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Matosas, a 50 años de México 70: «Fue un cuarto puesto glorioso»

En exclusiva y desde Veracruz, el polifuncional exjugador uruguayo que brilló en Peñarol, en la selección y en el River Plate de Luis Cubilla, Ermindo Onega y Oscar Mas, dialogó con Tenfield.com.


Roberto, ya transferido a River Plate, con sus amigos Pepe Sasía y Pedro Virgilio Rocha


20 marzo, 2020
Columnistas Las leyendas hablan

Roberto Matosas Postiglione sabe lo que dice, pero esto siempre ha sido así. La diferencia es que, arañando los 80 años de edad, el legendario defensor que brillara en Peñarol, en la selección uruguaya y en el Club Atlético River Plate responde con más sabiduría que nunca.

Que un hombre que ganó dos Copas Libertadores de América, una Copa Intercontinental, cuatro Campeonatos Uruguayos y una Supercopa de Campeones Intercontinentales se retirara del fútbol “frustrado” pese a su versatilidad, a su elegancia, a su calidad técnica y a su jerarquía, es incomprensible pero justificable.

Incomprensible para cualquier mortal, justificable para Roberto, un autocrítico impiadoso que llegó a declarar que en 1964 “River se equivocó” comprándolo por la cifra récord de 33 millones de pesos uruguayos, que se trazó el improbable objetivo de “ser mejor que Di Stéfano” y que, al no logararlo, encontró una excusa formidable para recurrir a aquella palabra removedora: “frustración”.

Nada que extrañar: del mismo modo, contaría el mercedario en el libro “Desde adentro: Uruguay Mundial”, cuando en un clásico iniciático el juez Esteban Marino lo increpó por una patada que le había dado a “Mariolo” Bergara -“¡oiga, usted juegue al fútbol, que es lo único que sabe hacer!”-, Matosas quedó tan marcado que se juró nunca más pegarle a un rival.

Hijo de un hincha rabioso de Nacional y padre del volante Gustavo Matosas -campeón de América con la celeste y de la Copa Libertadores con Peñarol-, Roberto tiene una vieja historia de amor con México, no solo por motivos familiares sino también profesionales.

Allí disputó el Mundial de 1970, del que se cumplen 50 años, allí jugó en el Toluca y en el San Luis Fútbol Club, y allí se radicó en 1973 para nunca más volver, fascinado por el efecto hipnótico que le produjo el educador Isauro Blanco Pedraza, un efecto que se multiplicó hasta el infinito y que hoy lo refleja como un hombre más preocupado por las disciplinas en que es especialista -el coaching deportivo y empresarial y el desarrollo de los más diversos métodos de aprendizaje y habilidades de pensamiento- que por el fútbol.

De estas dos pasiones, la que ejerció como futbolista y como entrenador, y la que aún ejerce como consultor de empresas y de instituciones educativas y deportivas, este eterno aprendiz, cuyo último partido en su primera etapa con Peñarol fue una goleada 5 a 0 al Santos de Pelé, habló con Tenfield.com desde su casa de Veracruz.

 

-La ciencia diría que, a los 79 años, usted está en uno de los grupos de riesgo del coronavirus. Eso es objetivo. Pero subjetivamente ¿qué representa esta amenaza que ha trastornado la vida cotidiana de millones de personas alrededor del mundo?

-Lo primero que diría es que el fenómeno ha sido muy sorpresivo. Y creo que, una vez que pase, nadie podrá ver la vida de la misma manera. Habrá que planteársela en base a otras prioridades y prepararse más para todo. Como estoy muy vinculado a la educación, encontré algunas sugerencias para enviar a directores de escuelas en México, que sirven para traer calma.

 

-¿Por ejemplo?

-Seguir cuidando el cuerpo y la salud, seguir moviéndonos aunque sea en un espacio cerrado, enfocarnos en “aprender a aprender” y aislarnos de la obsesión, porque la sobrecarga de información, por más que queramos estar al día con las últimas noticias, nos puede abrumar. Hay que controlar el tiempo que uno pasa frente a las pantallas. Si cambiamos algunos hábitos, las prioridades de la vida también van a ser reformuladas. La preparación, el orden y la disciplina son valores clave. Y ayudar a los demás también es fundamental.

 

-¿Hemos abandonado las prioridades básicas?

-Para ser claro, Pablo: yo creo que, si no nos reformulamos, nos extinguimos. La tecnología es maravillosa, pero hemos perdido calidad de comunicación y de convivencia.

 

-Usted conquistó una cantidad y una calidad de torneos impresionante. ¿Qué aprendió en esas victorias y qué compañeros y rivales no se puede sacar de la cabeza?

-Yo he tenido mucha suerte, porque participé de aquellos títulos gloriosos en un Peñarol que tenía grandes líderes, como William Martínez, el “Tito” Gonçalves y el “Pepe” Sasía. Esos jugadores cimentaron los grandes triunfos, y los jóvenes los acompañamos. Y también tuve la fortuna de jugar contra grandes futbolistas brasileños como Pelé, Mengalvio, Pepe, Zito y Coutinho.

