aquel tiempo. Para el hincha de Peñarol era un título más. No importaba y no se consideraba con una enorme logro, que Peñarol hubiera conseguido el séptimo título de campeón uruguayo, de los últimos ocho disputados, siempre con Néstor Gonçalvez en la cancha y desde 1962 como capitán indiscutido.

El fútbol uruguayo apostaba a lo más grande. A la competencia internacional y en esa lucha por superar a Nacional, los que vivimos aquel tiempo como aficionados no supimos darnos cuenta, ni aquilatar que el mundo cambiaría tanto, que esas sensaciones y emociones que se experimentaban, no volvería a repetirse de igual manera… ¡nunca más! El martes hice mención a este en el programa “¿Vd. que opina?”, en diálogo con Sergio Gorzy en su muy escuchado espacio que comienza a las 10.00 horas en CX 18 Radio Sport, ahora conocida como 870 AM. ¡Cambian los tiempos!

En aquello época gloriosa, irrepetible, los jugadores permanecían en sus clubes por muchos años. No se vendía al exterior en la forma que hoy ocurre. Los países europeos -España e Italia, principalmente- habían cerrado sus puertas con leyes que impedían la contratación de jugadores extranjeros, en la búsqueda de mejorar su fútbol interno y permitir el surgimiento de sus propias figuras. Sólo podían entrar los oriundos, es decir aquellos que lograban demostrar que eran hijos o nietos de italianos o españoles. Surgió así la época de los pasaportes truchos, los pases antirreglamentarios y otras yerbas. Pero lo cierto y real, es que el fútbol uruguayo tenía grandes jugadores locales y extranjeros (Spencer y Joya como adalides en Peñarol; Jota, Jota Rodríguez en Nacional) y actuaban acá, en nuestras canchas. No los veíamos sólo por la televisión, ya que tampoco se emitían en vivo y en directo los partidos del torneo local. El preámbulo vale para presentar aquel 1966…

AQUEL CLÁSICO QUE NACIONAL GANA 4:0 EL 30 DE ENERO

-“Bueno, aquello sí que fue una recuerdo imborrable. Ese año para Peñarol fue, creo yo, lo más grande. Le diría difícil de repetir. Y una lástima que por haber hecho mal las cosas, aquel momento no pudo reflejarse en la selección”, contaba el Tito.

Aquella de 1966 fue la Copa Libertadores de América más larga de la historia hasta ese momento, debido a que se incorporaban los subcampeones. Esta idea, efectivamente fue propuesta por el delegado de Peñarol, Washington Cataldi, aplicando un razonamiento económico que beneficiara a los dos clubes grandes de nuestro país. Se agregaban, por lo menos, dos clásicos más al año, con tribunas repletas, las hinchas mezcladas y grandes recaudaciones. La modificación reglamentaria estableció que los equipos de un mismo país integraban la misma serie. Sorpresivamente la CBD no inscribió a sus clubes, en rechazo a la modificación que introdujo la participación de la vicecampeones. Brasil sostuvo que el torneo se alargaba demasiado perjudicando la competencia local. Se inscribieron los clubes de Colombia, pero por estar suspendida su afiliación por la FIFA, no pudieron participar.

El cambio reglamentario fue abrupto. Participaron 16 clubes más Independiente, campeón anterior, manteniéndose el ingreso directo a las semifinales. Se formaron tres series. Dos se seis equipos y la restante de cuatro. Peñarol y Nacional, campeón y vice de 1965, ingresaron en la llave ante Jorge Wilsterman y Deportivo Municipal de Bolivia; y Emelec y 9 de Octubre de Ecuador. El desarrolló del torneo insumió la disputa de 95 partidos.

-“Arrancamos mal. Perdimos un clásico 4 a 0 y nos querían matar –rememoraba el Tito con su voz de trueno y sus ojos de mirar penetrante-. Nacional había comprado cuatro jugadores, que si no me acuerdo mal eran Ruben Techera, Montero Castillo, Virgili y Julio César Morales. Debutaron todos esa noche. Perdimos 4 a 0, con algún gol raro, me acuerdo. Uno de ellos fue un centro desde la Olímpica que se metió en el ángulo del arco del Chiquito. Pero fíjese como eran las cosas. Al otro día, de mañana, en el aeropuerto estábamos los jugadores de Peñarol y Nacional juntos para viajar a Bolivia, porque jugábamos contra ellos y después nos íbamos a Ecuador. ¿Se imagina las caras, no? Ellos sonrientes, nosotros mordiéndonos de bronca. Igual, algún fotógrafo nos pidió una imagen juntos y, como caballeros que sabíamos perder, accedimos… De los seis equipos clasificábamos dos. Así que la fuimos llevando con dificultad, pero pasamos”.

