No son todos los que están

En esta nueva entrega, el autor pasa del intimismo de un grupo de amigos que se comunica en tiempos aciagos a la cruda realidad, según la cual en el fútbol uruguayo no pueden desembarcar más cracks.




De Arrascaeta, el "10" más elogiado del mercado brasileño, cuyo talento, a diferencia de lo que sucedía durante la época de oro de los grandes, hoy sería imposible de importar.


24 mayo, 2020
El fútbol en tiempos de pandemia

Escribe: Juan Carlos Scelza

 

-Perdonen, acá estoy. ¿Me ven?

-Hola.

-Sí, dale, tarde como siempre.

-Es que no podía entrar, no leía el ID.

 

El Zoom se ha transformado en un habitante más de los hogares, y se ha adueñado del itinerario cotidiano. Cuidado, encierro y distancia han hecho de la plataforma una manera de trabajar, aprender o simplemente acercarse a aquellos que, cuarentena mediante, no podemos visitar.

 

Siendo el último en conectarse (unos quince minutos después de la rigurosa puntualidad que requieren estas citas virtuales), no reparó en preguntar en qué andaban, para ponerse a tono con la comunicación.

 

-Carlos nos contaba del hermano que vive en España, y de lo difícil de la situación en Barcelona.

-Sí. Ni me digas. El otro día hablé con Felipe y me pintó un panorama horrible. ¿Se acuerdan? Entró en la clase cuando estábamos en cuarto, que la mayoría estaban “muertas” con él porque era alto y tenía buena pinta, y nosotros nos “calentábamos”.

-¿Justo a éste que está en el ángulo de ahí abajo se lo vas a recordar, que estaba a punto con Cecilia, y empezó a salir con ese flaco?

-Buenooooo, interrumpió el aludido.

 

Risas en cada ventanita.

 

No había vacío ni pulpón, ni cenizas ni brasas. Sin el asador de la barra sirviendo el chorizo picado, ni la jarra de cerveza animando el brindis a la llegada de los menos puntuales, en plena pandemia queda la compañía del café o del termo y el mate de cada uno, cerca de la computadora de turno.

 

-¡Qué raro se hace el fútbol sin gente!

-Hay que acostumbrarse. Por lo menos es algo en vivo.

-Hablando de partidos viejos, el otro día mirando algunos de los que pasa Tenfield me puse a pensar. ¿Se imaginan qué cuadrazos tendríamos si contáramos con los jugadores que están en el exterior?

 

Seis amigos al habla. En algún momento, el fútbol iba a centrar la atención. Algunos acompañaban la idea de una Liga más fuerte, y de equipos con pretensiones internacionales.

 

La necesidad económica hace imprescindibles las transferencias para poder subsistir en un fútbol al que de profesional le va quedando el nombre y poco más. Se van Brian Rodríguez, Darwin Núñez, Matías Viña, Valverde o Maximiliano Gómez, por solo poner algunos de los últimos y cada vez más jóvenes emigrantes, a los que pronto se les sumarán Matías Arezo o Facundo Pellistri. Con solo dos polos de atracción, sin recaudaciones importantes, transferir parece la única y cada vez más difícil alternativa.

 

Claro que las condiciones cambiaron y, con mayor exigencia y más participantes, el poderío ha decrecido. La mágica e irrepetible década del 60 ha pasado a ser una tan disfrutable como muy lejana parte de la historia que ha sustentado el respeto, ese valor que aún hoy mantienen los rivales por el fútbol uruguayo.

 

Antes no se iban: venían. Imaginen a Messi y a Agüero jugando uno en Peñarol y otro en Nacional. Eso representaban para la época Luis Artime y Ermindo Onega, el goleador y el armador de la selección argentina que disputó el mundial de 1966. Uno jugó en los aurinegros desde 1968 a 1971 y fue campeón de la Supercopa del 69. El otro, el “artillero”, fue goleador cuatro años consecutivos en el Nacional tetracampeón Uruguayo, y además ganó la Libertadores y la Intercontinental, en 1971, y la Interamericana, en 1972.

 

El desembarco del chileno Ignacio Prieto a Nacional en 1968 era algo así como que llegara en la actualidad Arturo Vidal o Alexis Sánchez. Un año antes, Peñarol le había ganado una pulseada a Independiente para contratar a Elías Ricardo Figueroa, el mejor zaguero trasandino de todos los tiempos, que con 17 años había sido titular en el Mundial de 1966. Los veteranos aseguran que Nacional hubiese ganado la Libertadores de 1964, si en un amistoso contra Vasco da Gama no hubieran fracturado a José Sanfilippo, quien en ese momento era el mejor futbolista argentino.

 

Un peso uruguayo fuerte y un fútbol rico en triunfos acercaban a verdaderos fenómenos, como lo fueron Spencer, el ecuatoriano que comanda hasta hoy la tabla goleadora de la Libertadores, o Joya, delantero indiscutido de la selección peruana para aquellos años o, dicho de otro modo, el Paolo Guerrero actual.

