100 años de la CONMEBOL (Nota 2)

20 de diciembre de 2016

La fotografía fue tomada en Roma en 1906, durante la reunión de la Convención Postal Universal. Con 26 años de edad, Héctor R. Gómez, enviado por nuestro país se transformó en el delegado más joven de todos los asistentes. Justamente en el registro, aparece posando posando junto al delegado de mayor edad.

La fotografía fue tomada en Roma en 1906, durante la reunión de la Convención Postal Universal. Con 26 años de edad, Héctor R. Gómez, enviado por nuestro país se transformó en el delegado más joven de todos los asistentes. Justamente en el registro, aparece posando posando junto al delegado de mayor edad.

Por Atilio Garrido / Investigador. Autor de “100 años de la CONMEBOL / Un continente de fútbol”, libro oficial de la Confederación Sudamericana con la historia de su centenario.

En la noche del 19 de setiembre de 1907 en la sede de la Liga Uruguaya de Football (LUF), ubicada en la calle Zabala No. 61, asistían los siguientes dirigentes a la reunión semanal del organismo: Clulow, Echeverry, Peyrou, Mibelli, Silva y Antuña, Aphesteguy, Allende, T. Lewis, Penco “y los nuevos delegados del Club Nacional de Football don Juan Carlos Cordero y Jorge A. Ballestero  […] Se entra á la elección de presidente y se elige al señor Héctor Gónmez, habiendo tenido dos votos el señor Clulow

 El señor Gómez es un correcto caballero, y de recomendables prendas personales pero lo que indudablemente estrañará (sic) á los aficionados es que hayase prescindido del Sr. Clulow, cuya abnegación durante el tiempo que viene desempeñando la vice presidencia ha sido ejemplar.

Sabemos que el señor Clulow declinó el cargo, pero con todo, debió elegírsele sin tener en cuenta sus manifestaciones impuestas por razones de delicadeza.

Al final de la temporada cuando ya solo faltaban 2 ó 3 matchs, es una falta de atención con el señor Clulow que ha tenido todo el peso de una temporada agitada como la que termina en ese cargo.

Para la próxima temporada hubiera sido el caso de proceder a la elección de otro presidente”.(1)

El máximo cargo del fútbol uruguayo se encontraba acéfalo a raíz de la renuncia de Félix Ortiz de Taranco, concretada a poco de iniciar su segundo mandato a comienzos de 1906. Interinamente, el vicepresidente Jorge H. Clulow desempeñó las funciones. Los dirigentes que impulsaron la designación de Gómez en un momento inesperado, argumentaron que “estando la Liga desconceptuada en un todo ante la opinión pública era necesario para levantarla y borrar esta creencia la presencia de una persona de reconocidas prendas morales, que ocupara la Presidencia”.(2)

Quién impulsó la candidatura y desplegó la ingeniería de las gestiones para que su nombre resultara triunfante por 4 votos contra 2, fue León Peyrou (04/09/1884 – 03/03/1964). Nacido en la aduana, diariero desde niño, contaba tan sólo con 23 años recién cumplidos, cuando fue a buscar a Héctor R. Gómez con la temeraria propuesta. Junto con su hermano, Peyrou fue fundador del River Plate FC en 1902 y a partir del año siguiente, cuando la institución se incorporó a la segunda división, él comenzó a actuar con delegado del club en la asociación.

Al comenzar a transitar la vejez León Peyrou mantenía intensa vida social. A mediados de la década del cuarenta realizó en el Rotary Club de Montevideo una exposición relacionada con el surgimiento oficial del fútbol uruguayo y su desarrollo en la primera década del siglo XX. Sus palabras se publicaron en toda una página del matutino La Mañana, al cual se encontraba íntimamente ligado. El contenido representa un testimonio muy ilustrativo de toda esta etapa, expresado por quien fuera protagonista de primera línea. En consecuencia, dejemos que aquel activo y componedor dirigente de River Plate FC, continúe con la historia.

“La Liga carecía de local cuando nuestro club se afilió. Se reunía en un café, el Gambrinus. De allí pasó a ocupar dos piezas en una casa de la calle Sarandí, de la que recuerdo un detalle. El alumbrado era a gas y dentro mismo de las piezas había un contador-alcancía en el que, de cuando en cuando, había que introducir una moneda de dos vintenes para tener luz.

Puntual a las reuniones de la divisional de tercera de la que era secretario, abría yo el local a las ocho de la noche –hoy a esa hora se empieza a tomar el aperitivo- y muy a menudo tenía que hurgar en mis bolsillos en procura de los consabidos dos vintenes, ya que la sesión de alguna otra comisión había terminado coincidiendo con el último aliento del implacable contador. Como ustedes pueden ver, entonces si estábamos en régimen de amateurismo más auténtico.

