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Las aventuras del mago triste

Hoy hubiera cumplido 50 años Fabián O'Neill, un hombre bueno, carismático y talentoso sobre cuya vida y obra Tenfield.com se centró en detalle, con el testimonio exclusivo de varias estrellas.




Elegancia, fuerza, luz, precisión y talento, en este retrato noble que de O'Neill realizara Fernando González Roth.


14 octubre, 2023
Columnistas Fútbol Uruguayo

Escribe: Pablo Cohen

 

“¿Que yo me contradigo? Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué? (Yo soy inmenso, contengo multitudes)”. Las inmortales líneas de Walt Whitman, el poeta estadounidense ante cuya majestuosidad el mundo se rindió, definen como pocas el destino oscuro y luminoso, trágico y cómico, espectacular y patético de un hombre que hoy hubiera cumplido 50 años y que estará siempre asociado a la mejor historia del fútbol uruguayo: Fabián Alberto O’Neill Domínguez.

 

O’Neill nació el 14 de octubre de 1973 en Paso de los Toros, donde, criado por su abuela materna, no imaginó ni en la más venturosa de sus fantasías el futuro estelar que tocó a su puerta gracias a un talento extraterrestre hecho de magia, de precisión, de potencia, de versatilidad y de una capacidad excepcional para comprender el juego, para pasar en largo y para rematar de media y larga distancia.

 

No por casualidad, en diálogo con Tenfield.com, Walter Fabián Coelho, quien fuera su compañero tanto en Nacional como en la selección uruguaya, explicó: “O’Neill es uno de los jugadores más completos que conocí en mi vida. Siendo habilidoso, era muy fuerte físicamente, algo poco común en ese tipo de futbolistas. Además, tenía una buena contextura física, una potencia notable, una técnica impresionante y un muy buen juego aéreo, y te resultaba muy difícil darte cuenta si era zurdo o derecho. Pero sobre todo, era una persona humilde y cálida, un tipo que se sentaba al lado tuyo dos minutos y te hablaba como si lo conocieras de toda la vida, lo cual, en alguien que había tenido una carrera tan impresionante en Italia, era un placer para todos. Aparte, ayudaba constantemente a sus amigos, y no recuerdo haber tenido a un compañero de plantel con un carácter tan dócil y bondadoso. O’Neill te entregaba la vida y te daba lo que no tenía sin que se lo pidieras, una generosidad que plasmaba en el día a día, cuando, por ejemplo, les dejaba championes para los juveniles a los utileros de Los Céspedes o se acercaba a cualquier funcionario del club con atenciones que consideraba imprescindibles. Su ofrecimiento de ayuda era constante, a cambio de nada y sin que nadie se lo pidiera. La verdad es que era un crack”.

 

Un crack a quien Zinedine Zidane calificó como “el jugador de fútbol más talentoso” que había visto en un campo de juego, y cuyo dominio de balón, cuyos pases, cuyos remates al arco, cuyos tiros libres y cuyos cambios de frente usted, en caso de que jamás los haya visto, o de que los haya perdido en algún sitio recóndito de su memoria, debe ir urgentemente a buscar a YouTube. Acaso por eso El País de Madrid, poco después de su partida, lo describiera de este modo: “El club de los héroes malditos, el de Garrincha, Paul Gascoigne o René Houseman, esos talentos en cuyas debilidades y sensibilidad el fútbol encuentra un resquicio a tanta demanda de profesionalismo y productividad, despidió durante la Navidad a uno de sus socios más queridos: el uruguayo Fabián O’Neill”.

