Siempre hay algo más

En una nueva entrega, el autor pasa de la emoción de Rusia al grito de Abreu, sin olvidar la Libertadores del 87 ni los vaivenes de 1990, para demostrar que al talento lo debe acompañar el azar.




Abreu, frente a la máxima responsabilidad: un penal que llenó de algarabía al Uruguay, pero que también le dio nuevos bríos al proyecto de Tabárez.


31 mayo, 2020
El fútbol en tiempos de pandemia

Escribe: Juan Carlos Scelza

 

El frío es penetrante, tal cual sucedió desde nuestra llegada a Ekaterimburgo. Giménez se esfuerza y, al costado del área egipcia, fabrica la última falta que acerca a Uruguay al arco rival. Y Sánchez, que, como había sucedido en las eliminatorias, se transformó en el dueño de la pelota quieta durante el segundo tiempo, busca con su pegada precisa al zaguero que marcó el agónico gol.

 

En mi comentario en Radio Oriental, recorrí los comienzos mundialistas de Tabárez, que por fin con ese gol conseguía ganar en el debut. Con España en el 90, mereció pero no pudo, ni siquiera con aquel penal malogrado por Ruben Sosa; en el 2010 fue empate de poco sabor ante Francia; y casi una catástrofe cuando Costa Rica, luego sensación del torneo 2014 con sede brasileña, sacudió a los celestes en forma inesperada.

 

De milagros y melancolías. La invernal bruma matutina y la brillosa escarcha en la gramilla se hacían sentir en la suela de los zapatos. Un tímido sol acompañó la larga nota en el complejo de Hurlingham, donde entrenan las inferiores de River en las afueras bonaerenses. ”Han sido muy injustos. Dicen que estaba arreglado. Cuando salí a la espalda de Olguín y Rensenbrink la tocó, si no hubiera aparecido el palo salvador, Holanda hubiera sido campeón”. Mezcla de bronca y resentimiento, Ubaldo Fillol, uno de los héroes del Mundial de 1978, definía aquella jugada como milagrosa en la cuestionada conquista argentina.

 

Transcurrían 45 minutos y 15 segundos. Se terminaba el campeonato. Si hubiese sido gol, Holanda habría ganado 2 a 1 y se hubiera quedado con la Copa. Pero en el último suspiro se salvó Argentina. Después llegó el alargue, con los goles de Kempes y de Bertoni. Y La consagración albiceleste. Menotti, su estilo futbolístico y su pompa verbal, Grondona y su conducción de la AFA. ¡Cuántas cosas en juego en aquel último minuto!

 

Se me cruzó de nuevo el gol de Giménez en Rusia, e inmediatamente se encadenaron sucesos de la carrera deportiva de Tabárez, que indisolublemente lo asocian a conmovedoras situaciones límite de las que no solo salió ileso, sino fortalecido. Y no me refiero únicamente a aquel clásico de abril de 1987 que Peñarol, conducido por el contador Damiani, le ganó a Nacional 8 contra 11, y que lo perpetuó como técnico mirasol en una noche en la que un empate lo hubiera eyectado, sino a múltiples ocasiones ligadas al último minuto de juego. 

 

Entre la historia y la memoria. 10 de octubre de 2009. Estadio Atahualpa de Quito, penúltimo partido de la eliminatoria. Argentina ganaba en Buenos Aires. Valencia puso a los ecuatorianos en ventaja, a falta de 22 minutos. Uruguay estaba fuera del Mundial. Un presuroso gol de Suárez reanimó las esperanzas y, en cancha de River, Rengifo a los 89 minutos igualaba para Perú.

 

Ya en juego adicional de los dos partidos, se desploma la noticia: con gol de Palermo, Argentina gana 2 a 1. Otra vez Uruguay estaba eliminado. Último ataque y penal a Cavani. Después, lo sabido. Forlán la clava en el ángulo, como si estuviera en una práctica. Emoción, festejo. Y todo en el último instante. Sin ese gol, no había cuarto puesto en Sudáfrica. Y seguramente allí mismo concluía el ciclo del entrenador.

 

Nada nuevo en su trayectoria. Aguilera había ingresado por Ostolaza, y Fonseca por Sosa. Údine era testigo de una sorpresa mayúscula, que no coincidía con la historia. Los coreanos se aferraban al cero y Uruguay, condicionado por el empate ante España y por la derrota frente a Bélgica, olvidaba su juego y se desesperaba. El índice arriba de un Gregorio Pérez sin canas, en primer plano, indicaba que quedaba solo un minuto. Era el tiro libre y más nada. Domínguez y el centro, Fonseca y el cabezazo. Cuando las valijas estaban prontas y los pasaportes sellados. El Uruguay de Tabárez pasa la serie y sigue en carrera.

 

Es cierto que luego Italia lo deja afuera en octavos de final y que cae el cuerpo técnico, con cuestionamientos que le costaron una increíble proscripción conceptual directriz de dieciséis años. Pero por un instante, cuando todo se desvanecía, aquel agónico gol le dio un respiro en el Mundial de 1990.

