La pasión venció al silencio

El autor repasa los detalles de un clásico histórico por múltiples razones que exceden su trámite, y se adentra en el entorno que, en tiempos excepcionales, también cambió al fútbol para siempre.


El clásico en tiempos de pandemia y el mosaico tricolor en la tribuna Olímpica.


14 agosto, 2020
El fútbol en tiempos de pandemia

Escribe: Juan Carlos Scelza

 

La pandemia, desde su agresividad y su injusticia, se llevó miles de vidas, encerró a miles de familias, arrasó con fuentes de trabajo y cortó abruptamente pequeñas ilusiones empresariales. Destrozó proyectos, interrumpió planificaciones, privó contactos y alejó los físicos.

 

El 8 de agosto marcó el regreso al fútbol después de cinco meses exactos y, solo unas horas después, como si estuviera marcado en el destino, los grandes volvieron al ruedo reeditando el añejo y atrapante duelo de siempre. A esta altura de su rica historia, el partido más importante no tenía nada que demostrar. Pero acaso la inédita situación lo depositaba frente a su mayor desafío: mantener la tradición, la rivalidad, el peso de la estadística, sin el empuje de la tribuna, sin el grito del aliento o la reprobación de la hinchada adversaria.

 

Era imposible que no fuera diferente, si cuando el equipo asomó por el túnel no se sintió la explosión de la hinchada, el bullicio del recibimiento. El árbitro, aunque en el caso de Ferreyra contara con la ventaja de tener varios clásicos encima, no recibió la reprobación multitudinaria en la primera caída del puntero, y en los oídos de los asistentes no retumbaron las exclamaciones, reclamos y -¿por qué no?- insultos del enojo por una bandera mal levantada. Bergessio, el goleador que lo soñó durante 150 días, cabeceó, corrió, levantó los brazos y gritó con el alma, pero su voz retumbó junto a la de sus compañeros que, manteniendo el protocolo, lo rodearían solo por unos instantes. Porque más allá de suplentes, del cuerpo técnico y de un puñado de dirigentes, el resto del gigante de cemento estuvo vacío y en silencio.

 

Terans debutó en la red clásica y, a solo diez minutos del final, consiguió la merecida igualdad de un Pañarol que hacía rato contaba con un hombre menos, aunque incluso en su sentido festejo nunca encontró la respuesta que en igual situación hubiese desencadenado en la tribuna la importancia de tal conquista.

 

Por supuesto que el ciclismo cuenta con clubes importantes que han marcado la historia de ese deporte en nuestro país, pero cuando han competido los grandes, las llegadas a cada rincón del interior del país fueron tan distintas como multitudinarias, porque las camisetas atrapan. Así, la rivalidad ha convocado en la última etapa en Montevideo el que por decenas de kilómetros la caravana se rodeara de banderas tricolores y aurinegras. En el básquetbol, son innumerables los ejemplos. En un deporte -el segundo más popular- en el que ni Peñarol ni Nacional han tenido constancia en sus participaciones, cuando han chocado han provocado no solo escenarios repletos, sino antes, durante y después una inusitada repercusión, que desde la aparición televisiva a mediados de los 70 se reflejó en exuberantes mediciones de audiencia.

 

Los violentos, que habitualmente son los que siguen irracionalmente a los cabecillas delincuentes que aprovechan las oportunidades que les permite actuar en masa y, entre otras cosas, concurren a los escenarios con armas, piden pases libre y entradas para los partidos, han corrido al hincha de verdad, al sano, al que quiere a sus colores, al que hace el auténtico esfuerzo de pagar una entrada o una cuota social, a ese que no falta nunca, que acompaña a todos lados, que desafía el frío, el calor, los bolsillos flacos, algún quinto de fiebre o hasta la mirada de desaprobación del jefe en el trabajo, cuando pide salir más temprano para poder llegar en hora al estadio.

 

Entre otras muchas cosas, este fenómeno ha dejado como herencia maldita la separación de hinchadas (la primera vez fue el 6 d enero de 1987 en la final del Campeonato Uruguayo de 1986), luego la inhabilitación de los Taludes, después tejidos cada vez más altos, y también una triste zona de exclusión. No paró ahí, agravada la situación por desmanes reiterados: hubo que colocar doble vallado, primero dividir la Olímpica con una valla, y luego directamente con un pulmón, vender cada vez menos entradas, quitar las boleterías de sus lugares naturales tanto el día del partido como en los anteriores. Y hasta la última jornada dominical fue la gran muestra de sus consecuencias nefastas, puesto que, para un cotejo sin tribunas habilitadas y que solo se pudo seguir a través de la transmisión de Tenfield, el Ministerio del Interior, en forma acertada y atinada, recurrió a más de 450 efectivos para realizar un operativo que tuvo la doble finalidad de controlar los focos de violencia y evitar las aglomeraciones que recomiendan los científicos que asesoran al gobierno para seguir contrarrestando, como se ha logrado hasta ahora, el avance de la pandemia, lo que es algo así como respetarse a sí mismo y al prójimo.

