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Capítulo bohemio





16 enero, 2013
Sin Categoría

(Fragmentos del capítulo 10 de la novela “1983”, Editorial Fin de siglo, 2008, adaptados al formato columna, con dedicación para los estimados comentaristas bohemios de la columna anterior).

Si a cualquier hincha de Wanderers le dieran a elegir la forma de su muerte, votaría porque fuese de golpe, al aire libre, abrazando a la barra, festejando el gol de la victoria, viendo para siempre a su club volver a salir Campeón Uruguayo; o de un síncope cuando un juez pite que terminó el partido donde Uruguay salga otra vez Campeón del Mundo. Ese hincha cualquiera podría ser un ladrón o un señor, lo mismo un burro que un gran profesor, como sin duda lo era Álvar Ruchansky, el más veterano de la barra brava de Wanderers, aunque no puede decirse que Montevideo Wanderers tenga barra brava porque es una hinchada a la antigua, de un club que conoció tres siglos. Pero una parte de ella, desde el talud que da espaldas ala Rural del Prado en el Parque Viera, hace sentir su presión, y a veces también desde las tribunas, con barras de lo que quizá sean nietos de viejos hinchas. Ese domingo estaba Pipo Suárez del otro lado de la raya dirigiendo al equipo «bohemio» (que eso quiere decir «wanderers»).

Estacioné frente al rosedal con la anuencia del cuidacoches, contento de recibir, promediado el segundo tiempo, una propina más que ya no esperaba. Entramos al Viera cuando el partido hervía en su desenlace. Le señalé a Amir quién era el Súarez ese que ahora nos ocupaba la investigación. En el talud estaba la otra persona que yo le había contado que debíamos entrevistar. Era el hincha que se había trepado más alto a la alambrada del talud y gritaba desaforado. «Ese es el profesor de historia», le dije. «¡Mirá!», se asombró Amir. «Y es el capo que decide qué libros va a comprar la cadena de librerías más grande del país». Era verdad y era una de las personas más exquisitas y refinadas que yo conocía. En el talud se transformaba.

Cuando caminábamos hacia los vestuarios bajo la cabecera locataria, vimos al Profesor pegado al alambrado del talud frente a la entrada del túnel, insultando a los jueces que intentaban pasar al vestuario. «Vos me estás jodiendo, si ese es profesor de historia y literatura yo soy canciller», me dijo Amir. «Esperá», le contesté. Nos detuvimos en el talud. Cuando los cuatro o cinco que se habían quedado a gritarles a los jueces hasta comprender que ya no los oían, se volvieron todavía con bronca, llamé a mi amigo: «¡Profesor!». Ruchansky me reconoció y volvió a ser el de todos los otros días. Le pregunté cuántos ejemplares de La vereda del destino llevaban vendidos, solo para que Amir oyera que no le había mentido.

Le ofrecí al Profesor llevarlo hasta su casa.

¿No le importa que dejemos primero a Amir, Profesor, que tiene apuro? –pregunté.

No tengo ninguna prisa contestó.

¿Y? ¿Cómo ha recibido el club a Suárez? le preguntó Amir al Profesor.

Para empezar está bien dijo Álvar. Suárez arregló por poco porque es su primera experiencia como técnico y prefiere un club que pague en fecha, aunque no sea mucho. La mentalidad del wanderista siempre ha sido bastante conservadora, aunque el bohemio es aventurero y anduvimos por todas partes reconoció el Profesor, ya de regreso a la civilidad. Acá estamos al día, pero no sólo con las figuras, acá está al día desde el último empleado del club hasta la estrella. A veces somos un poco machetes, pero eso hace que todo el mundo cobre.

Sí, el ambiente es bueno. Es un club de mucho veterano ¿no? comenté. Yo venía al Viera a ver a Wanderers, de chico, a fines de los sesenta, cuando jugaba Julio Toja. Me traía mi viejo con una barra que él tenía con el arquitecto Mayol y era toda gente intelectual, me acuerdo que tuvieron de simpatizante a Luis Batlle Berres y a muchos profesionales.