 

Un uruguayo que, por tomar un solo botón de muestra de una carrera extraordinaria, con altibajos propios de costumbres personales que sería de mal gusto evocar, pero con cimas tan inolvidables como hermosas, en la temporada 2000-2001 integró el plantel de la Juventus con Edwin van der Sar, Paolo Montero, Edgar Davids, Filippo Inzaghi, Alessandro Del Piero, David Trezeguet, Ciro Ferrara y Gianluca Zambrotta. ¿El técnico? Un tal Carlo Ancelotti. ¿La síntesis de esa experiencia? Dejemos que hable -como hizo en 2012, entrevistado por Gerardo Tagliaferro para Montevideo.com- el propio O’Neill: “Cuando me fui a la Juventus, dije: ‘Ahora me voy con todas las fieras, deben ser una manga de agrandados’. Pero llegué y todos tenían una humildad… ¡pero todos, eh! Una cosa espectacular. (Paolo) Montero, (Filippo) Inzaghi, (David) Trezeguet, (Edgard) Davids, Pavel Nedvěd y Buffon. Para ellos es un trabajo, lo toman así. Llegan al entrenamiento de traje y corbata, se cambian, entrenan, terminan, se bañan y se van. Hay grupos, claro: los extranjeros, sobre todo los croatas como Igor Tudor, eran más rompebolas. Pero a mí me adoraban todos”.

 

A juzgar por lo que comentó a Tenfield.com Fabián Carini, su ex compañero de la celeste y de la Vecchia Signora, no había un ápice de exageración en sus palabras. “El ‘Mago’ era una persona fenomenal, que me puso bajo su ala en la selección. Si algo malo hizo fue ser demasiado bueno, sobre todo con los amigos del campeón que se borraron cuando estaba mal. Fue, también, un futbolista adelantado que siempre jugaba con la cabecita levantada, y respecto a quien no solo Zidane, sino también Del Piero, se preguntaba en el vestuario: “¿Por qué será que, siendo O’Neill el mejor de todos, nos piden autógrafos a nosotros?”. Habiendo compartido tantas cosas juntos, para mí, que veo en él a un Verón con mejor juego aéreo y mayor dominio de la pierna izquierda, me parece natural que Marcello Lippi llegara a armar el equipo en función de Fabián como número “5”.

 

Ex jugador del Perugia e ídolo eterno del Cagliari y del Club Nacional de Football -con el que disputó la Libertadores, regaló momentos imborrables como su gol contra el Santos, de visitante, el miércoles 7 de mayo de 2003, ganó el Campeonato Uruguayo de 1992 y tuvo una primera etapa fabulosa, con 63 partidos jugados y 15 goles anotados hasta 1995, cuando emigró a Italia-, O’Neill es evocado con admiración y respeto por cualquier aficionado al fútbol que prefiera la estética al trancazo, la elegancia a la vulgaridad y la jerarquía al lucimiento en partidos irrelevantes, porque su estilo no fue confrontativo y porque su mezcla de campito con comprensión cabal del juego, la de los “8” puros que, como Jorge Burruchaga, Néstor Gabriel Cedrés, Carlos Sánchez y Juan Sebastián Verón, saben perfectamente lo que hacen, difícilmente se repita.

 

Los males de este mundo no le fueron ajenos, y quizás sería bueno agregar la palabra “todos” al comienzo de la oración. Pero O’Neill nunca hizo daño deliberadamente, y si perjudicó a alguien fue a él mismo.

 

Por eso el oficio periodístico y el título fetichista que reúnen el libro que sobre su vida escribieron dos periodistas tuvieron, tanto como el contenido de ese bestseller, consecuencias previsiblemente enojosas para su protagonista, quien llegaría a declarar respecto de su propia vida: “Lo que quise hacer siempre lo hice. Lo malo y lo bueno”.

 

Un protagonista cuya esencia, una madera noble y fulgurante, el tiempo ayuda a valorar adecuadamente. Una esencia que, consultado por este portal, el “Principito” Rubén Sosa sintetiza así: “O’Neill fue, más que un compañero, un amigo y un hermano al que teníamos el deber de cuidar. Pero si tuviera que definirlo como jugador de fútbol, diría que fue un grande que no quiso ser grande. Porque, si hubiera querido, no digo que hubiera sido Maradona, pero se hubiera acercado. Fabián le pegaba igual con las dos piernas, nació con el don no del deporte, sino del futbolista, metía un pase a 60 metros que te dejaba la pelota dormida en el pecho, levantaba centros perfectos desde la derecha y desde la izquierda y, por supuesto, le pegaba muy bien. Bueno para todos, extraordinario para el fútbol, fue malo solamente para él. De hecho, creo que era tan bueno y generoso como los Reyes Magos, con la diferencia de que él le regalaba cosas a todo el mundo, a pesar de que se olvidaba de sí mismo. En el último tiempo vivir no le importaba, y ya no disfrutaba ni era feliz. Por eso su partida me entristeció pero no me sorprendió. Y aunque no me gustaba lo que él hacía e intenté ayudarlo sin éxito a dejar su viejo problema con el alcohol, lo extraño mucho como la persona divina que fue, como el niño grande que vivió como se le antojó”.

