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Brasil pentacampeón

El autor repasa la consagración de Brasil en el Mundial de Japón y Corea, al vencer en la final a Alemania 2:0. El 30 de junio de 2002 el equipo de Scolari logró la quinta corona.



30 junio, 2020
Recuerdos

Escribe: Juan Carlos Scelza.

 

El sol atenuaba el intenso frío típico del primer día de julio. Guantes y bufandas eran la carta de presentación de miles de aficionados que caminaban por el Parque Batlle buscando los accesos a las tribunas que se abarrotarían de gente minutos más tarde cuando el escocés Hugh Dallas encendía con su pitazo el legendario pleito por la segunda rueda de las eliminatorias. Ya no estaban los técnicos que habían iniciado el camino. Victor Púa había tomado el timón celeste tras la renuncia de Daniel Passarella y Felipe Scolari, debutaba al frente del criticado Brasil que había cesado a Wanderley Luxemburgo y pasaba serias dificultades deportivas.

 

Federico Magallanes a los 38 minutos y de penal le dio el triunfo a Uruguay que lo arrimó a una costosa clasificación recién alcanzada en la revancha de la repesca ante los australianos. El panorama brasileño se agravaba a tal punto que recién alcanzó la clasificación en el último partido con la obligación de ganar, lo que consiguió de local ante Venezuela por 3 a 0.

 

Exactamente un año después de la mismísima derrota ante los celestes, Scolari y su equipo lograban el tan ansiado título mundial. No fue un campeonato más, era el “Penta”, ese del que se venía hablando desde hacía doce años cuando en Estados Unidos y por penales había derrotado a Italia en la final y se había coronado por cuarta vez. La espera había sido menos que los 24 años que pasaron entre México 70 y 1994. En esa ocasión Brasil ya sin Pelé defraudó en el mundial de Alemania en 1974, se sintió perjudicado en 1978, tampoco llegó a la final en 1982 desperdiciando lo que para muchos ha sido el mejor equipo de toda su historia orientado por Telé Santana, contempló nuevamente como Argentina volvía a sacar la cara por Sudamérica ganando el título en México 86, y en el 90 sufrió una de las más dolorosas derrotas cuando quedó eliminado en octavos de final ante la Argentina de Maradona y Caniggia.

 

A ese 30 de junio en Japón, llegaba otro poderoso acostumbrado a ganar. El camino del técnico Rudi Voeller en la eliminatoria había sido muy similar a su técnico rival. Acaso la gran diferencia se centraba en la experiencia del brasileño que además contaba con el aval de varios títulos internacionales conseguidos como las Libertadores de 1995 con Gremio y 1999 con Palmeiras, además de la Recopa de 1996 con los gaúchos y la Mercosur con los paulistas. El caso del ex goleador alemán fue algo así como un bombero que apagara el infierno provocado por la pésima actuación en la Eurocopa 2000 que se disputó en Bélgica y Holanda. Arrasó en la serie clasificatoria consiguiendo 19 puntos y el primer lugar de su grupo, pero fue muy otra su nefasta labor en la finales, en las que obtuvo un solo punto en sus tres partidos de la serie. Igualando con Rumania en Lieja, perdiendo ante Inglaterra y cayendo por goleada ante Portugal en Roterdam. Plagado de críticas, cuestionado en el manejo del grupo, y fustigado por su ineficacia, ese fue el final Erich Ribbeck, tras aquel torneo ganado por Francia en final contra Italia. La Federación germana buscó un salida en el temperamento de Voeller y en su no tan lejana ascendencia como futbolista en el mundial obtenido en el 90. Sin experiencia alguna asumió, y con muchas dificultades accedió al mundial asiático, perdiendo feo en Munich por 5 a1 ante Inglaterra y debiendo recurrir a un inesperado repechaje para eliminar a Ucrania.

El de Corea y Japón, era un mundial diferente a todo. Primera oportunidad en que se abría la puerta a un continente que no fuera América o Europa, inédito hasta ahora porque se realizó en dos países, singular para Uruguay porque con sacrificio retornaba a la Copa del Mundo después de doce años y muy peculiar porque los más firmes candidatos, Francia que buscaba retener el título y Argentina de excelente eliminatoria, apenas permanecieron durante la primera ronda. Ni el equipo de Marcelo Bielsa, sorprendido por Suecia, ni la Francia que además llegaba de ganar la Eurocopa de la mano de Roger Lemerre y fue último en su serie con una sola unidad.

