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Nunca favorito


El capitán Fritz Walter con la Copa de Alemania campeón del mundo 1954 en Suiza y en el festejo alemán.


4 julio, 2020
Recuerdos

Escribe: Juan Carlos Scelza.

 

ALEMANIA 1954

 

Estadio Olímpico de Munich, Franz Bekembauer, estratega y capitán del local, tiene el privilegio de ser el primero en alzar la Copa FIFA, trofeo que suplía la Jules Rimet, que tal cual lo marcaba el reglamento quedó en posesión de Brasil, luego de ganar el mundial por tercera vez en México 70. La estatuilla realizada por el arquitecto milanés Silvio Gazzaniga, que simboliza dos siluetas humanas sosteniendo la Tierra, elaborada en oro 18 quilates, con una base de malaquita, de casi 37 centímetros de altura y 5 kilogramos de peso, se fue directamente a las vitrinas de la Federación germana, luego de haber desatado la alegría de su pueblo, tras ganar de atrás la gran final. Hubo un gol de Gerd Muller, el implacable goleador del campeonato y de Paul Breitner, el recio barbado zaguero con poca pinta de alemán.

 

 

Era su segundo título en la historia, pero la rareza del destino hizo que nuevamente no se le recuerde como el mejor equipo de aquel campeonato de 1974. Johan Cruyff, Ron Rensenbrink, Johnny Rep, Johan Neeskens, esas son las figuras que el mundo atesora, base del formidable y revolucionario equipo holandés del fútbol total, titulado “Naranja mecánica” y orientado por el reconocido Rinus Michels, al que el tiempo le dio luz propia lejos de condenarlo por el segundo lugar. Para los alemanes fue el galardón de vencer, la valía del nuevo título, la luminaria de la inmediatez, pero poco más. Aquel mundial hasta hoy se asocia al moderno planteo de los holandeses.

 

 

Un 4 de julio de 1954, en el Wankdorfstadion de Berna, Alemania lograba su primer título mundial, en el denominado “Milagro de Berna”, título que encierra el valor de aquella victoria y la escasa chance que los especialistas le otorgaban a la selección teutona. El gran favorito era Hungría, la misma que había marcado 25 goles en 4 partidos y que en la serie, le había ganado a Alemania por 8 a 3. Con tal antecedente a menos de diez días de la definición, números tan elocuentes, y un novedoso fútbol para la época, nadie dudaba que los “magiares” eran abrumadoramente favoritos para llevarse la corona. Por si esto fuera poco, solo dos años antes, la base de esa selección, había obtenido el oro en los juegos olímpicos de Helsinki, aquellos en los que Uruguay consiguió la medalla de bronce en baloncesto detrás de Estados Unidos y la Unión Soviética tras ganarle a Argentina 68 a 59 por el tercer puesto.

 

 

En Finlandia, los húngaros iniciaron su camino al oro olímpico despachando a los rumanos, para luego vencer a Italia, golear a Turquía y a los suecos en semifinales, para vencer a Yugoslavia en la definición. Invicto y mostrando un fútbol atractivo con grandes talentos, no se cruzó en su camino ante los alemanes que terminaron cuartos.

 

 

“El león sacudió la melena” como lo inmortalizó Carlos Solé en el relato del gol de Juan Eduardo Hohhberg desde Lausana, cuando tras ir perdiendo 2 a 0, Uruguay remontó la semifinal, titulada en aquel entonces como “El partido del siglo”. La igualdad dio esperanzas, que según cuentan el barro impidió al frenar un tiro de Juan Alberto Schiaffino, y la invicta en mundiales y defensora del título obtenido en 1950, sucumbió ante la capacidad húngara que se metía, y con firmes pretensiones en la final.

