Otro para la historia grande

El autor analiza la tradición de los clásicos, deteniéndose en algunos épicos y en otros de enorme poder simbólico, y explica por qué el del próximo domingo, por el Apertura, no será uno más.


Lores y Carballo lo dejan todo en el último clásico, cuando aún la pandemia no había signado el destino del fútbol ni de la sociedad toda.


2 agosto, 2020
El fútbol en tiempos de pandemia

Escribe: Juan Carlos Scelza

 

Una tan inédita como larga cuenta regresiva se encamina, si no existe sobresalto sanitario alguno, a la recta final en la espera del clásico que se disputará el domingo 9 de agosto en el Centenario. Sin partidos oficiales previos, con un campeonato que quedó trunco a solo tres fechas del inicio y después del manojo de especulaciones e incertidumbre generado por la pandemia, éste se transforma en un clásico diferente a todo aquel que hayamos vivido. Tapabocas, áreas restringidas, sin venta de entradas, sin público en las tribunas y con un pequeño selecto grupo de acreditados para el desempeño de funciones específicas, tendrá por supuesto el encanto singular de la tradición de una rivalidad que no cambia, por más que ahora esté limitada solo a verse por televisión. Pero el enfrentamiento quedará en la historia por estas características que lo hacen diferente.

 

El clásico es, desde siempre, al igual que los partidos de la selección, un espectáculo que tiene sello único y que posee una clientela propia. A él concurren los habituales seguidores de los dos grandes, pero completan las tribunas del Estadio aficionados que acuden a su sola convocatoria.

 

Será “el clásico de la pandemia”, y su sola denominación inmortalizará el resultado. Hace solo un año finalizó empatado el primero de los duelos tradicionales en el Campeón del Siglo. Ese solo atributo lo hará permanecer en la memoria y ocupar un lugar de destaque en la estadística, ya que su desenlace futbolístico pasó al olvido apenas finalizado.

 

Estuve allí aquel día. Es más: recuerdo que fui con mi padre a la Colombes. Otro tiene en su mesa de luz la entrada de un partido épico, cual trofeo de un resultado inolvidable. Son centenares los que desafiando frío, calor, neblina o lluvia cargan al máximo el tanque y, sin importar la cantidad de kilómetros, emprenden el camino que desembocará en el Parque Batlle, a la espera de un nuevo capítulo histórico.

 

Para los más chiquitos, que recién empiezan a palpitar la pasión, la definición de Matías Zunino para la última coronación tricolor, o el penal ejecutado por Cristian Rodríguez para sentenciar la victoria aurinegra en 2018, serán mojones relevantes de su vida partidaria.

 

Lo fueron para el hincha de Nacional la media docena de Atilio García y compañía en el famoso 6 a 0 de diciembre de 1941, el de mayor diferencia de goles de toda la historia, como más acá en el tiempo lo tendrán grabado para siempre los hinchas carboneros que asistieron en abril de 2014, cuando el Peñarol dirigido por Fosatti cantó lotería ganado 5 a 0.

 

Cada uno tiene su historia propia, a veces de la mano de jornadas consagratorias para alguno de sus futbolistas. Así se recuerda el clásico de los cuatro goles de Atilio García en un 5 a 1 por el Uruguayo de 1940, tres goles del argentino Rinaldo Martino un día de Reyes de 1952 para un triunfo albo, o más cerca el hat-trick del “Grillo” Gustavo Biscayzacú. En la otra tienda, los tres de Pedro Rocha por la Libertadores de 1966, o los de Julio César Jiménez en el 5 a 1 de una Liguilla de los años 70, tampoco pasarán al olvido.

 

A veces, son las circunstancias adversas la que catapultan ese clásico como épico e imborrable y, aunque hay unas cuantas de un lado y otro, la del 8 contra 11 definida por el gol de José Cabrera en 1987 en una Copa Andalucía está tan metida en el corazón aurinegro como en el albo la ya más lejana final de 1933 disputada en el 34, donde con nueve futbolistas contra once aguantó el 0 a 0 por 20 minutos y dos alargues más de 30 cada uno.

 

La eterna rivalidad está cargada de partidos que se recuerdan por su singular contexto. El primero del profesionalismo, ese que disfrutó el hincha de Peñarol al ganar 2 a 0 con anotaciones de Lorenzo Fernández y Luis Mata. Y el primero disputado en el exterior, que fue para Nacional por la Copa Gobernador Óscar Alende, con goleada en la Plata por 4 a 0.

