Burruchaga, exclusivo: «Antes, para ir a Independiente tenías que ser muy bueno»

En la última parte de la entrevista con Tenfield.com, el majestuoso ex volante habló de sus atributos técnicos, de su carácter sencillo e infrecuente y de las internas de la Argentina de 1986.


Burruchaga fue ídolo en Francia, sobre todo del Nantes, donde jugó entre 1985 y 1992.


24 abril, 2020
Las leyendas hablan

La semana pasada, Tenfield.com publicó la primera parte de la entrevista exclusiva que le concediera Jorge Luis Burruchaga, el ex volante del Nantes, del Valenciennes, de Arsenal de Sarandí, de Independiente y de la selección argentina, quien durante su carrera combinó cualidades verdaderamente raras: habilidad con la pelota, precisión para pasarla en corto y en largo, velocidad de piernas, agilidad mental y física para cambiar de ritmo, calidad técnica, inteligencia, orden táctico, y una comprensión del juego proyectada desde casi cualquier puesto.

De ese combo virtuoso se valió para ser figura en el Mundial de 1986, donde anotó el tanto decisivo contra Alemania, y en la Copa Libertadores de 1984, edición en la que convirtió seis goles. Pero Burruchaga posee, sobre todo, una jerarquía que le ha permitido ser uno de los jugadores más ganadores que el Río de la Plata haya dado en la era moderna.

Y precisamente de esos atributos, pero también de su experiencia mundialista con la celeste y blanca, primero en México 1986 y luego en Italia 1990, de la diferencia que hubo en la convivencia entre aquellos dos planteles comandados por Carlos Salvador Bilardo, de algunos compañeros célebres que lo acompañaron a lo largo de su trayectoria, y de los múltiples campeonatos que consiguió siendo ídolo de los “Diablos Rojos”, es la segunda mitad de esta entrevista en la que el actual mánager de Independiente demostró que la grandeza es aún más disfrutable cuando quien la porta es una persona sencilla, cuya inteligencia brota virtuosa, pero sin presuntuosidad.

 

-Terminamos la primera parte de este diálogo conversando sobre las diferencias entre dos de los grandes entrenadores que lo dirigieron: Bilardo y el “Pato” Pastoriza. Más allá de la gloria que alcanzó gracias a ellos y a sus compañeros de Independiente y del seleccionado, ¿cómo explicaría la diferencia emocional que existe entre salir campeón del mundo con el país en el que uno nació y con el club del que es hincha?

-¡Que en los dos me tocó hacer los goles! (risas). En el 84 contra Gremio, para de esa manera poder disputar la Intercontinental, y en el 86 con Argentina. Pero hablando en serio, son experiencias que no se pueden comparar, porque hay algo muy fácil de entender: el sueño y el objetivo más difícil de todo jugador de fútbol -y los uruguayos que estuvieron cerca en Sudáfrica te lo dijeron- es lograr algo con tu país, porque estás representándolo y les das una gran alegría a los hinchas de una camiseta que contiene a los aficionados de todos los clubes. Entonces, el haber ganado ese Mundial, y encima convertir el gol, fue lo más importante, lo más lindo y la mayor felicidad de mi vida como jugador de fútbol.

 

-Y lo siguen parando en la calle para festejar, como si el tiempo no hubiese pasado.

-Sí. He visto a generaciones de padres que hoy son abuelos y de hijos que hoy son padres. Lo más lindo que hay es cuando un padre le dice a un chico de doce años: “¿Te acordás de que yo te hablé del Mundial 86, y de que le ganamos a Alemania 3 a 2 y el gol lo hizo Fulano? Bueno, es él”. O de repente el papá va a buscar el gol en el teléfono, y el pibe que está frente a vos te mira y te ve grande y canoso, cuando en el video te había visto joven y corriendo como un conejo (risas). Bilardo tenía mucha razón cuando nos decía que, si ganábamos un Mundial como selección argentina, nos lo iban a agradecer de por vida.

 

-Qué lindo, Jorge. ¿Cómo recuerda la excelente campaña del Mundial de Italia 90, que algunos resultadistas juzgan negativamente porque Argentina perdió la final?

-Yo veo mucho más lo positivo, sobre todo desde lo emocional, desde la vergüenza, desde el espíritu de lucha y desde lo que significa defender tu camiseta como campeón del mundo. La verdad es que llegamos con lo justo: yo venía de dos operaciones, Diego arrancó el Mundial, le pegaron una patada y jugó con el tobillo hinchado todo el torneo, Nery Pumpido se fracturó al segundo partido, Ruggeri se lesionó en el primero, Giusti empezó a jugar en octavos de final, sufrimos expulsiones y amarillas, nos tocaron prácticamente siete de las mejores selecciones del campeonato, incluyendo a Brasil, a Alemania y al anfitrión, Italia, y sin embargo llegamos a la final. Con lo cual quedó comprobado que uno no llega a la final de un Mundial gracias a la suerte. Quizás, si hubiéramos jugado el último partido con el “Gringo”, a quien echaron mal, con el “Vasco” Olarticoechea, a quien amonestaron, con Batista y con Caniggia, hubiéramos dado mucha más lucha de la que pudimos dar. Porque además nos tocó disputar dos suplementarios en cuatro días, contra Yugoslavia e Italia, y tener menos de tres días de descanso para la final. Para mí, lo que hicimos contra Alemania (Argentina perdió sobre la hora con un penal muy polémico) fue épico, una hazaña de esas que ocurren de tanto en tanto, sobre todo por todo esto que te digo. Y porque teníamos un entrenador que, después de haber perdido el primer partido, nos dijo que, si Argentina no clasificaba, no volvíamos. Era capaz de hacerlo (risas).

