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Peñarol, ante una costumbre peligrosa

El autor repasa sin oportunismos la crisis en que está sumido el aurinegro, y que parece haberse espiralizado luego de un nuevo fracaso en la Copa, al que antecedió el del fallido tricampeonato.



27 septiembre, 2020
Peñarol Primera

Escribe: Juan Carlos Scelza

 

Ni la extrema inoperancia ofensiva a la hora de transformar los escasos mejores momentos en la red adversaria, ni la mala conformación del equipo de turno o la insistente falta de pupila a la hora de elegir jugadores en los períodos de pases, son en forma aislada la explicación de los sucesivos fracasos coperos del Peñarol de los últimos tiempos, un equipo enfrentado a un problema de orden sistémico.

 

Cuando nadie asume la responsabilidad, la culpa es de todos, y en realidad tanto en los grandes triunfos como en los duros golpes de las derrotas, en porcentajes diferentes existen errores y virtudes de todas las partes.

 

Seguramente, la fría estadística arrastre injustamente el rendimiento del pasado año en la Libertadores, porque si bien Peñarol queda fuera de combate en la primera fase, la labor fue competitiva, a tal punto que en la llave le ganó como visitante al posterior campeón Flamengo, y quedó por el camino por saldo de goles, tras lograr diez unidades. Lo que sucede es que, con mayores o menores atenuantes, no dejó de significar en el humor del hincha un eslabón más en una cadena de frustraciones.

 

La derrota ante Deportivo Maldonado, la tabla del Apertura, en la que ha desperdiciado el 47% de los puntos que disputó y está quinto a dos fechas del final con 20 unidades sobre 39 jugadas, el empate ante Rentistas después de haber sacado una ventaja de dos goles, la derrota ante Wandereres que terminó con el ciclo de Forlán, el cambio de técnico con insulsas igualdades a cero ante River y Torque, no incentivaban a una desmesurada ilusión copera. Pero el regreso proponía una suerte de ventaja sobre rivales que llegaban sin actividad o apenas con algún partido encima y, a su vez, con magros resultados.

 

Con un vestuario ardiente, discusiones fuertes y declaraciones públicas que agudizaban la crisis deportiva, Colo Colo recibió a Peñarol con cuatro partidos jugados en el regreso del campeonato chileno y sin una victoria, que lo colocaba decimocuarto en el torneo. El buen desempeño aurinegro se desvaneció ante su propia falta de contundencia. Y después de ir ganando y dominando, perdió dos a uno.

 

Idéntica historia para el último capítulo en Cochabamba, frente a un Wilstermann que en su casa perdió con Paranaense en su único partido del último semestre, en el que se interrumpió el campeonato boliviano que todavía no retornó. Casi desde el vestuario, el cabezazo de Formiliano auguró esperanzas. Peñarol controló, pero bastó con que insinuara algo su rival para que en la primera llegada cometiera penal. Esta vez fue Trindade -en el anterior encuentro había sido Gargano-, y todo cambió. El aurinegro no fue vapuleado, porque los rivales alternaron momentos de dominio, aunque el final de la noche en la altura mostró una nueva derrota que compromete -y mucho- una posible clasificación.

 

Habrá quien piense que paga tributo al prematuro despido del entrenador anterior, al que no le dieron tiempo de adaptación, otros dirán, por el contrario, que la culpa no es de Saralegui, quien tomó la conducción de un plantel que no conformó, y los más resignados insistirán en que sin plata es imposible competir internacionalmente, a pesar de que saben que está al borde de la eliminación en un grupo sin poderosos, y que ha perdido ante equipos mediocres y sin grandes figuras.

 

En medio de un complejo clima electoral, son múltiples las interpretaciones que desembocan, según el comité que se integre o las ideas que se compartan, apuntando a la conducción actual, a las anteriores o a la posición adoptada por distintos sectores opositores a lo largo de este y otros períodos.

 

Aún las figuras más descollantes necesitan del soporte colectivo que potencie sus condiciones. No habrá nunca éxito de un técnico sin el sustento de un equipo que lo interprete. Cuando las derrotas se transforman en costumbre, golpean más fuerte, y lo peor de todo para su grandeza institucional es que, aunque lastime, este fenómeno ya no llama la atención.

