Cosa de chicos

En la nueva entrega de esta sección, un repaso exhaustivo y singular del modo en que Wanderers, Liverpool y Defensor se metieron en la historia, así como de la declinación continental de los grandes.


El profesor José Ricardo De León, hacedor del Defensor campeón uruguayo 1976.


17 mayo, 2020
El fútbol en tiempos de pandemia

Escribe: Juan Carlos Scelza

 

Solo se sintió el golpe de la puerta. Dejó caer su cuerpo boca abajo. El respeto por su privacidad implicaba dejar pasar unos cuantos minutos. Al entrar, no fue necesario reparar en el rojo de sus ojos: la humedad en la almohada reflejaba su tristeza.

 

Discusión de adolescentes, “cosa de chicos”. Forma elegante, si las hay, de minimizar el pasional mundo de una edad llena de ambición y entusiasmo, de proyectos y sensibilidad. Es tan cierto que los años acumulan responsabilidades, que traen presiones, exigencias y preocupaciones, como que la calma de la madurez nos aleja del maravilloso ritmo juvenil, tan sensato como frontal y tan vertiginoso como idealista.

 

25 de julio de 1976. La vuelta olímpica debía ser diferente, y allá fueron en el sentido de las agujas del reloj, tan contrario como aquel Defensor desafiante que se metía en la historia grande. Hacía solo minutos los goles de Luis Cubilla y Alberto Santelli derribaban al enjundioso Rentistas, que con su postura hizo más grande la hazaña violeta de aquella tarde fría y gris. Portazo a una historia que se quebraba. De la mano del profesor Ricardo De León, se rompía la hegemonía de los grandes.

 

Con tal conmoción, provocada por aquel equipo que con 32 puntos se llevaba el Uruguayo, difícilmente habría espacio para analizar el acontecimiento. Era momento de titulares y de fotos, de notas a los héroes que, desde las manos de Freddy Clavijo hasta la fuerza de Salomón, Conde y Jauregui, la voz de mando de Graffigna, la clase de Gómez y los goles de Rudy y de Rodolfo Rodríguez, abarcaban centímetros de diarios habitualmente reservados a los ídolos de los grandes.

 

El tiempo, que coloca las cosas en su lugar y les brinda la perspectiva justa, permite ubicar aquel logro como la coronación de un camino trazado desde mucho antes.

 

Cerro, el de Coccinello, De Britos, Pintos, Dalmao y Soria, estuvo a un desempate del título de Campeón Uruguayo, al perder 3 a 1 con el Peñarol dueño de América. También aquel 1960 fue el año en que Defensor, orientado por Hugo Bagnulo y con figuras como Radiche, Climaco Rodríguez y Malinowsky, ganó invicto la primera Copa Artigas con la participación de selecciones del interior.

 

“Tuve la chance de jugar en la selección, de lograr un lugar en la historia de Cobreloa, pero aquella noche ante Nacional fue inolvidable”. En la parrillada La Uruguaya, en Ñuñoa, barrio cercano al Estadio Nacional de Santiago de Chile, Washignton “Trapo” Olivera recordaba su agónico gol en el Centenario, que clasificó a Wanderers a la Libertadores, en un mano a mano que realizábamos para “Fanáticos”.

 

Olivera había desperdiciado un penal tapado por Garate. Pero la noche del 28 de enero de 1975 le dio la revancha, cuando se iba el cuarto minuto adicionado. Gol y 2 a 1: Wanderers se clasificaba a la Libertadores, esa que solo conocía a los grandes. El equipo que dirigía el profesor Omar Borrás, y que contaba, entre otros, con Richard Forlán, Sierra, De los Santos, Muhlethaler, Apolinario, el “Loco” Ortiz, Álvez y el maestro Tabárez como zaguero central, jugaría un mes y medio después el grupo junto a Peñarol y a los peruanos Universitario y Unión Huaral.  Habían pasado quince años, período en que solo los grandes habían representado a Uruguay en la Copa.

 

No era una casualidad aquel triunfo del Defensor 76, ni tampoco el logro bohemio del 75. Hacía rato que los chicos empezaban a revelarse, y en el desvelo por crecer comenzaron a cambiar el rumbo. Los grandes se entretenían con la Libertadores, y hasta comienzos de los 70 les iba muy bien.

 

En el Mundial, Holanda no nos dejó pasar la mitad de la cancha, y en la mayoría del partido a Cruyff solo le vieron la espalda. Bulgaria fue un empate con sabor a poco, y Suecia goleó a un pálido Uruguay despedido como campeón, y cuyo regreso fue casi humillante. “Reestructura” era la palabra de cada debate periodístico tras el fracaso en Alemania.