De allí pasó la Liga, a unas tres piecitas en la calle Cerro –hoy Bartolomé Mitre- No. 83, a propósito de las cuales casas podría repetirse aquello del tango, de que ‘tu cuna fue un conventillo alumbrado a kerosene’ porque, en efecto, había en la tortuosa y estrecha escalera un farol de petróleo, ‘Tiempos lindos para haber ancapeado el consumo’. Poco más tarde fuimos a dar a Zabala (N. de R. No. 61 sede desde el 2 de junio de 1907), al lado de la vieja Bolsa donde volvimos a tener gas, pero esta vez sin contador-alcancía. Era gas incandescente tan poco práctico por la quema frecuente de mantillas.

En la calle Cerro, habíamos tenido un conflicto de los más bravos (N. de R. A comienzos de la temporada de 1907, en los meses iniciales del año). Seis eran los clubes que componían la Liga y mientras tres de ellos querían a todo trance continuar con el cobro de entradas a los partidos, los otros tres se oponían radicalmente. El asunto parecía no tener más solución que un cisma cuando se cortó el nudo gordiano con el ingreso de Héctor Gómez como presidente, hombre de grandes recursos dialécticos y al que me cupo la satisfacción de traer a la dirección del fútbol, y les diré cómo.

Sucede que yo actuaba de juez casi domingo a domingo y entre las dos o tres filas de espectadores veía con mucha frecuencia sobresalir la alta silueta de aquel llorado amigo. Interpretando eso como un signo de verdadera afición y dado que ya era toda una personalidad distinguida, previa consulta con mis compañeros, le hice ofrecer la presidencia que aceptó con gran beneficio para la institución como para el fútbol mismo”.

Así llegó Héctor R. Gómez (13/07/1880 – 23/06/1931) con 27 años a convertirse en el presidente más joven de toda la historia de nuestro fútbol. Nacido en Dolores, advirtiendo sus padres las dotes intelectuales y la inteligencia de su vástago que ingresaba en la etapa de la adolescencia, lo enviaron a estudiar a Montevideo en la universidad de Derecho y Ciencias Sociales, tal como se la denominaba oficialmente desde 1885. En ese ámbito, cursando los estudios de  abogacía, conoció y cultivó una amistad que se prolongaría durante toda su vida, con Pedro Manini Ríos (1879 – 1958). Un año menor que él, nacido en una familia terrateniente de la aristocracia, era uno de los jóvenes más promisorios de la sociedad uruguaya.

Entre las facetas pocos conocidas de Manini Ríos, se destacó su pasión por el fútbol, justamente en ese tiempo en que el nuevo deporte o el football, como lo llamaban, generó una extensa y ardua polémica –a favor y en contra- entre los intelectuales montevideanos. Manini Ríos resultó una de las grandes espadas en la pedana periodística en su defensa, pasando directamente a la acción. Participó activamente en fundación del Club Nacional de Football, surgido en ese mismo ámbito universitario en 1899, figurando en la selecta nómina oficial de los hacedores de la institución.

En el aula universitaria muy pronto Gómez se destacó por una natural capacidad para la escritura. Aunque no sobresalía en la oratoria, llevaba en su interior esas dotes intelectuales naturales que, en aquel tiempo sin radio ni televisión, abrían las puertas del único medio de comunicación que existía entre el pueblo y las corrientes políticas del pensamiento: la prensa. Es decir los diarios.

Precisamente, aquellos dos jóvenes que soldaron su amistad en las aulas universitarias y que coincidieron -desde el momento en que se conocieron- en la adhesión al grupo político liderado por José Batlle y Ordóñez en el Partido Colorado, en el fútbol siguieron rutas diferentes. En esa etapa de sus vidas, en 1896, Manini Ríos con 17 años era uno de los muchachos de la aristocracia a quien Don Pepe destacó luego de conocerlo. Lo incluyó dentro de su reducido círculo de amistades integrado por figuras de la talla de Domingo Arena, Claudio Williman y José Serrato, otro apasionado por el fútbol y, también, fanático del club Nacional. En ancas de esta realidad, recibido de abogado, merced a la decisión de Batlle y Ordóñez, el Dr. Pedro Manini Ríos se incorporó al plantel de redactores de El Día en el año mencionado, sumando al mismo –inmediatamente- a su amigo Héctor Gómez, con 16 años.

A partir de ese momento, la personalidad del jovencito nacido en Dolores la exteriorizó en sus auténticas dimensiones espirituales, dedicándose a la prensa, profesión que desempeñará sin abandonarla en ningún momento de su existencia.