 

La Libertadores los ha tenido como grandes y reiterados protagonistas por décadas enteras, pero el primero tiene sabor especial, y se lo quedó Nacional al ganar en la edición de 1962, el 8 de julio por 2 a 1, con goles de Rubén González y Escalada. Entre innumerables episodios, el primero nocturno se lo llevó el aurinegro: Braulio Castro y Santos Iriarte pusieron el 2 a 0 con luz artificial en diciembre de 1932.

 

Remontadas hay muchas de un lado y otro, y entre ellas los hinchas carboneros atesoran las dos alcanzadas en la definición del año 97, cuando primero dio vuelta un 3 a 1 por un 4 a 3 y dos semanas después ganó 3 a 2 tras ir perdiendo 2 a 0. Más cerca, en 2014 Álvaro Recoba en tiempo adicional, con un golazo espectacular de tiro libre, le dio la victoria a Nacional por 2 a 1, tras ir perdiendo hasta los 89 minutos.

 

Lugar reservado sentimental y estadísticamente para las rachas positivas: la más extensa, lograda por los tricolores en la década del 70. Entre el 2 de marzo de 1971 y el 31 de enero de 1974, pasó 16 clásicos sin perder, sumando 7 triunfos y 9 empates. Para Peñarol fueron 17 los clásicos como invicto por el Uruguayo, período que abarcó desde el 4 de diciembre de 1960 hasta el 8 de diciembre de 1968, sumando 10 triunfos y 7 empates.

 

Así son, así se viven y así se palpitan. Cábalas y rutinas se dan la mano en el anecdotario de cotejos que marcan a hinchas, técnicos, jugadores y jueces. No en vano se dice que hay árbitros y jugadores de clásicos. Una buena calificación sirve para renovar un contrato, aun cuando en el resto del calendario las actuaciones no sean las mejores, y es más: el pellejo de un entrenador se salva por el solo hecho de obtener el resultado deseado, si hasta el hincha perdona no conquistar un torneo si a cambio se ganan los clásicos del año.

 

En ese incomparable entorno de la memoria colectiva asoman el clásico de la fuga, cuando Nacional no salió a jugar el segundo tiempo, el del gol de la valija que desencadenó en un partido que quedó trunco y en el recordado empate logrado por Nacional con dos hombres menos, el de la “cadenita”, por el encontronazo de Carlos Sánchez con Dely Valdés, el del “arquero improvisado”, cuando Jorge Gonçalves se puso el buzo del expulsado Álvez y, con dos atajadas, mantuvo el triunfo mirasol, el de Celio, el del brasileño Taveira, que con su cabezazo empató sobre la hora y clasificó al tricolor a la final de la Libertadores de 1967 dejando por el camino a los aurinegros, el número 100 por los campeonatos uruguayos, que se definió con una chilena de Fernando Morena sobre la hora… Y así podríamos seguir y seguir, porque subjetivamente cada aficionado guardará para siempre ese instante que lo hace único. Algunos solamente en la memoria, otros acunando un viejo video, mientras que alguna pared tendrá colgada la foto del gol o del festejo, y muchos escuchan cada tanto la grabación de aquel relato radial emocionado que recuerda esa pelota cruzada a la que nunca llegó el arquero rival.

 

El próximo domingo no tendrá gente en los asientos, no habrá filas en las boleterías, ni la semana previa agotará las tribunas populares en las bocas de venta. El garrapiñero no hará su jornal, la plancha para los chorizos no se encenderá, y en el palco no habrá espacio para una hamburguesa. El “cocacolero” no recorrerá la olímpica, y los veteranos no se sacarán el frío con el café del entretiempo. Ni banderas, ni gorritos ni bufandas: en esta ocasión la venta callejera deberá esperar un tiempo más. Muchas cosas faltarán, y eso lo hará diferente a todo lo conocido, pero tengan la certeza de que la pasión estará en la cancha, en cada pelota dividida, en cada toque de inspiración, en cada trancazo con firmeza y, claro está, frente a cada televisor en el que el hincha descargará primero su ansiedad mientras espera la salida de los equipos y luego sus broncas y sus alegrías, y lo comentará con su familia enfundado en esa camiseta de mil batallas. Algunos almorzarán el mismo menú del último clásico ganado por aquello de las cábalas, y otros no se moverán del sillón elegido si la mano viene bien para el equipo.

 

Siempre sostengo que por encima del entusiasmo que despierta un partido de la selección, para los uruguayos nada se compara con un domingo de sol a estadio lleno, con la mística que recubre el choque clásico. Esta vez, el desafío del añejo pleito será demostrar una vez más que el amor por los colores y su vigencia puede sobreponerse a la soledad de las tribunas que no pueden ser utilizadas. Y, créanme que, mejor o peor jugado, con goles o sin ellos, más o menos emotivo, será uno de esos clásicos que quedarán marcados a fuego en la historia.