 

Fue en ese año 1974 cuando asumió el Ejecutivo de Oro, encabezado por el ingeniero Héctor Del Campo, Con voz de mando, ideas, convicción y determinación, impulsó un cambio tan radical como histórico. Significó el adiós a las cortas temporadas, además de la transformación de un fútbol que pasó a tener tres torneos y once meses de actividad. Se instauró la Liga Mayor, con presencia de equipos del interior, y la Liguilla -el gran aliado de los equipos menores-, en la que jugaban los seis mejores del año por los dos cupos de la Libertadores. Cuanto más corto es el torneo, más posibilidades tienen los que poseen planteles menos numerosos. La primera edición lo confirmó: clasificó a Wanderers y eliminó a Nacional.

 

La tarea de Del Campo, junto a Dante Iocco, Matías Vázquez, Eduardo Rocca Couture y José Pedro Laffitte, desembocó en el rotundo éxito de la Liguilla, que en el primer año vendió más de 215 000 entradas en 15 partidos, y que en las posteriores ediciones clasificó a Defensor en el 77, a Danubio en el 78, a Defensor nuevamente en el 80 y a Bella Vista en el 81, lo que se hizo moneda corriente, sumando a Progreso en el 87, hasta los cambios del torneo continental en la década del 90.

 

Deportivamente, el Liverpool que en 1968 había ganado el Torneo Relámpago, y que en el 71, tras la “Operación Coraje” que impulsó a la institución, realizó una histórica gira por Europa con Ondino Viera como técnico, goleando entre otros al Werder Bremen, compartió el segundo puesto del Uruguayo de 1974. Y en el 75 ganó la primera rueda con un equipo que tenía a Héctor Santos, Saúl Rivero, Pelusso, Denis Milar, Agresta, Abalde, Maldonado, Amatraín y Calcaterra.

 

No hay casualidad, así como no la habrá en la vida de los jóvenes que proyectan, que sueñan y que dedican su tiempo y su entusiasmo para transformarlos en realidad. De chico, empujarás el calendario para llegar a los “18”, sacar la libreta, manejar y votar. De grande deberás asumir cada una de esas responsabilidades. Eso sí: sin perder el afán de superación, y mucho menos apartarte de los objetivos trazados.

 

Los tiempos cambiaron, y hoy los “grandes” uruguayos son los chicos de América. Aquella frecuencia en la definición de los campeonatos continentales ha quedado demasiado atrás. Y, salvo la excepción del Peñarol de 2011 perdiendo ante el Santos, han pasado más de 30 años sin acceder a una final de Libertadores. Duele y golpea, pero solo asumiéndolo las instituciones podrán crecer y volver. No en vano la estadística muestra que, a lo largo de tres décadas, bolivianos, venezolanos y uruguayos han sido los de peor rendimiento.

 

Así como no hubo una única causa para la primera conquista de Defensor, no la hay para esta cruel realidad que sufren tricolores y aurinegros. Podrá justificarse en la falta de recursos, que no deja de ser un factor  gravitante. Podrán sus hinchas discutir quién tiene más años, festejar en 18 de Julio los “Apertura” y “Clausura” y polemizar por el tamaño de las banderas y el número de las butacas, pero la gran responsabilidad es y será de sus dirigentes, que deberían ingeniárselas, como aquellos directivos de los clubes menores que, con pocas armas y muchas ideas, marcaron la cancha que emparejó el medio local.

 

También será responsabilidad de las autoridades de la AUF, que deberían compartir la ambiciosa postura de aquel Ejecutivo de Oro y adaptarla a esta realidad actual, con idénticas carencias a aquellas, aunque con mayores posibilidades, determinadas por recursos que antes no se tenían. Claro está: nada se logra dividiendo sino sumando, y nada se alcanza cruzándose de brazos, sin tener autocrítica ni sinceramiento y esperando que las soluciones caigan del cielo.

 

Se levantó, se peinó, el agua fría limpió sus mejillas y se llevó el malhumor. No pasaron más de tres horas. La videollamada o el Whatsapp apaciguaron lo que parecía irreconciliable, porque la inexperiencia todo lo exagera, a pesar de que después aprendamos que no hay nada más sagrado que la experiencia propia. El tono de la voz era otro, y el diálogo traía calma y hasta sacaba una sonrisa. “Cosa de chicos”. En pocos minutos volverían a jurarse amor para siempre, reavivarían la llama y recargarían ilusiones.

 

No hay grande que no haya soñado de chico, y no hay chico que conquiste su sueño sin mantener su convicción.