“El periodismo de la época tenía entonces nerviosa inquietud romántica y acento combativo. A través de los años, Gómez conservó siempre aquellos moldes que formaron su conciencia juvenil, y por más que los nuevos tiempos dieron al diarismo formas distintas y sentidos nuevos, su espíritu hidalgo no dejó nunca de auspiciar la caballerosidad como norma imprescindible y la sinceridad, la prudencia y la tolerancia como las bases fundamentales de esa acción que él amó por sobre todos sus otros afanes.

La cultura y el talento que fluía de su personalidad singular, le hicieron avanzar rápidamente en la dura profesión que se había impuesto. Llegó a ser bien pronto Jefe de Redacción de ‘El Día’ y luego director de esa hoja de publicidad.

Clemenceau decía que no había mejor academia para el hombre público que las salas de redacción de un periódico. Héctor Gómez demostró en nuestro medio la profunda verdad proclamada por el estadista francés; pero fué un eminente alumno de estas aulas donde diariamente se rozan lo trascendente y lo frívolo de la vida colectiva, que a pesar de ostentar el laurel consagratorio para dirigir desde sitios oficiales la cosa pública, prefirió quedar siempre frente a su mesa de periodista, acompañando su febril actividad con el girar sonoro de las rotativas, y depositando día a día en la anónima cuartilla, sus preocupaciones por la vida nacional.

Gómez era algo así como el espíritu mismo de este vertiginoso trepidar de máquinas que encierran, en el espacio limitado, lo mejor del pensamiento de los sueltistas y la noticia del cierre que corre y se desparrama por la urbe, proclamando que el orientador del periódico pulsa los anhelos del público lector y es capaz de brindarle la mejor primicia”. (3)

Pocos meses después, cuando la pluma de Héctor Gómez adquirió relieve, amplió sus tareas ingresando al personal de la Dirección General de Instrucción Primaria.

Prontamente afirmado en las páginas de El Día, defensor con altura y clase de las ideas de Batlle y Ordóñez, en los primeros años del siglo XX su ingreso a la función pública se sustentó en los exitosos antecedentes inmediatos cosechados en el periodismo. En los hechos, iniciaba en la administración desde posiciones menos salientes, su ascendente carreta en la política del Uruguay. Es en esa época en la que, al incrementar su actividad laboral resolviendo de esa forma el sustento personal, abandonó la universidad dejando inconclusa su carrera de abogacía. En consecuencia, aquellos que se refieren a Héctor R. Gómez, anteponiendo el título de doctor, cometen un error.

Años más tarde, en 1903 resultó designado secretario de la dirección general de Correo y Telégrafos del Uruguay, donde se reveló en un funcionario ejemplar. Llevó a aquel puesto, junto con sus raras condiciones personales, un caudal de conocimientos amplísimos en materia de relaciones entre los pueblos, adquiridos mientras ejerció el cargo de jefe de la sección telegramas de El Día. Y esos conocimientos, unidos a su perseverancia, a su hondo sentido de la realidad y a su clara visión de los sucesos, fueron factores coadyuvantes para que lograra cuanto se propusiera.

A Héctor Gómez, se debe la ley orgánica de correos y telégrafos que redactó conjuntamente con el Dr. Amézaga; a Héctor Gómez se debe en buena parte las convenciones postales más ventajosas que se firmaron en los primeros treinta años del siglo XX, y de Héctor Gómez quedó en esa repartición del Estado, el recuerdo de su caballerosidad y de su hidalguía, que era otra de sus facetas salientes.

Es difícil, casi imposible estudiar un aspecto cualquiera de la múltiple personalidad de Gómez sin recordar ante todo lo que fue la característica quizás más saliente de su personalidad: la acción.

Hizo de ese sentimiento un evangelio. Enérgico, humano, inflexible a veces, cuando se trataba de ir adelante, su acción frente a la vida tenía forzosamente que ser fecunda. Y fue así como suave, pero incesantemente, sin una vacilación, sin un desmayo, actuó en la cosa pública; como puso al servicio de los ideales que consideraba justos, su perseverancia y su esfuerzo de realizador, como supo armonizar la reflexión con la pasión, poniendo en todo momento en pro de la causa que defendiera, la más característica de sus condiciones espirituales.

Un hombre como Héctor Gómez que amaba la acción y era todo acción, tenía que ser forzosamente un constructivo. Su obra debía ser promisora, la posición que detentara entre los hombres de su generación tenía que ser excepcional”.(4)

(1) REUNIÓN DE LA LIGA. La elección de presidente. Tribuna Popular, Montevideo, 20/09/1907.

(2) EN LA LIGA. ¡Inconsecuencia! Tribuna Popular, Montevideo, 21/09/1907.

(3) El periodista. El Diario, Montevideo, 24/06/1931.

(4) El político. El Diario, Montevideo, 24/06/1931.

 

Nota relacionada:

100 años de la CONMEBOL (Nota1)

 

 

 

 

 


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