 

-¿Cuál fue el tramo más difícil de su carrera?

-Cada partido, cada evento y cada campeonato plantea una situación distinta. Creo que lo más complicado fue mi etapa en River Plate porque no existía la preparación que hoy tiene un futbolista, porque recibí muchas exigencias, porque hacía muchos años que el club no ganaba un campeonato importante. Y porque participé de la famosa derrota 4 a 2 contra Peñarol, que tenía grandes jugadores y, sobre todo, una excelente delantera. Fue un golpe duro, del que me costó recuperarme.

 

-Veamos una faceta más positiva: Pelé llegó a declarar que usted lo marcaba muy bien…

-Bueno, pero en aquella época lo agarraba uno en la mitad de la cancha, otro en tres cuartos y, al final, uno de nosotros en el área. Jugué cinco o seis veces contra él -con Peñarol, con River y con la selección- y tengo un gran recuerdo, porque siempre fue un caballero.

 

-A 50 años del Mundial de 1970, ¿qué cosas de aquel proceso que terminó con Uruguay en el cuarto lugar los jóvenes deberían saber?

-Lo fundamental es que fue un cuarto puesto glorioso, ya que perdimos a Pedro Rocha durante el primer juego contra Israel. La preparación física y la adaptación a la altura que hicieron un mes antes en Colombia y en Ecuador el entrenador Juan Hohberg y el profesor Alberto Langlade resultaron claves para el resultado final.

 

-¿Cómo describiría la convivencia en México entre los ídolos de Nacional, como Espárrago, Maneiro y el “Cascarilla” Morales, y de Peñarol, como Mazurkiewicz, Rocha y usted?

-Fue una cosa fantástica. Convivían en la misma habitación un jugador de Nacional y otro de Peñarol. En mi caso, conviví con Juan Mujica, quien se convirtió en un gran amigo de por vida. Realmente fue maravilloso.

 

-¿Qué significaba la pasión por los grandes en aquella época?

-Significaba respeto hacia el gran rival y ver de qué manera podías ganarle: no había otra. Pero no existían ni el odio ni la animadversión.

 

-¿Hoy usted sigue a Peñarol y a River?

-En realidad, del deporte solamente me estoy dedicando a ver de qué manera cualquier deportista puede llegar a su pleno rendimiento a través de la fortaleza mental. Hoy en día, con las grandes exigencias que tiene un futbolista, debe estar preparado en todo, sobre todo a nivel emocional. Pero ya no miro fútbol de Uruguay ni de Argentina. Tal vez, a veces, un partido de la Champions.

 

-Cuando usted empezó a desempeñarse como entrenador de la primera división mexicana, conoció al doctor Isauro Blanco Pedraza, que ha desarrollado una carrera de prestigio, primero en el Instituto Tecnológico de Monterrey y después en Madrid y en París. ¿Qué le llamó la atención entonces?

-Su dedicación al desarrollo de las habilidades de pensamiento. Corría el año 1980, y recuerdo que me explicó que su especialidad consistía precisamente en desarrollar la inteligencia. Entonces, le pregunté: “¿Qué pasa con los muy inteligentes?”. Y él brillantemente me dijo: “¿Muy inteligentes con respecto a qué?”. Para que entiendas el contexto, cuando yo era chiquilín en Uruguay, los inteligentes eran los que calificaban muy bien o sobresaliente, y los demás no existíamos. Lo máximo que saqué un día en la escuela fue bueno regular. Así que me autoetiqueté, porque el estudio no era para mí de acuerdo a esas calificaciones. Y el fútbol me salvó, de alguna manera, de las ocho horas. Con lo cual, cuando me encontré con él y me explicó que hay inteligentes para la música, para el fútbol, para el dibujo y para dirigir su propio comportamiento, es decir que existe una gran variedad de inteligencias -práctica, cognitiva, emocional- y que no solo tienen que ver con la calificación en el colegio, experimenté un cambio notable. Esa manera de saber cuál es el tipo de inteligencia que le sirve cada uno, y de qué modo enseñamos a pensar de otra forma al niño y al joven, me marcó. Y no paré. Recién a los 40 años pude modificar mi percepción respecto a este tema tan importante.

 

-¿Tanto lo cambió?

-Es que me di cuenta de que había perdido muchos años pensando que no era inteligente y que solo se me daba el fútbol. Por eso me hice instructor, luego promotor y finalmente asesor educativo del programa del profesor Blanco Pedraza. Y todo lo que aprendí respecto al desarrollo de la inteligencia en el fútbol funcionó porque, a pesar de que no gané ningún campeonato, pude explicarles a los futbolistas que dirigí cómo progresar en la gestión de sus emociones, en el manejo de su carácter, en la influencia sobre sí mismos, es decir el liderazgo, y finalmente en el modo de aportar valor a aquello en lo que ya son buenos, o sea expandir su talento.

 

-Pensando en retrospectiva, ¿no le parece exagerado que se sintiera frustrado al retirarse por no haber podido superar a Di Stéfano?

