El mundo a sus pies

En una nueva entrega, el autor analiza los motivos racionales y mágicos que hacen únicos a los mejores jugadores de la historia, y las dificultades extradeportivas a las que algunos se sobrepusieron.




La medicina y el fuerte estímulo que recibió en un mundo con menos urgencias que el nuestro ayudaron a potenciar el talento descomunal de Lionel Messi, uno de los grandes de todos los tiempos.


7 junio, 2020
El fútbol en tiempos de pandemia

Escribe: Juan Carlos Scelza

 

Trabajó en soledad, a un promedio de cuatro horas diarias. Siendo consciente de la innegable capacidad que lo destaca, su elogiable profesionalismo lo lleva a no dejar escapar ni un mínimo detalle que signifique dar ventaja en el regreso al fútbol, aun en medio de la pandemia.

 

La cirugía cardíaca, realizada para normalizar un órgano que latía demasiado rápido en reposo, estuvo a punto de truncarle toda posibilidad de actividad física. Pero con quince años de edad se recuperó, y volvió a los entrenamientos en el Sporting de Lisboa para convertirse en el jugador más representativo de la historia de Portugal, por encima del mítico Eusebio, quien en los años 60 llevara a Benfica a su ciclo más exitoso y también a las mejores actuaciones que se recuerden de la selección lusitana. 

 

Para la idiosincrasia uruguaya, mezcla de timidez, grisura y falsa modestia, no despierta simpatía. “En Manchester apenas me saludaba con algunos, pero ganamos todo lo que había para ganar. Para ser campeón, no es necesario tener grandes amigos”, llegó a decir. Sus declaraciones, en medio del idilio sudamericano de Messi, Neymar y Suárez, que además se coronaba con formidables actuaciones en el mejor momento del apabullante Barcelona de Guardiola, provocaron mayor resistencia.

 

Cristiano Ronaldo habla poco, sale de lo convencional y dice lo que piensa sin diplomacia. Y eso, ya no solo en estas latitudes, ha generado un reconocimiento menor para la gran jerarquía que ha exhibido en cada lugar por el que ha pasado.

 

No esperaba en aquella semisoleada mañana de Madrid escuchar tales elogios para el portugués. Como siempre, los programas de “Fanáticos” se transforman en una conversación que sigue el curso natural, sin temas predeterminados. “Es un fenómeno. Cristiano es el mejor. Sus desplazamientos, su físico. Tiene cosas que ningún otro posee. Mirar sus movimientos en la cancha me atrapa”. Tan pelilargo como siempre, aunque ya sin tinta que oculte los años, y dándoles paso a las canas que hace tiempo ganan terreno, así hablaba Hugo Gatti, radicado en la capital española. Confesó el ex arquero argentino no solo que su cuenta pendiente fue no poder jugar nunca en Real Madrid, sino su gran admiración para quien, aseguró, es “el mejor del mundo”.

 

Si bien el “corazón merengue” puede hacer que el concepto parezca más subjetivo, en un par de viajes anteriores José Emilio Santamaría, un fenómeno en la mejor época del Madrid, tras haber brillado en su querido Club Nacional de Football, coincidía plenamente con el ex arquero argentino, y agregaba: “Además de ser el mejor de todos, es un gran muchacho y un muy buen profesional. Lo conozco desde el mismo momento en que llegó”.

 

Se hace y se nace. Sacarle la pelota parecía imposible y su destreza crecía con los picados callejeros rosarinos, pero su tamaño no iba en consonancia. Con diez años, su estatura era de solo 1,25 metros. El tratamiento hormonal del doctor Diego Schwarzstein permitió mejorar a aquel niño que jugaba en inferiores de Newell’s, que estuvo a un paso de River y que recaló en su gran amor: Barcelona.

 

Estilo futbolístico del equipo y cualidades individuales se ensamblaron para siempre. Su talento incontenible despertó admiración. Llegaron los goles, las genialidades y los títulos. Lionel Messi, algo así como el más argentino de los catalanes y el más catalán de los argentinos.

 

En las afueras de la ciudad, en una zona netamente residencial, nos esperaba en su domicilio, mezcla de mansión con imponente vista y oficina de contrataciones de futbolistas de élite. Nos referimos a Josep María Minguella, quien con su hijo maneja a más de trescientos jugadores. Entre el primer pocillo de café y lo amena que fue la charla, no solo contó la anécdota de la llegada del astro al que acercó al club con doce años, sino que mostró el documento: “Aquí está la firma del primer contrato que permitió que Messi quedara en Barcelona”.

 

Encuadrada, en marco dorado moderno, luce la descolorida servilleta, escrita con bolígrafo en un bar catalán en el año 2000.

 

Fue Carles Rexach, legendario ídolo y goleador del club, ayudante de Cruyff y en ese año técnico interino del primer equipo, quien redactó aquella servilleta, hoy todo un símbolo blaugrana. “Tenía unas condiciones excepcionales y había despertado interés en muchos equipos. Nadie suponía que ese papel suponía la llegada del mejor jugador del mundo, porque Messi lo es.” Debajo del alerón de la tribuna principal del Camp Nou unos años después de aquella nota con el empresario, el mismo Rexach mostraba su satisfacción por haber acercado a Messi al club en el que él mismo había realizado toda su campaña como jugador, desde 1965 a 1981. 