 

Los hechos ocurridos en Los Céspedes primero y el propio domingo en el Campeón del Siglo demostraron que en algunos la irracionalidad impera, dejando en evidencia el egoísmo y la falta de respeto por el prójimo, lo cual se reflejó en individuos que, escudados detrás de las banderas, desafiaron el riesgo propio, sin que les importara en absoluto el posible contagio para su entorno directo y el resto de la población.

 

Ese grado de violencia engendrada en los grupos no mayoritarios en número, pero sí de mayor ascendencia en las tribunas populares, arrasó con la sana rivalidad, esa que hacía de los clásicos de inferiores una verdadera fiesta en Las Acacias o en el Gran Parque Central, donde llenaban los escenarios, y que ahora solo son apreciados por 70 espectadores por equipo, debidamente acreditados. El boxeo, de un arraigo ancestral en nuestro país, acaparó siempre una mayor atención cuando al ring subieron representantes de los grandes a combatir en algunas de las categorías. Elija el deporte que quiera, la actividad que desee (masculina o femenina, juvenil, mayor o senior, profesional o amateur): si hay una camiseta de Nacional y otra de Peñarol frente a frente, generará inmediatamente y aunque solo sea fugazmente, el interés de los hinchas que trasladan sus sentimientos a esos dos competidores circunstanciales en una actividad de la que quizás no conozcan demasiado. Pero los colores son los colores, a tal punto que, seguramente, si hay dos chicos jugando en un campito, íntimamente querrán que gane el que tiene puesta la casaca de su club.

 

Hubo mesas tan largas como lo permite la prudencia para acatar las recomendaciones sanitarias, el almuerzo se hizo más largo y la picada tuvo la compañía de una gran previa televisiva, a la que lo tenemos acostumbrado desde hace más de veinte años. La camiseta estuvo puesta, y para muchos fue un punto de encuentro de la familia cercana o del grupo de amigos de siempre, en el que imperó la tolerancia ayudada por el pobre desenlace de un partido futbolísticamente chato, donde la pirotecnia y la niebla constante se llevaron la mayoría de los comentarios.

 

Otros optaron por compartir la ceremonia con aquellos que “tiran para el mismo lado”, y el living entonces se transformó, entre banderas y bufandas, en un ritual de cábalas similares a las de cualquier rincón tribunero. En época de redes, posteos de Instagram, tuits y estados virtuales en incesante cambio, la inmediatez hizo que, desde el apronte hasta el final de la jornada, fotos y videos se desparramaran por celulares y computadoras. Alguna mascota de la casa recibió a los comensales con la camiseta que le colocó el dueño desde que amaneció, y los más chicos, aunque entendiendo poco del histórico episodio que estaban por vivir, se vistieron como si fueran a salir a la cancha (hasta con los zapatos puestos). El grito de gol retumbó más que nunca en el balcón del vecino de al lado, porque esta vez -y mire que por suerte tengo costumbre de comentar partidos en los que frente al televisor está el país entero- se sumaron los infaltables a los clásicos: los 50.000 que querrían haber concurrido y a los que el COVID19 no los dejó, y todos aquellos que naturalmente se sienten atraídos por aquello que habrán valorado cuando se perdió, producto de cuyo fenómeno hubo un récord absoluto de audiencia.

 

Más allá del empate con sabor a poco, la pasión desafió al silencio. Independientemente del puntilloso análisis táctico que no dio para mucho, el clásico como acontecimiento salió airoso. Porque la pandemia podrá haberse llevado muchas cosas, privar a los hinchas de asistir, quitarle el entorno natural y hasta el bullicio propio de la tribuna, pero en cada trancazo, en cada pase largo, en cada estirada al ángulo, en cada esfuerzo y gota de sudor, y en cada mínimo instante de talento, estuvieron depositados los ojos y corazones de un país que respira este duelo como difícilmente suceda en otro lugar del planeta.

 

El domingo, el tradicional choque demostró su intacta vigencia sentimental. Y la peculiar circunstancia sanitaria solo hizo que se viviera de un modo diferente, aunque sintiéndolo de la única manera en que los hinchas lo han hecho de generación en generación a lo largo de la historia.


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