 

Veinte años después se repite la historia. El estadio Soccer City de Johannesburgo se transforma en el escenario del encuentro más importante de Uruguay de las últimas décadas. Victoria por penales. Una montaña celeste hace desaparecer la humanidad de Sebastián Abreu después de su “picada”, en un festejo interminable. Antes, las dos tapadas de Muslera. Pero nada de eso hubiese ocurrido sin la mano de Suárez, que cambió gol en contra y eliminación por su propia expulsión. Tampoco hubiera habido alargue, ni mucho menos festejo, si en la última jugada del partido el ghanés Asamoah no hubiese malogrado el penal que tuvo a favor.

 

Uruguay llegaba por quinta vez en su historia a semifinales de un Mundial. Había ocurrido en los dos ganados en 1930 y 1950, y luego en 1954 y 1970. Después de 40 años, como dijo Goñi en su relato en Oriental, Uruguay volvía a ser potencia. La última vez había sido en México, con el cabezazo de Espárrago ante los soviéticos y la conducción de Juan Hohberg, y en esta oportunidad de la mano de Tabárez.

 

Nuevamente al borde de la derrota, cuando muchos de los que hoy se golpean el pecho en defensa del proceso ya tenían candidatos en la manga, cuando la barrera parecía caer y cortar el camino de la continuidad, el ghanés falló. Y Uruguay aprovechó el “bonus extra” para meterse en la historia, en una de las jornadas más recordadas por las últimas generaciones.

 

Rara coincidencia, aunque cierta, que lo ha acompañado desde siempre, y no solo en su excelente trayectoria como técnico. Formó parte de un episodio que cambió la tradición de los equipos uruguayos en la Libertadores. En una noche de Liguilla de 1975, cuando Wanderers venció a Nacional y lo eliminó, Washington Tabárez era el zaguero del equipo bohemio, que se transformó en el primer club menor en clasificar a la copa continental. Claro está: el desenlace no podía ser otro. La victoria 2 a 1 la consiguió en el último minuto, tras la ejecución de Olivera de penal. Otra vez -aquella era la primera- alcanzaba el objetivo cuando ya no faltaba nada, cuando parecía que todo estaba jugado y que ya no había tiempo.

 

Un corte y una quebrada. “¿Qué haces acá? Se van a las cuatro de la tarde.” Ese fue el saludo de Avedis Badanian, jefe de prensa de Telenoche, al cruzarnos camino al estudio para mi participación en “Teledía”.

 

Así me enteré de que viajábamos a Santiago para relatar la final de la Libertadores para Canal 4. Todo se había definido en el Hotel Victoria Plaza a la madrugada, luego del triunfo de Peñarol con el gol de Jorge Villar ante el América. Antes se adquirían los derechos televisivos por cada partido, no como sucede en la actualidad.

 

Allá fuimos. Nos esperó el Estadio Nacional, ese en el que Peñarol había escrito páginas memorables de su rica historia, como las de 1966 y 1982. Jorge Sonino estaba al mando de la gran producción, y Atilio Garrido comentó aquella épica final. El partido fue tan áspero como los dos anteriores. Y como la mañana de ese sábado en que, entre otras cosas, el paraguayo Battaglia bajó las escaleras del Hotel Carrera, donde estaban ambas delegaciones, vistiendo la camiseta de Nacional en un claro gesto provocador que tensionó el ambiente.

 

Sin goles, los rivales fueron a un alargue en el que el empate era aliado del América. A Peñarol solo le servía ganar. Cuando el tiro de Villar pasó al lado del palo izquierdo de Falcioni, dio la sensación de que, más allá de su coraje, el Peñarol de Tabárez sucumbía. Pero todavía quedaban unos segundos. Los hinchas colombianos se pararon y desplegaron carteles que decían “América campeón”. Tuvimos que subirnos al pupitre y desde allí relatar los instantes finales.

 

“Estaba muy picado. Yo fui a buscar la pelota, pero también con la idea de que podía haber lío. Y se da que la pelota me queda ahí. Con el tiempo se valora más lo que conseguimos. Fue lo más importante que me tocó vivir. En un segundo había cambiado todo”. Diego Aguirre recordaba el tanto que cambió la historia a último momento, en un programa de “Fanáticos” que realizamos hace algunos años. Un joven Tabárez, de buenos antecedentes en Wanderers y con la selección panamericana, conseguía una Copa que le ensanchaba el mundo. Sin ese gol, difícilmente hubiese pasado al Deportivo Cali, y mucho menos a la selección, que dirigió a partir de 1988, lo que a su vez le abrió la puerta a Boca y al fútbol europeo.

 

En cualquier ámbito o actividad, la sustancia más importante es el talento, el conocimiento y la preparación, a lo que después se le sumará la dedicación y el esfuerzo. Y vaya si Tabárez ha demostrado tener esos atributos a lo largo de una trayectoria que lo ha llevado a ser récord de permanencia de una selección en el mundo.

 

Pero también hay que pasar en el momento justo en el que la puerta de la oportunidad se abre, y en ello -sobran los ejemplos- esa dosis de fortuna en momentos cumbres ha acompañado desde siempre al actual entrenador celeste.


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