Desde Isla Cabellos a Salto (nota 1)

13 de enero de 2017

 

Esta imagen fue captada por Fernando González, con quién Néstor Gonçalvez trabó una intensa amistad en las décadas finales de su vida. Era la fotografía predilecta del Tito. Le pidió copia para regalarle a sus hijos y a sus nietos. Aparece en capitán y caudillo, con su rostro curtido por las mil batallas que libró en la cancha.  Luce en su dedo anular un anillo con el escudo de Peñarol, su gran y eterno amor, que le obsequió en un momento de su actuación en el club. En sus ojos y en la actitud, la vejez no le había borrado ese gesto fiero de los que nacieron para ser caudillos.

Esta imagen fue captada por Fernando González, con quién Néstor Gonçalvez trabó una intensa amistad en las décadas finales de su vida. Era la fotografía predilecta del Tito. Le pidió copia para regalarle a sus hijos y a sus nietas. Aparece el capitán con su rostro curtido por las mil batallas que libró en la cancha. Luce en su dedo anular un anillo con el escudo de Peñarol, su gran y eterno amor, que le obsequió en un momento de su actuación en el club. Nunca salió de su mano desde entonces. En sus ojos y en la actitud, la vejez no le había borrado ese gesto fiero de los que nacieron para ser caudillos.

 

Nuestro sitio web, en homenaje a la figura inmensa del fútbol uruguayo y principalmente de Peñarol, comienza a partir de este infausto momento, la publicación de una serie de notas que se “colgarán” diariamente, para recorrer la extensa trayectoria de este gigante, capitán entre 1962 y 1970, de la mayor parte de la época más gloriosa de la historia del club aurinegro. Sigue a continuación la primera entrega

Por Atilio Garrido / Fotografía de Fernando González

Esta nota que escribo con el corazón, inexorablemente tiene que comenzar con una confesión. A fines de la década de los años ochenta estuve unas cuántas veces por Isla Cabellos, octava sección judicial del departamento de Artigas. Exactamente un siglo atrás de mi visita, llegaron a ese descampado las cuadrillas de británicos que instalaban las vías del ferrocarril para unir a Bella Unión con el resto del país. Siguen fijas en mis retinas aquellas imágenes que recogí cuando el pueblito se llamaba Baltasar Brum, manía de los gobernantes de turno en 1956, a los que se les ocurrió cambiar varias denominaciones de esos poblados que como perlas desparramadas por el medio del campo tenían nombres bien criollos, conformando lo que los politólogos de hoy denominan “el Uruguay profundo”.

Mi curiosidad por visitar Isla Cabellos radicaba en el conocimiento de que allí, el 27 de abril de 1936, había nacido Néstor Gonçalvez, el menor de una de aquellas familias típicas de la campaña oriental, que se llenaban de hijos porque –en este caso- el padre con un campo pequeño se las arreglaba para que hubiera comida dentro de la olla, y la madre, Josefa Martinicorena, hacía maravillas para repartir. Néstor fue el séptimo, que llevó el mismo nombre que su progenitor.

Cuando la conocí, Isla Caballos estaba detenida en el tiempo, con un poco menos de dos mil habitantes y con su estación del ferrocarril en silencio. Apenas unos años atrás la última locomotora había surcado sus vías en el viaje hacia la muerte.

En mis épocas de empleado del Palacio Legislativa a partir de 1968, conocí a Alba Roballo y a Amílcar Vasconcellos. De este último conservo en mi biblioteca, dedicado y autografiado su “Febrero Amargo”, editado en 1973. Sabía que ambos, al igual que el Tito, también nacieron allí. Ella en 1909 y él en 1915. La doctora llegó a ser la primera mujer en ocupar el cargo de ministro en nuestro país. El doctor, entre sus muchas virtudes, resultó uno de los primeros que denunció a “los modernos Latorritos” que se preparaban para llevarse a la Constitución por delante. El Tito completó la trilogía que partiendo de este pequeño punto del “Uruguay profundo”, llegaron a ocupar lugares destacados y de privilegio durante el tiempo que les tocó vivir.

Hace más de treinta años, parado frente la plaza principal y única de Isla Cabellos, mirando la estación del ferrocarril muy bien conservada; la escuela pública y la cancha de fútbol que la rodean, nació en mi mente aún joven, una interrogante. ¿Cómo era posible que en 1909, 1915 y 1936, en este pueblito ubicado en las zonas del después, en las tierras de la nada, donde parece imposible soñar futuros, hayan visto la luz de la vida tres figuras, que cada uno a su tiempo y en su actividad, alcanzarían lucimiento y fama? Me parecía imposible. Me quedé sin respuestas.

Pensé en Dios y atribuí al destino (que debe ser Dios), el autor exclusivo de ese milagro. Recordé entonces una perfecta definición que escribió mi maestro, Diego Lucero, en 1979, en el libro con la biografía de Roberto Noble, el fundador de Clarín.

-“El destino, esa fuerza oculta hecha de nieblas y de sueños, bajo cuya tutela se maneja el ordenamiento de las cosas humanas y va señalando… esto sí… esto no”.

Sí, no hay duda. Dios, el destino, pueden ser los únicos autores de estos milagros.

LA ESCUELA RURAL EN EL PUEBLO Y CUATRO AÑOS DE LICEO EN BELLA UNIÓN A 62 KM.