Ahora, con la moda de los cantitos, aparece juventud dijo el Profesor. A mí me gusta más mezclarme con los jóvenes en el talud. Porque es cierto: son casi todos profesionales, mucha gente política y son muy plateístas, de sentarse y criticar. El wanderista es muy enamorado y muy fiel a su club. Ni mira a Peñarol o a Nacional, porque viene de una época en que Wanderers se consideraba un grande. En el interior del país eran Peñarol, Nacional y Wanderers, como en Montevideo Peñarol, Nacional y Rampla. Hemos perdido un poco de terreno al no conquistar ningún campeonato uruguayo en la era profesional. Pero de todas maneras, la hinchada de Wanderers es fiel pero muy crítica. En este club es común que a los cinco minutos su hinchada le grite mal a un jugador de Wanderers, sobre todo cuando le agarra idea. Por eso yo me voy al talud. Yo les grito a los contrarios y al juez. Una vez, cuando estaba en la platea, un señor, a mi lado, socio del club, amigo mío, le gritaba improperios y críticas a un jugador nuestro. Entonces le pregunté si le parecía que era a ese jugador al que tenía que abuchear y enseguida casi toda la hinchada se sumó a las crítica de mi amigo, salvo uno que le dijo que al que había que gritarle mal era a otro jugador de Wanderers. Desde ese día no fui más a la platea. Voy al talud y disfruto con los botijas. Acaso me excedo un tanto en la catarsis. Pero ya bastante me contengo en mi trabajo el resto de la semana, ¿no?

Así que está peleado con la platea dedujo Amir.

No, peleado no es la palabra y no lo digo como reproche al viejo hincha nuestro, es simplemente una característica que tiene. Se ataca al jugador del club porque ni siquiera se mira al contrario. Nacional tiene un poco eso también, River argentino, Independiente. En cambio con la barra de gurises salimos a amedrentar al contrario y, por ahí, si faltan diez minutos y las cosas no salieron podemos agarrarnos con los jugadores del club, pero esperamos por lo menos al segundo tiempo. Es muy detallista y muy crítica nuestra hinchada. Son críticos para todo pero, por otro lado, evitan líos; si se arma en una tribuna se van todos para otra, es una hinchada muy correcta. Y también somos críticos entre nosotros en las elecciones, en los balances, preguntamos todo, nos fijamos en todo, fiscalizamos y somos muy cuidadosos y como hay contadores y abogados y saben, acá nunca va a aparecer nada raro. Salvo yo. Pero con Pipo no van a tener problemas. Porque les gusta el buen fútbol. ¿Oyeron cómo lo aplaudieron? Porque las exigencias vienen por el lado del buen fútbol. Es un club que siempre tuvo grandes jugadores. Recién nombrabas a Julio Toja, pero tuvimos a Tito Borjas; más acá también a Mullethaler, a Francescoli, a Bengoechea, el Canario García, jugadores con estilo…

Con la barra de gurises a Suárez lo vamos a apoyar. En los años de Daniel Carreño, cuando no parábamos de ganar, tuvimos una renovación de hinchas muy importante. Yo estoy con ellos.

¿Son los hijos de tus amigos?

Me parece que son los nietos. Vos notás que falta la generación de treinta a cincuenta años. Ves gente muy mayor, de cuello y boina, o gente muy joven, de camiseta…

POSDATA: El Loco Gatti atajando en Las Piedras, el aguante de Carlos Maresca cobrando por primera vez por la televisación del Campeonato Uruguayo, las dos liguillas ganadas y el primer equipo que rompió la hegemonía de quince años de Peñarol y Nacional en la participación en la Libertadores, la noche del 28 de enero de 1975, en que le ganó en el Centenario a Nacional, dos a uno, con gol de Washington Olivera en el último minuto de los descuentos, Oscar Washington Tabárez recibiendo el premio al mejor jugador de ese partido, y volviendo en ómnibus a su casa esa noche, desde el Estadio, en el bondi repleto de hinchas tricolores. Eso y tanto más: Dalton Rosas Riolfo diciéndome que Zuker en Francia 98′ fue el único al que vio jugar como jugaba René Borjas…