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Maxi Viera: «No me paro con el látigo»

El técnico que logró el ascenso con Sud América habló sobre su exitosa carrera en los Estados Unidos y, con una profundidad asombrosa, repasó sus días como jugador y evocó a su glorioso padre.




El uruguayo radicado en Phoenix dando indicaciones, captado por la extraordinaria lente de Fernando González.


1 febrero, 2021
Entrevistas Fútbol Uruguayo

Que un hombre tenga éxito superlativo con un equipo tanto en su rol de jugador como, más tarde, de técnico, es una rareza. Si no, pregúntele a Ramón Díaz, a Hugo de León, a Josep Guardiola, a Zinedine Zidane, a Carlo Ancelotti y a Marcelo Gallardo. Más raro aún es que alguien ascienda con un club para luego repetir la proeza.

 

El protagonista de esa excepcionalidad es Maximiliano Viera Dutra, un deportista ganador, permanentemente actualizado y con una cultura general, una inteligencia y una capacidad de abstracción infrecuentes, al que el destino uruguayo le era esquivo hace años, puesto que gran parte de su carrera transcurrió en los Estados Unidos, el país donde reside. Muy bien: Viera, el entrenador, acaba de ser uno de los grandes protagonistas de la Segunda División Profesional con Sud América, gracias a lo cual ascendió tras ganarle a Rampla el partido de vuelta por 2 a 1, con goles de Germán Triunfo y de Agustín Barán. Pero ya había salido campeón en 1994, como jugador y de la mano de Julio Ribas.

 

Con una voz que revela más tranquilidad que euforia y una extraña mezcla entre calma y satisfacción, Viera dialoga con Tenfield demostrando cuánta razón tenía el gran historiador estadounidense Timothy Snyder cuando escribió: “Las personas somos como inmensas cuevas subterráneas, inexploradas incluso por nosotros mismos, y no agujeros cavados directamente del suelo”.

 

Desmembrando una de esas tantas capas, este hombre nacido en Montevideo en 1968 explica qué sintió después de la consagración de Sud América, ya que los sentimientos más profundos de un individuo no se pueden televisar. “Es un sueño que se dio luego de que de repente me viera parado al frente de un plantel que forma parte de un club con el que ya había logrado cosas importantísimas. Esa es una rareza estadística, porque no es común que alguien pueda alcanzarla como jugador y como director técnico. Pero el sentimiento que va desde el punto A hasta el B es la consecuencia natural de un camino muy largo, lleno de experiencias, de sacrificios y de crecimiento personal. Yo pude estar en la selección de Qatar como asistente, pude dirigir en una liga importante de Estados Unidos como entrenador principal, tuve que revalidar el título, algo que en Uruguay es complicado y que para mí implicó estar lejos de la familia durante un año, antes de eso para recibirme en Estados Unidos di de nuevo todos los exámenes de quinto y sexto de liceo pero en inglés, Alfredo Arias me pidió que le diera una mano en ciertos aspectos del funcionamiento técnico de Wanderers, viajamos a Deportivo Cali, en la pandemia el club se vio obligado a reducirnos el salario un 70%, por lo cual rescindí contrato, aunque me fui dejando las puertas abiertas y como un caballero, recuperé tiempo con mis hijos y con mi señora en Arizona, llegó la posibilidad de Sud América y pensé que lo que correspondía era enfocarse en las cosas buenas”, comenta. Y agrega, como en las moralejas de los viejos cuentos infantiles: “No es lo mismo ser un soñador que trabajar para que tus sueños se cumplan”.

 

Viera recuerda los múltiples cambios que introdujo en el flamante equipo de Primera, desde la reducción de la cantidad de goles en contra hasta el momento en que encontró la formación definitiva, modificó la línea de 4 por una línea de 3, maximizó el nivel de algunos futbolistas, rotó a otros y hasta inventó posiciones. “La experiencia de Guillermo Rodríguez, que se sintió muy cómodo jugando de líbero, resultó fundamental, Luis Morales pasó a jugar de carrilero, Panzariello de volante central, y Cayetano, Pereira y Ramírez ingresaron como titulares. Sobre todo, intenté no emparchar y crear un verdadero sentido de pertenencia y un mayor grado de cohesión, esto es: yo soy tan importante como lo es mi compañero. Por lo tanto, si alguien tiene un problema lo tenemos todos. Y debemos ser profesionales, más en una época en que pensar en el otro es clave, como lo demuestra el coronavirus, que dejó en evidencia la importancia de la empatía. Sin embargo, lo más curioso es que los jugadores creyeron especialmente en mí por la forma en que yo creí en ellos”.

 

Esa carencia de oportunismo, ese sentido de la ubicación, ese equilibrio emocional es una de las armas secretas de Viera, quien sostiene: “La pasión por Sud América está basada en que en 1994 nosotros empezamos vendiendo seis entradas, pero jugamos la final con Racing con más de 30 mil personas y, encima, tuvimos que disputar algunos de nuestros partidos en medio del Mundial de Estados Unidos”.

 

De todas maneras, podría ser bien distinto el carácter de Viera. Pero todos quienes conocen personalmente a su padre saben que, pese a que fue una gloria futbolística, el corazón de Milton “Tornillo” Viera –quien jugó en Nacional, en Peñarol y en Boca, ganó infinidad de títulos en Grecia a nivel local y continental, participó de un partido histórico defendiendo a la selección del “resto del mundo” junto a compañeros como Eusébio, Pelé y Cruyff, y es uno de los últimos titulares que defendieron a la Celeste en el Mundial de 1966- solo tiene lugar para una bondad sencilla.