 

-¡Bilardo! ¿Qué les dijo exactamente?

-Para Carlos teníamos un desafío claro y una necesidad imperiosa de defender la camiseta. Así que, después de perder con Camerún, nos dijo: “Si no llegamos a clasificar, tiro el avión abajo, a Argentina no llegamos”. Y loco como era, era capaz (risas).

 

-Le diría, en relación a lo que usted opinó respecto a la final del Mundial de 1990, que solo la ausencia de Caniggia era lo suficientemente significativa.

-Es que él estaba en un momento bárbaro. Pero el “Gringo” era fundamental en la mitad de la cancha, así como eran muy importantes la experiencia del “Vasco” y el aporte de Ruggeri, quien aguantó casi hasta el final del campeonato con problemas en el pubis. Además, yo arrastré desde el inicio inconvenientes de todo tipo, Maradona jugó con el tobillo inflamado y recibió diariamente inyecciones de vitaminas, de esto y lo otro. Fue tremendo, pero la gente reconoció nuestro esfuerzo.

 

-Extraordinario.

-Terrible, sobre todo por la categoría que tenían las selecciones contra las que jugamos. Cuando hacés la cuenta previa, está bien que en un Mundial no hay rival fácil, pero en aquel nos tocaron todos los difíciles. Yugoslavia era candidato, e Italia tenía preparada toda la fiesta y el merchandising pensando en que iba a jugar la final contra Alemania. No es casualidad que nuestro mejor partido haya sido contra ellos, más allá de que ganamos por penales.

 

-Cambiemos de tema. ¿Cómo lo impactó personalmente la muerte del “Tata” Brown el año pasado y, por otro lado, de José Luis Cuciuffo en 2004?

-Mal, sin dudas. El “Cuchu” se fue muy rápido. Más allá de que le gustaba ir de caza y todo eso, lo que le pasó fue una fatalidad de la vida, un accidente de esos que pueden ocurrir una vez cada mil. Y al “Tata”, pobre, una enfermedad de estos tiempos en nueve meses lo consumió. Fue muy duro. Esa también es una de las cosas que Bilardo siempre nos encomendó: estar juntos, apoyándonos el uno al otro.

 

 

-Impresionante. Dígame una cosa: ¿Valdano siempre fue tan intelectual?

-Sí, sí, sí. Para nosotros siempre fue ese líder intelectual, justamente. Jorge tenía otra cabeza. Y lo sigue demostrando en estos tiempos, trabajando y escribiendo libros. Pero aparte de eso es un tipo sensacional, que corría más para ayudar a sus compañeros que para hacer sus propios goles. No es un dato menor.

 

-¿Así que nunca lo sorprendió que se convirtiera en escritor, en conferencista y en una especie de caballero del Real Madrid?

-No, no, ¡de ninguna manera! (risas). Siempre que conversás con él estás hablando con otra clase de persona. Más con la experiencia que tiene hoy, acostumbrado a todo esto. En 1986 fue muy notoria la diferencia. Y justamente por esa cabeza y esa capacidad, Jorge resultó determinante en muchos momentos de la convivencia.

 

-¿Tanto la convivencia de México 1986 como la de Italia 1990 fueron naturales y positivas?

-No. La del 86 no fue buena en el arranque. Había muchos personajes bravos. Te acordarás de que estaba Passarella, estaba Trobbiani, estaba Bochini. Había gente muy grande y de mucho peso, y la verdad es que la convivencia no era nada buena. Hasta que pudimos juntarnos e hicimos una reunión muy famosa, que se contó toda la vida, en la que conseguimos sacarnos de arriba lo que cada uno pensaba del otro. Ese punto de partida fue fundamental para lo que se logró después. En cambio, en Italia 90 la convivencia fue mucho más sana, porque del 86 quedamos unos pocos, porque en el plantel no hubo grandes conflictos, y porque los chicos que tenían la edad que nosotros teníamos en el 86 mostraron unas ganas tremendas y eran muy buenos pibes. Así que no hubo ni el 20% de los problemas que vivimos en México hasta que arreglamos nuestros quilombos.

 

-Usted nombró a Bochini. Pero ¿no eran más conflictivos Trobbiani y, sobre todo, Passarella, cuya pelea con Maradona es célebre?

