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de Atilio Garrido

5to. puesto positivo con Godín a tope

8 de julio de 2018

Diego Godín sonriendo, captado por la cámara de Fernando González en el estadio de Ekaterimburgo Arena, en la práctica anterior al partido contra Egipto. Allí arrancó la labor de Uruguay en Rusia 2018. Punto inicial de un notable rendimiento del capitán celeste, el mejor jugador en el balance de los cinco partidos disputados.

 

Uruguay regresa a casa sin seis integrantes de la diáspora futbolística celeste. Carlos Sánchez, Lucas Torreira, Gastón Silva, Martín Silva, Cristhian Stuani y Rodrigo Bentancur eligieron otra ruta exigidos por diversas obligaciones. Aquel sueño tan gigante como desproporcionado que creció en la mayoría de la población de llegar al aeropuerto de Carrasco con la copa de oro levantada al cielo por el capitán Godín, no pudo ser. La ilusión que creció como una ola gigante rompió las barreras de la mesurada reflexión. Muchos periodistas accionaron el fuelle para agrandarla y hacerlo crecer posible. Muy posible. Casi seguro. Una madrugada en una nota emitida en radio Uruguay escuché a uno de ellos, de importante trayectoria, afirmar rotundamente que “Uruguay se consagrará campeón del mundo”. Finalmente la ola se estrelló contra el muro de la realidad.

Aquellos que tratamos de aportar reflexiones sobre las dificultades que debían superarse por un país pequeño como el nuestro, para alcanzar semejantes logros, éramos observados como bichos raros por cometer el pecado de alertar sobre lo escabroso que resultaba llegar a la cima. Ocurre que estamos curtidos por la experiencia -que es golpearse contra la vida y las cosas-, acumulada desde México 1970.

En cambio, hoy con los resultados a la vista, quienes optamos por el llamado a calma previa lejana a la excitación, estamos habilitados legítimamente para expresar los pensamientos sin ningún tipo de condicionamientos por lo manifestado previamente. En consecuencia, a mi juicio la actuación de Uruguay en la Copa Mundial de la FIFA 2018 resultó muy digna y positiva alcanzando el honorífico quinto lugar que equivale a una posición de evidente destaque. Uruguay es el primer país clasificado de las tres Américas (Central, del Norte y el Sur) si se toma exclusivamente este parámetro. Este es un mérito indudable, que debe valorarse en su justa dimensión como un logro trascendente. Que Brasil, Argentina, Colombia y México, por citar a los países de mayor enjundia futbolística que representaron a nuestros continentes en el mundial, hayan quedado por debajo de Uruguay, es una distinción de trascendencia. Algo así como 300 millones de personas que suman esas cuatro naciones fueron relegados por una mínima expresión de apenas tres millones y monedas, con una superficie también escasa que no resiste comparación si uno se toma la molestia de mirar los mapas.

Realizada esta puntualización que entendí correspondía, la nota continúa con mi balance sobre la actuación de los jugadores uruguayos que contribuyeron actuando en la cancha, a la honorífica obtención del quinto puesto.

El capitán Diego Godín resultó a mi juicio el punto más alto en los cinco partidos. Con alguna producción que rozó la nota 10 –como contra Portugal-, siempre estuvo entre los mejores del equipo. En enero próximo termina su contrato con el Atlético de Madrid. Existen versiones de algún nuevo pase para un equipo italiano.

Sobresalieron también los que podríamos denominar que integran el grupo de los jóvenes, es decir aquellos valores que aparecieron confirmando con su rendimiento las posibilidades futuras. En ese sentido Lucas Torreira, Diego Laxalt, Rodrigo Bentancur, José María Giménez, Naithan Nández y Maximiliano Gómez –en los pocos minutos en que actuó-, se transformaron en potenciales jugadores para comandar el recambio generacional que se produce después de cada mundial. Si excelente resultó la tarea de Torreira, no menos expresiva fue la de Laxalt en un puesto en el que no actúa normalmente en su club italiano. El mérito de reubicarlo como lateral izquierdo corresponde al técnico Tabárez a partir de las pruebas realizadas en el torneo de China en marzo pasado.

Aunque con algún año más que los señalados precedentemente, Sebastián Coates cumplió con algo que le es característico y que se constituye en una virtud difícil de encontrar. Alejado de la titularidad por el superior rendimiento de Giménez, cuando es requerido a sustituirlo cumple con eficacia y solvencia. La historia volvió a repetirse para bien.

De este grupo de jóvenes Guillermo Varela y Giorgian De Arrascaeta quedan fuera de la nómina de exposiciones positivas. En el caso del primero, poco queda de aquel jugador que retornó a Peñarol a comienzo del año con altos puntos técnicos que fueron descendiendo y no se ratificaron en los dos partidos mundialistas en los que actó.