La historia cuenta que ese clásico fue el 30 de enero de 1966. Al otro día los dos clubes grandes viajaron para presentarse en La Paz y Guayaquil, ciudades donde estaban radicados los rivales. Los dos grandes de Uruguay clasificaron para las semifinales en un grupo donde se sumó Universidad Católica.

CUANDO ROCHA ENTRÓ AL ARCO DE NACIONAL CON LA PELOTA

-“Si mi amigo, pero se olvida de una cosa –interrumpió el Tito cuando le pasaba los datos de la definición del grupo-. No se olvide que al retornar de Bolivia y Ecuador, jugamos acá contra ellos, ganamos y cerramos la llave con Nacional en la revancha. Y ahí ganamos 3 a 0 en una tarde –fue de día el partido, no me olvido- donde nos sacamos la espina, todos, y quedamos tranquilos. Y en el clásico siguiente, en el primer partido de las semifinales, también de tarde, volvimos a ganar 3 a 0 en unenfrentamiento de esos que los que estuvieron en la cancha no lo olvidan. ¿Vd. se acuerda por qué?”, terminó interrogándome el Tito.

-Claro Tito, yo ya andaba metido en la redacción de El Debate en ese tiempo, aprendiendo el oficio de periodista. Fue la tarde de los tres goles de Rocha, en uno de los cuales, contra el arco de la Ámsterdam entró con la pelota adentro del arco. Fue el 10 de abril de 1966.

-“¡Muy bien! ¡Ja, ja, cómo se acuerda, muy bien! –explotó el Tito, con esas risotadas que lanzaba, como si fuera un histrión, cuando le gustaba o su interlocutor se equivocaba ante una pregunta que él hacía-. Sí, fue así. ¡Qué jugador fue Pedro! Esas son las cosas que el fútbol de hoy no tiene. La picardía. Hoy no se ve una gambeta, una pelota metida por el medio de las piernas al que te marca. Le decíamos hacer un caño… ¡Yo no lo hacía, que iba a hacerlo yo, si yo era un patadura! Yo metía, eso sí! Pero otros jugaban. Había que verlo a Pedro dentro de la cancha. Vos se le dabas la pelota a él y olvídate. La iba a cuidar. Me acuerdo que se gambeteó a varios por la derecha, en diagonal al arco, y cuando salió Jorge Paz –el hijo de Aníbal-, también lo limpió y se fue caminando al arco. Se metió adentro con pelota y todo, la agarró y salió corriendo hacia la mitad de la cancha, pero sin babosear. Nada. Tranquilo”.

AQUELLOS CLÁSICOS TOTALMENTE DIFERENTE A LOS DE AHORA

-Y en aquel tiempo no había separación de hinchadas, como ahora. En las tribunas estaban juntos los de Peñarol y Nacional. Sentados al lado. Y a uno le gritaban el gol en la cara.

-“¡Ahí está la cosa mi amigo! Aquel era otro Uruguay. La gente era tolerante, como debe ser. Vd. toleraba al otro. A su mujer, a su amigo, a su adversario. El fútbol afuera de la cancha era diversión, servía para embromar al amigo que era hincha del otro cuadro. Claro, adentro queríamos ganar los dos. Pero ganaba uno sólo. Tuvimos la suerte de que en ese tiempo, casi siempre ganábamos nosotros. Pero afuera de la cancha, en las tribunas, no se veían las cosas de estos tiempos actuales. Algún piñazo, venía la policía y te sacaba. Grande, pero grande, fue el lío en la Colombes con la hinchada de Cerro en la final de la Copa Uruguaya de 1960. Ese sí, mamita querida”, reflexionaba el Tito, contándonos una realidad que, tal vez, nunca más volverá a repetirse en nuestro país.

Esa Copa Libertadores, en el último clásico del grupo semifinal, dejó otra polémica. Peñarol ganó 1:0 con gol de Julio César Cortes, para muchos convertido en claro offside. Fue el 23 de abril…

-“Nacional había cambiado de técnico. Ahí trajo a Riera, que llevó a Chile al tercer puesto en el mundial de 1962 y ahora había dirigido a la Católica. Había puesto en práctica la ley del offside. Se adelantaba la defensa para dejar al rival fuera de juego. Eso le creó a los líneas un lío bárbaro porque todo dependía de cuando partió el pase. ¡Mamita querida, que líos! Yo creo que el Pocho estaba habilitado”, sentenciaba.

Atilio Garrido: