Cuento sobre hazaña de Carlos Borges

5 de febrero de 2014
Autor: Tenfield Com
Categoría: Columnistas

No se sabe cuántos pasajeros iban a bordo del Vapor de la Carrera “Ciudad de Asunción”, porque con la desaparición del rol, nunca se pudo comprobar una supuesta sobreventa de pasajes, por lo tanto no se sabe tampoco cuántos murieron, unas fuentes dan la cifra 63, otras 76… El 10 de julio de 1963 el “Ciudad de Asunción” chocó con el casco de otro buque hundido años atrás. Se produjo un incendio que consumió la embarcación desde la sala de máquinas.

Así quedó el Ciudad de Asunción hundido en la madrugada del 11 de julio de 1963. En el viajaba Carlos Borges.

Toda la tripulación fue alertada. Quienes se atrevieron a hacerlo, se arrojaron al mar, donde naufragaron sin botes salvavidas (porque no pudieron desprender más de uno). Esa noche en el mar hacía cinco grados bajo cero. Entre los milagrosos sobrevivientes estuvo el puntero zurdo de la celeste, Carlos “Lucho” Borges, quien se aferró a una amplia caja de madera para salvar su vida y también rescató de las aguas a un niño de siete años, cuya madre había arrojado desde cubierta pidiendo que no le dejaran morir.

Al principio todo iba normal, como siempre, en el clásico Vapor de la Carrera. Carlos Borges (el goleador de Uruguay en el Mundial del 54; había jugado 14 años en Peñarol, del 46 al 60; fue Campeón de América con la aurinegra en el 60 y pasó ese año a Racing de Avellaneda, al siguiente obtuvo el título de Campeón Argentino), cenó con una familia uruguaya, orgullosa de encontrarse en el viaje con el ídolo y poder contarle al hijo de ellos las hazañas del Lucho, con la Selección y sobre todo con Peñarol, del que eran hinchas. Durante la cena, los comentarios más recurrentes en el salón comedor, fueron que también viajaban esa noche en el vapor, nada menos que el trío de Trieste, uno de los conjuntos musicales más famosos del mundo, que había llegado al Río de la Plata para dar un concierto en el Colón y la estrella de Racing de Avellaneda Carlos Borges. Después de cenar, el futbolista académico se fue a su camarote, que compartía con un muchacho uruguayo llamado Juan Carlos. Pero el Lucho no podía dormir, por el movimiento del barco y su crujir, en medio de la tormenta. Se puso a leer el diario, pero llegó un momento en que el balanceo no le permitía fijar la vista en las letras. Estaba sentado en la cama, con ropa interior solamente y descalzo, cuando a las tres de la madrugada escuchó un gran estruendo y sintió que el barco se iba inclinando hacia un costado, mientras la luz se atenuaba. Cayó al piso y se encontró con el salvavidas que estaba debajo de la cucheta. Su compañero dormía profundamente. Trató de despertarlo a los tirones, pero éste le respondió: “Dejáme dormir tranquilo”. “¨¡Levantáte que nos estamos hundiendo!” -le gritó el Lucho-. Pero el otro no podía ni despegar los ojos: “¡Estás loco, dejáte de soñar! ¡Prendé la luz!” Pero la luz ya no prendía. Corrieron a cubierta. No había nadie. Vieron cómo el buque se estaba inclinando, aunque la densa niebla no dejaba ver mucho. Bajaron inmediatamente para dar aviso y preguntar, pero nadie sabía qué estaba pasando. Los tripulantes no decían nada, salvo un marinero que, bayoneta en mano, les pidió a los pasajeros se ubicaran del lado opuesto a la inclinación de la nave.

Una hora después, mientras la mayoría cavilaba en cubierta cómo hacer en caso de emergencia, se produjo una explosión y de inmediato comenzaron a brotar llamas en la sala de máquinas. La gente enloqueció. Algunos querían desprender los botes salvavidas, pero estaban como pegados y no pudieron, salvo uno. Entonces tiraron al agua bancos, valijas, cajones, cualquier madero, todo lo que flotara. Muchos no esperaron que los maderos llegaran al agua y se lanzaron desesperados al río. Muchos perecieron. Cuando el Lucho Borges se tiró, lo hizo al lado de una amplia caja de madera que flotaba entre valijas y otros estuches, era la caja de un violoncello, que poco antes había caído desde cubierta junto a todas las pertenencias del trío de Trieste. El Lucho se prendió del cajón del instrumento cuando ya media docena de personas lo había hecho. Una mujer se asomó por cubierta y tiró a su hijo de siete años a la vez que gritaba: “¡Por favor, no dejen morir a mi hijo!”, dirigiéndose al grupo del Lucho, que no sabía nadar.

Por unos segundos todos se mantuvieron aferrados a la caja, hasta que, al comprobar que nadie se movía, y pese a no saber nadar, el Lucho se animó y salió en búsqueda del chico porque éste ya no podía sostenerse. Estaba a unos diez metros del cajón. El Lucho logró, con la ayuda de dos mujeres, traerlo y sujetarlo al madero. Cuando miraron hacia la cubierta del barco, en búsqueda de la madre, sólo vieron llamas.

La corriente los fue llevando, el frío era insoportable. En el agua hacía cinco grados bajo cero. Las horas fueron pasando con tremendas consecuencias. Una a una murieron cuatro personas que iban aferradas al madero del chelo. Se veía flotar cuerpos, especialmente de mujeres, niños y ancianos. Carlos Borges en ese momento se mantuvo lúcido y cuidó al botija.

Estuvieron muchas horas en el agua. Cuando amaneció, la situación no varió demasiado, porque la niebla seguía. Finalmente sintieron ruidos y aunque querían gritar pidiendo auxilio, no pudieron, porque las mandíbulas, como el resto del cuerpo, estaban duras. Pero vieron el barco, era el King, un patrullero de la armada argentina que había sido, entre otros, asignado al rescate. Los subieron a bordo y de inmediato les dieron frazadas y los pusieron junto a las calderas del barco hasta que fueron reaccionando. Tomaron mucho caldo caliente y les dieron carne en pancitos como refuerzo. El Lucho se comió una docena. Luego salió en la búsqueda del niño. No sabía a dónde lo habían llevado y en sus oídos resonaba aquel pedido de la madre. Lo encontró en medio de gritos y quejidos. Estaba en una cama, bien tapadito, pero tenía mucho frío. Le dio masajes en la mandíbula y de comer. Cuando estaba en eso, apareció un hombre angustiado buscando a su hijo. El Lucho le indicó dónde estaban los chiquilines, pero al que buscaba era al que cuidaba él. Se abrazaron los tres llorando.

Horas más tarde llevaron a los sobrevivientes al puerto de La Plata y, tras identificarlos, les dieron ropas. Los tres músicos italianos estaban allí, pero habían perdido en el naufragio absolutamente todo, desde la ropa hasta los instrumentos. El chelista Amedeo Baldovino no tenía consuelo porque había perdido el Mara, un famoso Stradivarius fabricado en 1711.

A Borges lo llevaron a la sede de Racing. Era de tardecita y el plantel estaba entrenando. Cuando el médico lo vio le dijo a Lucho que de ninguna manera podía practicar esa tarde. Pero el uruguayo no le hizo caso. Se integró al trabajo de pelota quieta que estaba haciendo el plantel. Tiró varios corner y al final se dispuso a jugar en espacio reducido pero, cuando quiso correr, cayó desmayado.

Despertó varios días después. Su recuperación se hizo lenta, extremadamente lenta. Le dieron licencia médica y se vino a Montevideo, junto a su familia. Fue empeorando; parecía no poder superar aquel trance. Lo tenían que ayudar hasta a cruzar la calle porque sentía pánico. No se animaba a andar solo y mucho menos a subir a un ómnibus. Todo le resultaba un gran sacrificio.

En esos días ocurrieron dos milagros. El Mara de Amedeo Baldovino fue hallado en las aguas del Río de la plata. Lo llevaron a Italia y pudieron repararlo. Entretanto los esfuerzos de la familia y de los médicos que atendieron al Lucho, permitieron que se fuera recuperando y así, poniendo gran empeño, pudo volver al fútbol.

Ya nunca fue el de antes, pero quedó para siempre el esplendor de sus hazañas, el cariño de un pibe al que salvó en un naufragio, la pasión de una tarde que le hizo tres goles a Escocia en el Mundial del 54, la memoria de los hinchas carboneros que lo consagraron ídolo con incontables campeonatos ganados, la de los de Racing de Avellaneda que recuerdan al héroe que hace cincuenta y un años, les dio la penúltima consagración nacional argentina…

…y la de los que aseguran que, aunque nunca volvió a ser el que era, desde aquella práctica del 11 de julio de 1963, todos los corner de Borges dibujaron en el aire, la comba exacta de un Stradivarius.


SEMIFINAL - FINAL

1 - 2
Estadio Centenario
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