 

 

Gusztav Sebes fue el técnico que ganó los elogios a lo largo del torneo, y son sus discípulos los héroes de aquel mundial que no ganaron: el zaguero Boszic, los delanteros Czibor, Puskas, Hidegkuti, Kocsis. La W – M, un sistema táctico de posiciones estáticas establecida por los ingleses desde los años 20, en el que llevado a números, generaba una línea de 3 zagueros, con dos volantes centrales, otros dos internos más adelante, y en ofensiva 3 atacantes netos, daba paso al ambicioso sistema de un 4-2-4 impuesto por el técnico húngaro a comienzo de los años 50 y vaya si le fue bien. Su selección, llegó a la final del mundial con una estadística arrolladora de 33 partidos sin perder desde el 14 de mayo de 1950.

 

 

Max Morlok que marcó el primero de los goles alemanes, o Helmut Rahn que marcó el empate y el gol del triunfo, difícilmente suenen en la memoria aún de los más futboleros. Tuvieron su reconocimiento interno en su propio país, al igual que el técnico Sepp Herberger, pero no concitaron la gran atención del planeta, que sin embargo veneró y aún hoy recuerda a las figuras del vice campeón de aquella copa. Ferenk Puskas, es un referente de la época dorada del Real Madrid, Sándor Kocsis recaló en el Barcelona, el otro grande español transformándose en su principal goleador, con él compartió equipo y elogios Zoltán Czibor considerado uno de los mejores delanteros de la historia del club catalán.

 

 

El partido comenzó justo a la hora 17, Suiza no admite impuntualidad. Más de 60 000 personas asistieron al juego del gato y el ratón, que parecía tomar su cauce solo 6 minutos después del pitazo inicial del inglés William Ling, cuando Ferenk Puskas que había estado en duda por una lesión en el tobillo sufrida ante Uruguay, colocaba el uno a cero. Más aun cuando dos minutos después Czibor anota el segundo. El panorama para los alemanes era desolador, y por la cabeza de todos los asistentes sobrevolaban los 8 goles que Hungría le había anotado en el partido de la serie.

 

 

Hay goles que marcan el desenlace de un partido, y en la mayoría de las ocasiones, tiene que ver con el momento en el que se logren. El inmediato descuento de Morlok, no permitió que el equipo germano se desmoronara, y mucho menos que los húngaros se sintieran cómodos para manejar el juego. Tal fue el impacto que solo unos minutos después Rahn iguala y ya el panorama no es el mismo. Si uno repasa las grabaciones filmográficas de la final, encontrará varias situaciones generadas por el ataque húngaro que no puede concretar pero muy distante de la superioridad mostrada en los primeros diez minutos de la final o de aquella fatídica goleada recibida por los germanos. Fue sorpresa el nuevo gol de Rahn a 6 minutos de una final que parecía condenada al alargue más allá de la siempre vocación ofensiva magiar. Hubo tiempo para un gol de Puskas a solo dos minutos del final, invalidado por la bandera en alto del asistente galés Benjamín Griffiths que indicó posición fuera de juego.

 

 

Terminó el partido en medio de una mezcla de asombro e incredulidad. Tras cuatro años sin perder, y después de ir ganado dos a cero, lo favoritos de todos, y los mejores del torneo dejaban escapar una chance que nunca más se repetiría. Alemania conseguía la primera de sus cuatro copas mundiales, mostrando el carácter típico, su postura férrea y una gran frialdad para manejarse ante la adversidad. Nadie dudará nunca en colocarla entre las candidatas en cualquier competencia internacional, más allá del insospechado fracaso de Rusia 2018 cuando no paso la serie e iba por retener el título. Alemania, siempre está, siempre aparece. Difícilmente su juego subyugue o deleite, casi incapaz de deslumbrar, no es de las selecciones que el televidente prefiera, pero a la hora de apostar unos boletos, seguramente convoque adeptos que reconocen el poderío de una historia que futbolísticamente comenzó a gestarse aquel 4 de julio en Berna.

 

 

Al igual que en la gesta de 1974, aquel equipo campeón de 1954, no acaparó grandes elogios, pero para la rica historia alemana, poco le importará que los rivales a los que hizo sucumbir con su temperamento hayan sido para la cátedra los grandes favoritos de aquellas finales, Para holandeses y húngaros, reconocimiento y memoria, para Alemania, el triunfo y la Copa.


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