 

Una esencia que ayudó a completar con lucidez Diego “Memo” López, otro ídolo del Cagliari: “A Fabián lo conocí en la Sub 20, donde jugamos juntos en Australia. Después, él se fue al Cagliari y yo al Racing de Santander, y no dudó, cuando el presidente le preguntó por un zaguero, en recomendarme. Así llegué al Cagliari, y la sorpresa que me llevé, recordando a un futbolista que jugaba de media punta, fue que el físico le había cambiado y que ya jugaba de “5”. Ese cambio de posición me impactó mucho, porque él se terminó de hacer completo en Italia, donde fue capaz tanto de aportar su talento y su visión de juego como su capacidad para marcar, saltar con fuerza, ganar las pelotas disputadas y chocar con aquel físico bárbaro que tenía. Lo que él jugó en Cagliari fue increíble, y por eso está hasta el día de hoy al nivel de Enzo Francescoli. Pero el recuerdo más lindo de él es como persona, ya que, cuando llegamos con Nelson Abeijón a Italia sin saber el idioma, no dejó que estuviéramos en otro lado que no fuera su casa. No solo nos ayudó en todo momento, sino que nos acompañó y nos dio cariño generosamente, y para mí, que jugué 12 años en el club antes de ser entrenador, fue un ser humano fundamental”.

 

Hace pocas horas, Marina O’Neill, de 28 años de edad, escribió la siguiente carta en exclusiva para Tenfield.com. No en su rol de exitosa influencer, que lo es, sino como hija de un ídolo entrañable. La cálida, cruda y contundente autenticidad de su testimonio es tan impresionante que habla por sí misma.

 

“Hay dos cosas que celebro hoy de mi papá, que él me enseñó y ojalá estén siempre en mí. Primero, su humildad y su sencillez y, después, su generosidad. Esa característica nunca me sorprendió, porque yo lo conocía y era algo con lo que vivía, pero es una persona que tocó el cielo con las manos con su fama y siempre fue súper terrenal con las personas que lo rodeaban, ayudando a los que más necesitaban y dando sin pedir nada a cambio, desapegado con el dinero y también siendo víctima de aquellos que solamente lo buscaban por su condición económica. A papá le gustaba jugar, era buen compañero y hacía los mejores pases pero, sobre todo, no le gustaba perder a nada. Eso siempre me generó mucha ternura, porque lo veía como un niño enojado que no resiste el fracaso. Sin embargo, lo de concentrar nunca se lo tomó muy en serio, quizás porque para él todo era muy fácil: hacía las cosas de la peor manera y le salían de la mejor (ahí debe estar la magia, ¿no?). Yo lo recuerdo siempre con una sonrisa a pesar de su enfermedad, que día a día se llevaba un pedacito de él, lo cual se notaba. Lo recuerdo diciéndome “te amo, loca, hasta la muerte”, una de las frases que más repetía cuando nos veíamos. Lo recuerdo con sus chistes, con su humor particular y con sus palabras sin filtro, que heredé de él. Soy partidaria, siempre, de sacar “lo mejor dentro de lo peor” que toca, y hay muchas cosas buenas que llevo en mi corazón, todavía un poco necesitado de un padre que no siempre me acompañó porque tal vez estaba en otro partido, en uno más complicado que perdió y que hasta le costó la vida. Quiero desearle felices 50 años a un papá que hizo tanto, a un papá que hizo lo que pudo. Espero que estés haciendo magia allá arriba”.

 

Después de leer a Marina, uno se pregunta si hace falta agregar algo más. En honor a la verdad, ¿alguien puede dudar de que la respuesta es “no”?