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Un canto a la rebeldía

En esta edición, el autor evoca la Copa América de 1987, en la que Uruguay venció como visitante a la Argentina de Maradona, Bilardo, Giusti y Caniggia, que un año antes había ganado todo.


Alzamendi, escoltado por dos guerreros pero siempre providencial en partidos clave, sea con la selección, con Independiente, con Peñarol o con River argentino.


12 julio, 2020
Recuerdos

Escribe: Juan Carlos Scelza

 

“En la Copa América de 1987 fuimos considerados el mejor equipo, y en realidad fue el punto de partida para llegar a los Mundiales posteriores. Tuvimos en Maturana a un líder que llevó muy bien a una gran generación”. El diálogo con el “10” colombiano de todos los tiempos fue mucho más extenso en aquel capítulo de “Fanáticos” en el que, además, Carlos Valderrama analizó logros y fracasos de una selección que marcó una época regresando a los Mundiales en Italia 90, lo que no conseguía desde 1962 en Chile, y que cuatro años después del anhelo italiano desilusionaría en Estados Unidos, sin pasar la primera fase.

 

A los 36 minutos del debut, Valderrama abrió el marcador para la victoria 2 a 0 ante Bolivia en el Estadio Gigante de Arroyito, de Rosario. Toque corto, lucidez, tranco lento, gran visión de campo y goles decisivos marcaron desde siempre la trayectoria del gran talento de un equipo que identificaba en su ritmo cadencioso nada menos que la idiosincrasia misma de su país.

 

Colombia venció a Paraguay y también a Argentina por la tercera plaza. Solo cayó ante Chile en la semifinal por 2 a 1. Arnoldo Iguarán fue el goleador del torneo y, como equipo, por su fútbol obtuvo el reconocimiento del periodismo internacional, que además eligió a Valderrama como el mejor futbolista.

 

Pudo ser de José Perdomo, quien la empalmó como era su costumbre, después del centro de Ruben Sosa que rechazó la defensa chilena, cuando la pelota quedó boyando en la media luna. Pero el esfuerzo del arquero y capitán Roberto Rojas, en ese entonces jugador de San Pablo, aunque tapó el fuerte remate no alcanzó para evitar el gol de Pablo Bengoechea, que en el rebote  marcó el único gol de una final áspera, en la que el zaguero de Cobreloa Eduardo Gómez y Enzo Francescoli vieron la roja antes de la media hora.

 

“El gol de la Copa del 95 ante Brasil fue muy especial, porque éramos locales y teníamos el peso de ganar sí o sí, porque Uruguay nunca había perdido un partido oficial en su historia en el Centenario y en ese momento estábamos 1 a 0 abajo ante el Brasil Campeón del Mundo de 1994, pero el gol ante Chile del 87 marcó toda mi carrera deportiva. Yo estaba en Wanderers y ese gol me abrió las puertas para ir a Sevilla”. Pablo Bengoechea es el extranjero con más partidos en el club español, y aquella tarde del 12 de julio en el Monumental fue el artífice de la vitoria que significó un nuevo título continental para los celestes.

 

Era inimaginable tal desenlace cuando, ya con el torneo en desarrollo (Uruguay ingresó directamente en semifinales por ser el campeón vigente tras haber logrado el título en 1983) partimos junto a la delegación en vuelo de línea, puente aéreo de Aerolíneas Argentinas, sabiendo que solo tres días después esperaba el local y campeón del mundo vigente, con Diego Maradona a la cabeza y Carlos Bilardo en la conducción técnica. Hugo Modino, entrañable compañero de “Telenoche 4”, se arrimaba con su cámara lo más cerca posible que lo permitían las caras adustas de aquella conversación de muchos, entre los que alzaban la voz y gesticulaban, y los que proponían con su actitud una mesura mayor en busca de una solución. La antesala al embarque se había transformado en una  discusión entre dirigentes de la AUF e integrantes del plantel por los premios económicos, a solo quince minutos del último llamado para subir al avión.

 

La habitual pobreza de la tesorería agravaba una situación que se dilató hasta el mismo momento de la partida. En rigor, solo habían pasado algunos pocos entrenamientos bajo las órdenes de Roberto Fleitas, de buenas actuaciones al frente de Central Español y Progreso, quien llegaba luego del desconsuelo generado por el resultado de la participación mundialista de 1986, que terminó con duras críticas a Omar Borrás y con su inmediata destitución. En México 86, Uruguay contó con una de las mejores generaciones de todos los tiempos, que a su vez llegaba en una edad ideal, con mucho tiempo de trabajo y con jugadores acostumbrados a triunfos internacionales con los grandes y otros destacándose en el exterior. Sin embargo, no pudo ganar partido alguno. Empató en el debut ante Alemania, igualó con Escocia y perdió por paliza ante Dinamarca (peor derrota mundialista de la historia) y ante Argentina -cómo olvidar los escasos y brillantes minutos de Rubén Paz- en octavos de final.