 

En 1966, Nacional trajo a Rogelio Domínguez, arquero argentino multicampeón de la Champions con el Real Madrid, así como al “Marqués” Rubén Héctor Sosa, una suerte de Lautaro Martínez de la época.

 

Sí: esa era la realidad de un fútbol uruguayo de cuento de hadas, en el que Peñarol contó por años con el paraguayo Juan Vicente Lezcano, lo que en los hechos equivalió a fortalecer la defensa con el mejor Gamarra de los 90. En busca de una esquiva Libertadores, Nacional también supo fichar a dos seleccionados brasileños: Celio Taveira, goleador, y Manga, un crack del arco. Solo para situarnos, es como que llegaran hoy Alisson desde el Liverpool, y Philippe Coutinho desde el Bayern Munich.

 

Con tal nivel interno, resulta más sencillo entender el motivo por el cual, desde 1960 a 1971, en solo dos ocasiones no hubo uruguayos en las finales de Copa; la de 1963, entre Santos y Boca, y la del 68, entre Estudiantes y Palmeiras.

 

La charla de aquellos exalumnos del colegio hacía volar la imaginación. Danubiano como pocos, Federico, casi exaltado, planteaba: “Dame solo a Cavani con Stuani, sumale a Mayada y atrás a Josema, y peleamos la Sudamericana”. Abajo, en la parte central de la pantalla, Fernando (el más canoso del grupo), con su corazón violeta se sumaba: “¿Y nosotros con Cáceres, Gómez, Arambarri y De Arrascaeta?

 

Seguramente, los clubes uruguayos competirían de otra forma. Pero ¿los grandes referentes de los últimos años serían tales, jugando cada domingo en el medio local? ¿Godín sería uno de los mejores zagueros del mundo si hubiese seguido en Nacional? ¿Suárez hubiera roto todos los récords que batió sin haber pasado por Groningen, por el Ayax, por Liverpool o por Barcelona? ¿Y Forlán, el mejor del Mundial 2010, si no hubiese saltado de Independiente a Manchester y después al Villarreal y al Atlético de Madrid?

 

Óscar Tabárez ha proporcionado orden, estabilidad y planificación, y ha contado con un par de muy buenas generaciones, pero más allá de su innegable pupila, así como de los planteos tácticos y de las condiciones naturales que cada jugador tiene individualmente, ha cosechado la formidable adaptación de ellos al fútbol de primer nivel.

 

Los futbolistas se van jóvenes, llenos de virtudes, generando expectativas que solo serán colmadas en la alta competencia. Vuelven a las convocatorias celestes con físicos trabajados, con dinámica europea, y familiarizados para jugar de igual a igual y con frecuencia con las más relevantes figuras. Eso también, y no muchos lo analizan, ha sido clave para el quinto puesto en Rusia, el cuarto en Sudáfrica, o para la obtención de la Copa América de 2011.

 

No creo que bastara solo con poder retenerlos. Serían jugadores que desequilibrarían, pero con el altísimo riesgo de aburguesarse. De ese modo, el propio medio los absorbería, achatando sus innegables condiciones. La exigencia sería otra desde lo físico a lo alimentario, y por supuesto en lo estrictamente profesional, cada vez más distante de los clubes europeos y -por qué no- de muchos americanos.

 

Entiendo la rara mezcla de ansiedad y frustración que sienten aquellos hinchas que nunca vieron o apenas tienen un vago recuerdo de haber disfrutado a equipos uruguayos campeones de América. Y en cierta medida acepto esa hipótesis incomprobable de suponer que, reteniendo a las estrellas que forman la materia prima de los grandes clubes del mundo, mejorarían las actuaciones internacionales de esos clubes.

 

Pero hasta ahí llego. Y no doy el paso de asegurar que jugando entre ellos, en nuestras canchas y a nuestro ritmo, esos mismos jugadores podrían constituirse en fenómenos mundiales, como por suerte lo son y han sido en las últimas décadas. Menos aún supongo que con solo retenerlos alcanzaría para ganar una Libertadores o una Sudamericana.

 

-Uh, ¡se hizo tarde!

-Sí, llegó la hora de cenar.

-Chau…corto, me voy.

 

Ellos tampoco se pusieron de acuerdo. El fútbol se hace discutible porque no es una ciencia exacta, aunque afirmar que no tiene lógica es una mentira considerable: ese factor está más cerca de los que pensamos. Y la riqueza de la actual selección va de la mano con la titularidad de nuestros jugadores en clubes de alta exigencia.

 

Ellos seguirán, Internet mediante, manteniendo sus dos rituales de cada jueves a la noche, esos que no romperá confinamiento alguno. Será sin truco, sin abrazos, sin cubiertos ni fuego prendido; juntarse aunque sea a través de una pantalla y discutir de fútbol. Un innegable patrimonio nacional.

 


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