El caso del jugador del Cruzeiro de Belo Horizonte merece ser analizado, especialmente con vistas al futuro como consecuencia de su corta edad. Tiene 24 años. El único jugador de los 23 convocados por el director técnico realmente diferente. Nadie puede dudar del exquisito talento que posee. Casi un mago con la pelota en los pies. Todos recordamos su aparición en Defensor Sporting y la sensación de que la llevaba atada  a su botín dejando el tendal de jugadores rivales eliminados con moñas y “chiquitas”. Ese juego con el que ha triunfado en el Cruzeiro es el que no aparece cuando viste la celeste. Se limita a recibir el esférico y tocarlo hacia el costado a un compañero, cuando lo que tiene que hacer es tomar contacto con el pelota y empezar a “cortar el fainá”, como se dice en la jerga de la cancha a las acciones que desarrollan los que realmente saben. Voy a recurrir una vez más a Dante Panzeri. “Veamos cuál es el buen jugador por orden de importancia de factores que determinan al equipo: 1.º El que domina bien la pelota, punto siempre básico para jugar al fútbol: los otros son complementarios. 2.º El dominador de pelota con altruismo para poner su calidad al servicio de otros diez y no solamente de sí mismo. 3.º El dominador de pelota que posee la picardía necesaria para mantener al adversario en la permanente duda de cuál será su siguiente jugada, si es capaz de hacer en cada jugada lo que no haya hecho en la anterior”. Estas tres condiciones según las cuáles -para Panzeri- es indispensable contar para lograr un buen equipo, en el plantel actual de Uruguay sólo las reúne De Arrascaeta. Entonces cabe preguntarse ¿por que no realizó ni una sola maniobra de esas que espera el público cuándo él agarra la pelota? Me recuerda a Héctor Ciengramos Rodrígfuez con la diferencia de que el sanducero se despachaba en cada partido con diez o quince jugadas de esas que levantan a la tribuna y limpian la cancha de rivales para habilitar después a los goleadores o definir él mismo. Este De Arrascaeta que actuó en el primer partido y su ingreso en el posterior, no es aquel De Arreascetra que la selección necesita. Cabe otra pregunta: ¿le pesó la responsabilidad o cumplió órdenes? Todos aguardamos que en la Copa América retorne el “otro”, aquel de las jugadas endiabladas que cautivó a los mineiros del Cruzeiro.

Entre los futbolistas con cierta trayectoria en la selección y unos años más en la cédula de identidad no pueden existir dudas sobre los altos valores que expusieron Martín Cáceres y Matías Vecino. Cumplieron a la perfección con sobriedad y eficacia. Inclusive agrego a Cristian Rodríguez. Con su forma de jugar que divide opiniones entiendo que el técnico Tabárez lo utilizó en la forma justa ingresando en los momentos adecuados, después que se convenció –ante Arabia Saudita- que al popular Cebolla le costaba arrancar el partido como titular desgastándose rápidamente.

En este sector de futbolista con trayectoria en la selección y años en el documento, los números rojos del debe aparecen en Carlos Sánchez y Cristhian Stuani. Agrego también a Jhonatan Urretavizcaya quién a pesar de registrar intermitencias en sus convocatorias al plantel, no aportó en Rusia 2018 cuando sus servicios fueron requeridos.

Las dos grandes estrellas de la selección, Luis Suárez y Edinson Cavani, cumplieron totalmente a satisfacción. Ambos realizaron un trabajo notable, esplendoroso y efectivo ante Portugal. Creadores de lo que un periodista francés llamó “la pared más larga del mundo”, el segundo gol de Cavani resultó a mi juicio de los mejores del mundial por la concepción de la maniobra y la perfección explosiva de los pases –desde que la pelota arrancó de los pies de Bentancur- y la definición con el cabezazo. La labor de Suárez frente a Rusia resultó decisiva. Ambos aportaron lo suyo en los encuentros ante Egipto y Arabia Saudita.

Fernando Muslera es el último de la lista de 19 jugadores de Uruguay que aparecieron en las canchas de Rusia 2018. Sus actuaciones en las que logró un récord histórico en la defensa de la portería celeste, se vieron empañados por el error del autogol con el que terminó el partido ante Francia aunque faltaba media hora para la finalización del mismo. Aquellos que siguen mis comentarios conocen mi pensamiento que se resume fácilmente: un gran equipo comienza con un gran golero defendiendo el arco. ¿Ejemplos recientes? Bélgica y Croacia.

Entre los que no actuaron e integraron la nómina de 23 jugadores (los goleros Campaña y Martín Silva y los laterales Gastón Silva y Maximiliano Pereira) surge a mi juicio una gran duda a través de una pregunta que debe responder Tabárez. ¿Por qué motivo Maximiliano Pereira formó parte del grupo convocado? Si el entrenador entendía que estaba apto para jugar, cuando decidió la exclusión de Varela lo natural resultaba el ingreso del legendario futbolista. Si Tabárez entendía que, como se dice ahora en otra de las frases difíciles de entender, “el Mono es bueno para el vestuario”, lo lógico hubiera sido incorporarlo como parte del cuerpo técnico y escoger otro jugador (¿Valverde tal vez?) que pudiera ofrecer alternativas diferentes y atractivas para el equipo en la cancha.