 

Fue una Copa América especial, la primera con ese nombre y la que dio con la aparición de la empresa Traffic puntapié inicial a la venta de derechos televisivos y radiales para todo el torneo, adquiridos para nuestro país por Canal 4, para el cual relatamos, y con la particularidad de que solo pudo escucharse por Radio Oriental. Cualquier similitud con hechos reales actuales es pura coincidencia, pero quiso esa Copa que por algunas críticas a la actuación mundialista y por temas económicos y organizativos del partido despedida a beneficio de la Mutual de futbolistas, se generara un conflicto que hizo que el plantel no hablara ni con Canal 4 ni con Radio Oriental, lo que ni siquiera destrabó una reunión de algo más de media hora en el salón de juegos de la concentración de la selección en la localidad de Moreno entre los jugadores, periodistas y Jorge Sonino, gerente del canal. El equipo jugó muy bien y salió campeón, la cobertura que realizamos fue excelente, la medición de audiencia, la deseada y esperada, los futbolistas se destacaron y tuvieron el reconocimiento de la gente y la proyección internacional acorde a su jerarquía, y los periodistas seguimos desplegando nuestra carrera de acuerdo a las virtudes de cada uno y llevando los lineamientos que trazan cada trayectoria. Como ha ocurrido tradicionalmente en estos casos, el diálogo es necesario, lógico y adecuado, pero no imprescindible para que cada uno cumpla con sus funciones.

 

La jugada fue la perfección hecha gol. Cada pase, cada pausa. Desde el toque hacia atrás de Sosa, la pared con Francescoli, la aparición de Alzamendi, la habilitación de Enzo y la definición del duraznense. La emoción de un minúsculo grupo de uruguayos desafiando el silencio mayúsculo de un estadio tan incrédulo como enmudecido. Cuando Argentina sacó su fibra y puso en aprietos a un Uruguay que respondía, el partido se hizo vibrante, porque de contragolpe pude ser dos a cero. Pero de no haber sido por inigualables atajadas de Eduardo Pereira, una ante un tiro libre de Maradona y otra sobre el final mismo ante el ya desaparecido Juan Gilberto Funes, el encuentro también pudo terminar en un empate que llevara al alargue. El 9 de julio se transformó en amargo festejo de fecha patria para el local, que en la tardecita de aquel día soleado se vio eliminado. Si bien cada partido es único y cada torneo también, de alguna forma significaba una revancha de aquella eliminación en medio del temporal de lluvia y viento de Puebla que terminó con el gol de Pasculli y el regreso celeste.

 

Autos, camionetas y camiones de chapa uruguaya invadieron Buenos Aires. No quedó un solo pasaje de transporte alguno sin vender, y cientos de excursiones improvisadas se sumaron al éxodo compatriota que finalizó en vuelta olímpica en Núñez. Chile llegaba de ganar en alargue ante la sensación colombiana. Antes había derrotado en forma esperable a Venezuela 3 a 1, y consiguió la clasificación en la mayor goleada de toda su historia ante Brasil, por 4 a 0 con dos goles de Letelier y dos de Ivo Basay. “Ustedes tenían un muy buen equipo, y nosotros, que hicimos un muy buen campeonato, nos equivocamos llevando el partido a un forcejeo que hizo sentir mucho más cómodo a Uruguay”. Basay reconoció aquella tarde en las afueras de Santiago las virtudes celestes. Y también el inadecuado planteo del técnico Orlando Aravena, de cambiar apartándose del estilo tradicional que, como seña de identidad, había llevado a Chile hasta la final.

 

El profesor Cono Caminatti se dejó caer, y de rodillas, mirando el cielo, agradeció con sus manos en alto el privilegio de haber integrado aquel cuerpo técnico de un grupo que, con gran coraje, solidez y jugadores de talento puro en ofensiva, fue de punto y se transformó en campeón. Ruben Sosa revoleaba una bandera uruguaya, y el abrazo interminable de Gutiérrez y Francescoli, quien vivió el partido desde afuera tras su tempranera expulsión, resumía una mezcla de rebeldía y alivio tras las despiadadas críticas pos mundial. Un abrazo que además significaba repetir el título que ambos habían conseguido cuatro años antes en Bahía.

 

José Perdomo levantó la Copa, que más de 20000 uruguayos querían acariciar desde las tribunas de un Monumental color celeste. Fue bastante más que dos partidos. Fue la Copa que catapultó a los sucesores de las conquistas de los grandes del 80 y el 82, fue la base del Peñarol del 87 y del Nacional del 88, fue la continuidad del título alcanzado en el 83, y fue la fiel demostración de que, aunque llegue en las peores condiciones, al fútbol uruguayo hay que respetarlo, porque siempre rescatará alguna virtud que lo haga tan batallador como impredecible. Aquel 12 de julio de 1987 fue eso: un canto a la rebeldía.


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