 

En medio de la transmisión de Radio Oriental, nuestro compañero de estudios centrales, Matías Vallejo, aportaba datos tan reales como impactantes. Desde aquella final ante Santos de 2011, Peñarol disputó 7 ediciones de la Libertadores, sin poder pasar nunca la primera fase. Jugó 48 partidos, de los que ganó solo 16 y perdió 25. Tomando solo los cotejos de visitante en esas 7 ediciones coperas, jugó 25 compromisos, de los que perdió 19 y solo ganó 2.

 

Es sabido que los jugadores no permanecen y los equipos titulares no se recitan de memoria como en décadas ganadoras, que los tiempos de Spencer, Joya y Rocha, o de Morena y el “Indio” Olivera, son cada vez más lejanos, pero la realidad estadística sacude.

 

Sumémosle que Peñarol se ha encargado de despilfarrar sus mejores momentos. Internacionalmente, para el triste camino de los equipos uruguayos en más de tres décadas, alcanzar la final de 2011 significó un mojón que a su vez removió a su hinchada, repercutió en lo local y significó una euforia contagiosa que desembocó en las mayores concurrencias sucesivas de la historia, en un fenómeno que además de revitalizarlo institucionalmente, significó una excelente ecuación económico-deportiva. Al año siguiente, cuando debía capitalizarlo y darle continuidad a esa comunión con su parcialidad, Peñarol no pasó la primera ronda.

 

Sin ir más lejos, en lo local los números serían exactamente los mismos, y las derrotas en Santiago y Cochabamba lo dejarían casi eliminado, pero seguramente pesaría mucho menos en el ánimo si hubiese conseguido el tricampeonato Uruguayo en 2019. Un torneo que tuvo al alcance de la mano hasta el inverosímil final, y en el que ganó el primer semestre asegurándose las finales. Un campeonato, además, donde los dirigentes, condicionados por la pobreza del fútbol uruguayo, realizaron transferencias. Pero ese no fue su pecado, sino el de no haber salido a buscar alternativas que mantuvieran el nivel que había llevado a ganar el Apertura.

 

Es más: aun así, el mirasol tuvo la posibilidad de liquidar el torneo en la penúltima fecha, cuando un empate en el Paladino dejó el liderazgo a manos de un Nacional que luego le ganó la definición. Sin restarle mérito a la arremetida tricolor y al trabajo del equipo orientado por un hombre siempre cercano a la victoria, como Álvaro Gutiérrez, por muchas razones quedó la sensación de que fueron los errores dentro y fuera de la cancha los que dejaron a Peñarol sin un tricampeonato que hubiese incidido en toda esta temporada 2020, desde aspectos como la continuidad de Diego López hasta la tranquilidad de Barrera, la forma de encarar las elecciones por parte de la oposición, el período de pases y el traslado de la urgencia al rival tradicional, que respiró aliviado frente a un Peñarol que, al ver cómo se le escapaba el tri, debió repensar la forma de invertir en fichajes en el corto y el mediano plazo.

 

Pero el anhelado logro no ocurrió, y cada punto perdido castiga más y más todos los cimientos aurinegros y fortalece a un Nacional de comienzo criticado e inestable de Munúa, que luego del empate clásico mejoró y que encuentra en cada resultado propio y en cada traspié de su rival tradicional una calma que le da comodidad en ambas tablas. Ganó los doce puntos jugados en la Copa, se trajo tres triunfos del exterior, con puntaje ideal es el primer clasificado a la segunda ronda, y acaricia su sueño de ganar el primer torneo local del año.

 

Los juveniles de gran talento tendrán enorme futuro, y en la realidad actual ofrecerán en su presente la irregularidad de su propia edad, que los hace desperdiciar oportunidades frente al arquero rival, algo que le pasó hasta a un Luis Suárez que hoy en pocos minutos ya cautivó a los hinchas del Atlético de Madrid.

 

La realidad indica que Gargano no está para noventa minutos, y el físico de Cristian Rodríguez hace rato muestra que solo puede alternar de vez en cuando. Las soluciones del exterior ni siquiera son titulares, y entre cambios y derrotas el equipo, salvo en cuentagotas, como tal no ha funcionado. Las declaraciones para el electorado seguirán siendo nocivas para la interna, y la defensa del oficialismo tampoco aportará tranquilidad deportiva. Pero lo que agrava mucho más este tenebroso panorama son los penosos antecedentes acumulados en las últimas temporadas, que han convertido la participación internacional aurinegra en una costumbre perdedora.


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