A Cheonan la conocimos unos cuantos meses antes, cuando una delegación encabezada por Osvaldo Giménez Gerente Deportivo de la AUF, realizó una ronda inmediatamente al sorteo y sabiendo el calendario y los rivales que esperarían a la selección durante el torneo. Un complejo muy apartado, con todos los requisitos deportivos, pero donde costó identificarse con el clima mundialista. Lo recorrimos en aquel diciembre de 2001 realizando una serie de programas especiales producidos por Tenfield y emitidos en Canal 10 rumbo al mundial. Ese fue nuestro punto de encuentro diario con la delegación celeste durante toda la estadía. Dicen las guías turísticas que los 82 kilómetros que la separan de Seúl se recorren en una hora, sin embargo la realidad de un tránsito demasiado intenso para nuestras costumbres, hicieron de nuestras visitas diarias largas jornadas sobre el automóvil. Allí contemplamos la ansiedad de la espera por el debut, la desazón posterior a la derrota ante Dinamarca, las horas posteriores al empate ante una Francia que dio ventaja de jugar varios minutos con un hombre menos y ya no hubo regreso a la concentración, porque el hazañoso repunto ante Senegal en la ciudad de Suwon no alcanzó y el 3 a 3 selló el regreso inmediato a Montevideo.

 

Brasil consiguió los nueve puntos de la serie, con ajustado triunfo ante la posterior sensación, Turquía, y luego dos goleadas frente a chinos y costarricenses. Esto alimentaba una ilusión con la que no había arribado. Del otro lado, en Sapooro, Alemania fue despiadado con Arabia Saudita a la que le convirtió ocho goles, luego empato con Irlanda y le ganó a Camerún. Invicto siguió su camino.

 

El 1 a 0 fue el molde alemán para llegar a la final, con ese resultado dejó por el camino a Paraguay, Estados Unidos y al novedoso local en la semifinal quitándole la chance ser campeón a uno de los anfitriones. Fue muchos más sinuoso el recorrido brasileño, pero a su vez mucho más trascendentes los resultados obtenidos ante los europeos Bélgica, Inglaterra y la dificilísima Turquía a la que venció por uno a cero.

 

Así llegaron a la final. Una defensa cerrada que solo había recibido un gol en contra y por supuesto el mejor guardameta del torneo Oliver Kahn. Del otro lado, los goles de Ronaldo llevaban de la mando a Brasil a una final que por fin podría deparar la conquista del Penta campeonato. Una finalísima cargada de historia. Alemania campeona en 1954, 1974 y 1990, buscaba su cuarta estrella, ante el encumbrado Brasil que se coronó en 1958, 1962, 1970 y por última vez en 1994. Increíblemente, con tal historial, el estadio de Yokohama sería el primer testigo de un choque mundialista entre ambos.

 

Que Japón viviera una final de Copa del Mundo, tenía muchos puntos de contacto con aquel 11 de febrero de 1981 cuando Nacional derrotó al Notingham Forest de Inglaterra en la final Intercontinental. Los europeos víctimas de algún maltrato deportivo excesivo y con una visión mucho más regionalista en la que la Liga de Campeones era lo máximo, no querían jugar más el torneo de campeones continentales y mucho menos viajar a Sudamérica. La gestión de Nacional encabezada por Dante Iocco y el impulso de Teófilo Salinas, presidente de la Confederación Sudamericana, lograron generar una final a un único partido y aprovechando el suceso que había alcanzado el mundial juvenil celebrado en Japón en 1979, convencieron a los nipones, con la aparición de un fuerte sponsor como Toyota, para realizar la Copa Intercontinental que par4ecía condenada a morir.

 

Para el mundo una gran final, para los anfitriones una fantástica oportunidad. Más de 73000 personas observaron un partido tan táctico como dinámico. Potencia y velocidad de un equipo que esperaba para contragolpear y a su frente el virtuosismo ofensivo de atacantes como Rivaldo, Ronaldinho y Ronaldo. Parejo, aunque siempre jugado más cerca del arco germano, recién se inclinó cuando Ronaldo convirtió la primera de sus obras a los 68 minutos. De ahí en más la alemana temperamental saliendo a buscar y el Brasil de las genialidades agazapado para liquidarlo todo, lo que concreto a los 79´ con la indomable presencia de su goleador.

 

Antes del pitazo del italiano Pierluiggi Colina, ya Rio de Janeiro era zamba, San Pablo y Porto Alegre un carnaval, la tempranera mañana brasileña bailaba y saltaba. Brasil penta campeón. Para Ronaldo también el título esperado. Hoy presidente del Valladolid, era en ese 2002 el pase codiciado del Real Madrid al que llegaba con su pasado en Barcelona, e innumerables logros en el Inter de Milán. Una revancha de aquel malestar que no lo dejó ser él mismo en la final del 98 perdida ante Francia. El mundial logrado en 1994, representaba solamente una medalla, porque muy joven había sido sin minutos en cancha, solo uno más en aquel grupo orientado por Carlos Parreira.

 

Fue un 30 de junio del 2002, el gran día de un Brasil por ahora inigualable, que lograba su quinta corona mundialista en Japón.