-Eh…. a ver: había un problema, pero un problema tonto, que por ahí -creo, porque no me interesó saberlo bien- ellos arrastraban de antes. Y en el caso de Daniel también hubo un conflicto por la capitanía. Más que nada, había un problema general, porque cada compañero estaba en un buen momento y se sentía bárbaro, con lo cual todos creíamos que debíamos jugar, y porque había ciertos grupitos. Entonces, como plantel no estábamos haciendo lo que debíamos, es decir que el equipo fuese lo mejor posible, de manera que al que le tocase jugar se matara, que al que le tocase ir al banco -antes había cinco lugares, no como ahora- lo aprovechara, y que al que le tocase ir a la tribuna aguantara. Y con un mes de concentración previo al Mundial, no fue fácil. Pero mostramos capacidad. Y hubo compañeros, como Valdano, que insistieron en juntarnos, en hacer esa reunión, aclarar las cosas y terminar con un grupo que, entre el partido amistoso que jugamos en Colombia y el regreso al Distrito Federal, mejoró.

 

-Me gustaría hablar de algunos de sus atributos: la precisión  de sus pases, la calidad para definir en el mano a mano y el “genio” para ejecutar penales y cambiar la dirección a último momento, adjetivo que tomo prestado de Ricardo Pavoni. ¿Cuán practicadas y cuán naturales son esas cualidades?

-A mí me ayudó mucho el hecho de que, si bien jugué siempre de mediocampista, un técnico que tuve en la sexta de Arsenal me ponía de central porque salía jugando. Esto era en el año 78, mirá lo que sería. Fijate que ahora, cuando los de atrás salen jugando, la gente lo recalca.

 

-¡O sea que usted jugó de back!

-Claro, sí, sí, sí. Desde el inicio, yo jugué en todos los puestos de la cancha, menos de arquero y de lateral izquierdo. Aunque de lateral izquierdo terminé disputando dos partidos: uno en Córdoba y otro en Avellaneda, porque lo echaron al “Loco” Enrique. Esto me dio la posibilidad de conocer los espacios.

 

-¿Y entonces?

-Entonces, no es lo mismo el pase jugando de lateral derecho que de mediocampista. En la selección juvenil también llegué a jugar de central. Así que los pases que uno hace desde los distintos lugares de la cancha cambian, y quizás conocerlos me ayudó a ser más preciso. Después, yo no practicaba mucho los penales. Y te digo más: el primer penal que ejecuté fue en un partido que íbamos ganando 4 a 0 en Córdoba, y Daniel Brailovsky le dijo a Enzo Trossero que me lo dejara para agarrar confianza. Lo pateé muy bien, de la misma manera en que continué haciéndolo (risas). Ahora, respecto a la definición mano a mano, intenté mantener una determinada forma, incluso cuando jugué de lateral. Antes había mediocampistas que llegaban con espacio y panorama y hacían esos goles. Claro, después tenías que definir. Pero yo siempre trataba de mirar el movimiento y el modo en que se posicionaba el arquero para definir posteriormente. Aunque a veces la quise meter en un lugar determinado, como en la final del Mundial.

 

-Qué definición…

-Bueno, yo no esperaba que Schumacher fuera a salir con las piernas para adelante -con lo cual la pelota efectivamente pasó entre sus piernas-, sino como normalmente debería salir un golero: estirando el cuerpo al primer palo y las piernas para el otro lado. Así que mi idea fue pinchársela, como había hecho contra Gremio. Pero la pelota terminó entrando. La verdad es que no me volvía loco cuando estaba frente a un arquero. Pero también hay que considerar el factor de la costumbre, porque hacía un gol cada tres partidos, un promedio que no es común en un mediocampista. Goles de tiro libre debo tener pocos. Sin embargo, muchos fueron o de afuera del área o mano a mano.

 

-¿Qué es Independiente para Burruchaga?

-De alguna manera, Independiente es todo. Más allá de que me formé en Arsenal estando en Segunda, y de que después como entrenador me tocó ascender y estar cuatro años dirigiendo, Independiente para mí fue, junto a la selección, una gran vidriera, sobre todo por su historia. Antes, ir a Independiente no era fácil: tenías que ser muy bueno. La característica que distinguía al club era que elegía bien a sus jugadores. Por eso jugué tres años y medio de entrada y después volví y terminé en el 98. Luego me tocó dirigirlo, y hoy ser mánager del club es una marca que queda registrada en esa historia. A pesar de que tomé el mando y trabajé cuatro días, porque apareció esta porquería…

 

-¡El coronavirus lo boicoteó!

-Desgraciadamente, sí: duré poco (risas).

 

-Para terminar, ¿quién es Jorge Burruchaga?

-Alguien que se muestra como es. Lo he dicho siempre, más allá de las posibilidades que te da el fútbol: una persona común, independientemente de que haya ganado una cosa o la otra. Por ahí te subís muy rápido a un caballo y, cuando choca o frena, te liquida. Yo nunca busqué ese ruido, sino todo lo contrario. Por mi manera de ser -en realidad, por un montón de cosas- elegí siempre este perfil bajo. Y ser lo que siempre quise: un tipo sincero, honesto, leal a sus amigos, y un padre que guía y ayuda a sus hijos. Pero sobre todo una buena persona. Prefiero que me elogien por eso en vez de por el gol del 86.

 


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