 

“El ‘Torni’ nunca se metió en mi vida futbolística, y un día yo le conté que jugaba al fútbol por amor a este juego, porque lo acompañé a todos lados, no obstante lo cual no quería que nos compararan, ya que en Uruguay las comparaciones suelen ser negativas. Y sin embargo, siendo que lo vi salir campeón de todo en Grecia defendiendo nada menos que al Olympiacos, después de ascender como jugador me dijo: ‘Otro logro entra en casa’. Eso para mí fue fuerte”, declara a Tenfield el ex carrilero, antes de añadir: “Creo que entre aquel niño que tuvo una infancia súper feliz en Grecia y este adulto hay toda una continuidad, porque yo siempre amé lo que hice y traté de desempeñarme lo mejor que fuera posible. Por eso hablo seis idiomas, dirigí academias de fútbol para niños, me he ocupado de desarrollar talentos en clubes de la Major League Soccer con 108 entrenadores a cargo, y finalmente, por alguna razón, me vi parado frente al plantel de Sud América. Por eso, también, agradezco que mi viejo me haya advertido: ‘Preparate para el día después. Quiero que seas mejor que yo’”.

 

Radicado desde 1997 en Estados Unidos, donde poco después comenzaría una trayectoria exitosa cuyo primer paso fueron los San José Clash, que lo seleccionaron en el MLS Supplemental Draft, y cuyo último paso está por escribirse, aunque sea difícil imaginárselo fuera de Phoenix, la ciudad del fascinante estado de Arizona en que ha prosperado, Viera recapitula: “Estados Unidos me pareció un lugar donde me podía preparar, y fue también donde tuve mi familia y donde pude devolver lo que el país me dio, que fue el crecimiento personal, la tranquilidad de poder ayudar a la familia y a los amigos, de trabajar en lo que me apasiona y de conseguir que un colega entienda que no es lo mismo implementar los cambios deportivos en un cuadro con una filosofía A que con una filosofía B o con más mexicanos que estadounidenses, y que es esencial que el jugador te crea y entienda que para llegar al rojo hay que pasar por el azul y por el bordó”.

 

Pese a que afirma sin tapujos que “el jugador de fútbol solo piensa en él”, el padre de Camilo y de Gerónimo, dos chicos norteamericanos que “se sienten uruguayos”, no cree en un desbordado sentido de la autoridad del entrenador. “No me paro con el látigo, sino como un ex jugador al frente de un plantel. Soy uno más, de repente con mayor autoridad, quiero que me respeten y que me quieran y nunca voy a dejar de sentirme futbolista”, confiesa.

 

Cultor de las divisionales inferiores, lector ávido de Wilbur Smith y fanático de los documentales de Historia, este jugador eterno contesta así al interrogante de por qué aceptó regresar al Uruguay, especialmente a un club con carencias, para arriesgar tanto en tan pocos meses: “Vi muchas veces la película ‘Corazón Valiente’, donde la protagonista, hablando con Mel Gibson, le dice ‘estuviste en Atenas, estuviste en Roma, estuviste en París, ¿qué hacés acá? Él responde ‘yo pertenezco acá’. Bueno, yo conozco el 75% del mundo, pero pertenezco a este país”.

 

Antes de terminar, Viera tendrá tiempo de describir la americanización y el sedentarismo de Qatar, “un pueblo de pescadores nómades que un día encontró petróleo”, las similitudes entre Estados Unidos y Uruguay, “dos tierras auténticas formadas por inmigrantes, donde nadie copia a nadie” –aquí es inevitable pensar en cuánto le debe el legado artíguense a padres fundadores como Thomas Paine- y las diferencias entre nuestra nación y la colombiana, donde “existen diferencias sociales muy marcadas”.

 

También desmontará el mito de que viajar a Miami o a Nueva York es tan fantástico como vivir en esas metrópolis, narrará las horas que invirtió viendo videos de viajes en YouTube cuando por cuatro meses entrenaba por Zoom y se sentía angustiosamente solo en medio de la restrictivísima pandemia colombiana, “regía el toque de queda, nadie se quería ver con nadie, había mucho miedo, no podía manejar el auto más de una persona, te dejaban entrar un solo día con tu número de cédula al supermercado y te pasabas preocupando por tu señora y tus hijos”.

 

Solo puede resultar lógico que la familia sea el tema con que Maximiliano Viera culmine esta charla hecha de su esencia: “Yo tengo que agradecerles a mis padres especialmente. A mi mamá, María Elena, que me enseñó español hasta tercero de escuela estando en Atenas, y a mi papá, el ‘Torni’, que me exigió que siguiera estudiando y que intentara ser mejor que él el día después del retiro. Ellos me inculcaron la base de la persona que soy. Pero lo poco o mucho que he logrado se lo debo a Debra, mi esposa, y a Gerónimo y Camilo, mis hijos, una familia que me ha apoyado incondicionalmente y que me ha dejado perseguir mis sueños y hacerla parte de ellos. ¿Viste que hay gente que dice que ganar es lo único? Bueno: yo estoy en profundo desacuerdo. Para mí, el esfuerzo puesto para ganar es lo máximo. Si un uruguayo sale segundo en los Juegos Olímpicos, hay que hacerle un monumento. Y la Copa América de 2011 no se explicaría sin el cuarto puesto del Mundial de 2010. Entonces, ese esfuerzo, también en mi caso, no es negociable”.

 


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