-“Cuando yo nací en el pueblo sólo había escuela rural. El liceo lo tuve que hacer en Bella Unión. Viajaba todos los días más de 100 km. en el ferrocarril con 40 botijas del pueblo. ¿Se imagina lo que era eso? Y mire que ese viajecito lo hizo cuatro años seguidos, porque mi viejo me obligó a terminar el liceo”, me contó Néstor Gonçalvez en la extensa nota que le realicé hace ya varios años sobre su vida, y que a raíz de lo ocurrido se volverá a emitir a partir de hoy en la pantalla de VTV. Muchos de sus testimonios salpicarán de aquí en más esta despedida.

Como aún ocurre en cientos de pueblitos de ese “Uruguay profundo” o en los barrios periféricos de los grandes poblados donde los Reyes Magos se ven solo en la televisión y el play station sigue siendo cosa del futuro, la pelota de fútbol continúa representando –por suerte- el gran elemento de distracción, de aprendizaje de lo que es la vida, porque siempre hay uno mejor y también peor que vos; porque se conoce que perder y ganar son alternativas inevitables del tránsito humano. Allí, en esa cancha pelada de fútbol en la que yo estuve parado hace más de treinta años, el botija de alpargatas, que a los 13 años jugaba de “centrefóbal” en el Deportivo Cabellos, con gorra de vasco metida hasta las orejas, aprendió sin darse cuenta la gran lección que Kipling definió a la perfección cuando escribió que “el triunfo y la derrota son esos dos grandes impostores”.

Sin saber el cómo y el por qué, a los 15 años Néstor Gonçalvez vestía la camiseta de Universitario de Salto. “Mi padre me comprendió y me dejó ir. Yo tocaba el cielo con las manos. Viajaba los sábados en el tren, jugaba el domingo y regresaba el lunes, sin descuidar los estudios”, recordaba, aclarando que en ese caso se ampliaron las distancias. El viaje en el antiguo ferrocarril exigía recorrer 244 quilómetros entre la ida y el retorno.

EN 1956 SE PROBÓ EN PEÑAROL CON EL NOMBRE CAMBIADO

Aquel muchacho alto, de físico delgado y huesudo, de voz fuerte y al que le empezaba a gustar el tango y la guitarra, con 18 años se radicó en la capital salteña.

-“Deben haber visto que alguna condición tenía, porque los dirigentes me plantearon que me quedara a vivir en Salto, que me conseguían un trabajo y así podía estar más aliviado. Nosotros éramos dos varones y cinco mujeres. Resolví aceptar el planteo. Como me gustaba el dibujo, en 1954 pasé a vivir en Salto, jugar en Universitario y trabajar en el estudio del Arq. Rodríguez Fosalba para perfeccionarme en dibujo”, contaba con su voz típica, que siempre, en cada frase, la elevaba con sonoridad de mando. Aunque no tuviera que mandar, claro…

Su vozarrón de gaucho, su gusto por la música, lo llevaron a estudiar guitarra y cantar acompañado de la viola, mientras se afirmaba en el primer equipo de Universitario, uno de los más fuerte y poderosos –aún hoy- de Salto.

Recordaba al Dr. Carlos Gelpi, dentista de la ciudad, que se transformó en una especie de segundo padre. Tradicional familia salteña, de buen pasar, con la mano tendida para la ayuda, poco a poco le fue dejando entrever la posibilidad de ir a jugar a Montevideo. Lo fue preparando para el desafío porque, en aquel tiempo sin contratistas, ni empresarios, ojeadores, “scouting” y otras yerbas tan comunes en el mercantilizado fútbol de hoy, eran los agentes viajeros que llegaban desde Montevideo los que descubrían a los valores jóvenes. De este modo, en 1956…

-“Recuerdo a Camacho y Andrietti, allegados a Peñarol, quienes por pura pasión y amor a la camiseta, me vieron jugar, hablaron con los dirigentes de Universitario y me trajeron a probar. Yo era hincha a muerte de Peñarol. Llego, me cambio y me meten en la práctica con el equipo de primera división. Estaban Maidana, Hohberg, Rodríguez Andrade, Salvador, Vanoli, Donald Peláez, Míguez. Los dirigía el húngaro Hirsch. No lo podía creer. Me ponen en un partido amistoso ante River Plate. En aquel tiempo los cronistas iban a todas las prácticas, registraban todos los detalles, y después salían en el diario. Cuando lo compro para verme, me quería morir. Mi nombre no aparecía. ¡Y yo había jugado! Cuando pregunté medio enojado el motivo de esa situación, me dijeron que era para evitar que los dirigentes de otros cuadros, presentes en el amistoso, me robaran yendo hablar con los dirigentes del club. Gusté, me quieren comprar, Universitario pidió 20.000 pesos. Peñarol dijo que era mucha plata. La OFI reclamó porque yo estaba jugando en la selección de Salto y el club de la capital no podía llevarme. Peñarol quería incluirme en el plantel que hacía  una gira inmediata. Me sacaron el pasaporte, me entregaron la ropa. Pero todo quedó en la nada. Me volví a Salto realmente muerto. No lo podía creer…”

El contraste, el dolor, la bronca, cual si fuera una careta movida por un tramoyista, muy pronto dieron un giro inesperado. ¡Otra vez el destino, esa fuerza hecha de nieblas y de sueños!

Mañana segunda nota: de Salto a la Selección Uruguaya para jugar el Campeonato Sudamericano de 1957 en Lima.


SEMIFINAL - FINAL

1 - 2
Estadio Centenario
Ver fixture y posiciones