-No, porque cuando uno se cree que es figurita se convierte en un conformista. Estoy arrepentido de haberme sacado los mocos durante ocho o nueve años, en lugar de haber procurado mejorar en todo aspecto. Antes alcanzaban la habilidad y la técnica para jugar al fútbol, pero hoy la parte emocional es imprescindible. Por eso, cuando comencé a trabajar como entrenador con niños, con jóvenes y con profesionales, empecé a tratar un tema importantísimo: qué haríamos si no tuviéramos miedo. Intentar enfrentar los miedos lo más naturalmente es algo que le sirve mucho al futbolista profesional.

 

-¿A qué futbolista cuya inteligencia le llama la atención destacaría?

-A los dos Ronaldos -Cristiano y el “gordo”-, a Suárez y a Messi: son tipos admirables, que siempre tienen la pelota y que están dispuestos a arriesgar. A Messi, en particular, lo encontrás preparado en toda circunstancia.

 

-¿Quién lo hechizó más: Di Stéfano, Pelé o Messi?

-No se pueden comparar. Cada uno de ellos es respetable y admirable. Hoy en día todo el mundo dice que Messi no es el mejor porque no ha ganado un Mundial, postura que yo no comparto. Pero todos son respetables. Di Stéfano fue uno de los dos primeros centrodelanteros que se tiró atrás como un cuarto volante, y su desgaste en cada partido era impresionante. Y ni que hablar de Pelé y Maradona. Pero no me gusta compararlos, porque sería una falta de respeto. Ahora, me preguntaste quién me hechizó más, y con todo lo grandiosos que fueron los otros, la respuesta es Alfredo. Yo quisiera haber jugado como él, que fue un futbolista de toda la cancha y con un enorme amor por su profesión: si el Real disputaba 60 partidos, Di Stéfano estaba en 59.

 

-Usted lo enfrentó varias veces. ¿Cómo era?

-En la Intercontinental no lo enfrenté directamente, porque no fui titular. Pero con solo verlo jugar ya había aprendizaje. Luego lo enfrenté por un partido de la Copa Cádiz, en mi segunda etapa de Peñarol, cuando él era técnico del Valencia. Y antes, cuando todavía jugaba, participamos de un homenaje a Paco Gento disputado por River y el Real Madrid. ¿Cómo era? Un hombre radical en sus opiniones y con un genio un poquito difícil (risas). Pero conmigo, ningún problema.

 

-¿Schiaffino era tan elegante como todos quienes lo vieron jugar recuerdan?

-Yo lo vi cuando era una estrella de la Roma, ya más veterano. El que lo vio jugar más y me decía que había sido el mejor futbolista que había visto en Uruguay fue Pepe Etchegoyen, un gran técnico y amigo. De todos modos, no podemos ser radicales en decir que Schiaffino fue el mejor de la historia, porque si no, ¿dónde quedarían Nasazzi, Scarone y Obdulio Varela?

 

-¿Por qué considera que en Uruguay el reconocimiento al éxito como valor es tan distinto que el que se puede constatar en países como México y Argentina?

-Yo no soy reacio a considerar el éxito, y creo que tenemos que reconocer durante toda la vida a nuestros mayores, de cuya tradición somos herederos. Juan López, que fue técnico nuestro, siempre nos contaba que Schubert Gambetta, antes de vestirse y entrar a la cancha, besaba la camiseta. Esos son detalles que a uno, cuando tiene veinte años, le quedan guardados para toda la vida. Y después decís: “Yo tengo que ser igual a este”. Ahora, respecto a cómo tratamos como sociedad a los ídolos, somos el país de los “peros”. Por ejemplo, decimos que Pelé era un fenómeno, y agregamos que en Uruguay nunca jugó bien. Otro ejemplo: “Rocha fue un gran jugador, pero era frío” (risas). Siempre encontramos un “pero”, con una sola excepción: Obdulio.

 

-Roberto, ¿por qué su etapa posterior al retiro le ha dado más satisfacciones que la anterior?

-Porque siento que puedo dirigir más mi vida a través del autoconocimiento, de la preparación y de haber encontrado una vocación que hubiera querido que se despertara cuando jugaba. Por eso, si alguna enseñanza les dejé como entrenador a los futbolistas, es algo de lo que hablábamos antes: que uno no funciona solo a través de la técnica y de la habilidad, sino a construir su carácter, a manejar sus emociones y a ser su propio líder. Desde la más tierna edad y a través del deporte, los futbolistas pueden aprender a dirigir su comportamiento, es decir a ser personas verdaderamente inteligentes.

 

-Muy bien, pero ¿hay vida después de la vida?

-Todo termina acá. Yo creo en la preparación, creo en lo que la gente te puede aportar, y creo en lo que uno es capaz de ir construyendo diariamente.

 

-Y hasta ahora, ¿el viaje ha valido la pena?

-Sí: he vivido todo.

 

Matosas, en una charla TED sobre la mayor de sus pasiones: la educación.


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