 

Tal cual planteado el asunto, las opiniones parecen dividirse en colores y ciudades, pero el avance de la tecnología, la visualización permanente, el talento, las conquistas de ambos y el crecimiento de Real Madrid y Barcelona, que han hecho del clásico español el partido clubista más importante a nivel mundial, desata desde hace tiempo la polémica por el cetro de mejor jugador del planeta.

 

Como tantos otros anteriores, deberán pasar el filtro de los más veteranos, que reconociendo las virtudes del portugués y el argentino, los distanciarán de la magnitud de Pelé o de Maradona. Y el principal argumento para ellos estará en los Mundiales obtenidos, rubro en el que el brasileño, con tres ganados, saca amplia ventaja.

 

Le sucedió a Johan Cruyff, al que todos reconocieron como el sucesor de Pelé con su “Naranja Mecánica”, aunque no pudo perdurar. Caso similar al de Michel Platini, el formidable abanderado de la selección francesa que no logró ninguna Copa del Mundo. Y, en épocas más recientes, al hoy laureado técnico del Real Madrid, Zinedine Zidane, quien se quedó con una, sin olvidarme de la jerarquía y la trayectoria de un ganador nato, como el alemán Franz Beckenbauer.

 

Cada Mundial entrega el Balón de Oro al mejor jugador del torneo , y vaya si nos llenó de orgullo la distinción a Diego Forlán tras su brillante desempeño en Sudáfrica 2010, donde además fue el máximo artillero.

 

El primero en ganar ese trofeo fue Paolo Rossi, descollante figura que con sus goles llevó a la Italia de Enzo Bearzot a su cuarto título mundial. En 1986, México asistió al más memorable talento individual de un brillante Diego Maradona, quien se alzó con la segunda copa argentina. De menos renombre y con solo un pasaje fugaz que lo transformó en goleador del torneo, Salvatore Schillaci fue la figura de Italia 90.

 

En 1994, una mezcla de goles y virtuosismo colocaron en lo más alto a Romario, quien con su talento fue de los pocos en escapar a la chatura de la competencia estadounidense. Ronaldo, “el gordo”, fue el mejor de Francia 98, aun cuando el síndrome de estrés lo hizo arrastrarse en la cancha parisina, en una final que perdió y que no debería haber jugado.

 

Para 2002, el premio salió del molde habitual: se lo llevó Oliver Kahn, el guardameta alemán. Para el año 2006, y aunque la última imagen mundialista que dejó fue el cabezazo a Materazzi y la roja bien sacada por Elizondo, Zidane fue el elegido. En 2014, Messi, y ésta es una ventaja sobre Cristiano Ronaldo, es escogido el mejor de un torneo en el que Argentina perdió la final ante los alemanes en Maracaná, acaso la distinción más controversial de las citadas. Y para 2018 la sorprendente Croacia no solo llegó al subcampeonato, sino que consagró a Modric como la gran figura de Rusia. 

 

Antes, cuando a los genios había que observarlos desde las gradas, el uruguayo Héctor Scarone era considerado como el mejor de la década del 20. Hasta hoy se recuerda en Italia a Juan Alberto Schiaffino, quien para muchos fue el más brillante desde mediados de los 40 a los 50, y hasta el mejor en la historia del Milan, tal como lo evocaba el legendario actor Vittorio Gassman, quien llegó a definirlo como “el fútbol hecho arte”.

 

Mucho más en el Madrid que en sus actuaciones con River o con la selección española o argentina, Alfredo Di Stéfano, años antes de la aparición del joven Pelé, era venerado como estrella excluyente.

 

Messi, con sus 32 años, y Ronaldo, que cumplió 35 en febrero, han dividido opiniones durante más de una década, y con sobrados fundamentos. El portugués, con 17 títulos locales y 14 internacionales. Y el argentino, con 24 y 12, respectivamente. Sus inagotables listas de récords y distinciones no hacen más que avalar sus condiciones.

 

Y el porfiado reloj, que no detiene su marcha, les propone el último desafío de sus carreras en el mundial catarí, donde, como ha ocurrido en los anteriores, la mayor responsabilidad recaerá en el 10 albiceleste, por la historia y tradición de su selección.

 

Algunos seguirán enamorados de las pisadas de Messi, y otros de cada salto ganador de Cristiano. Ganarán aplausos las corridas y la potencia del hoy delantero de la Juve, tanto como la endiablada sutileza del goleador catalán para sacarse tres rivales en una baldosa.

 

Las pupilas de millones de aficionados seguirán sus atrapantes movimientos y, como ha ocurrido históricamente, despertarán la encendida polémica en cada mesa de café. Pero la historia, que tarda pero es justa, será la encargada de juzgar su indescriptible grandeza.


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